Capítulo 2 2

Sobre las 11 de la mañana, Andrew se despidió de sus padres y se encaminó a hacer la segunda visita del día. 

Sus padres le habían dicho que seguramente su hermano estuviera en la empresa, así que se encaminó hacia allí, esta vez andando, ya que el barrio no estaba muy lejos del centro donde se alzaban las grandes empresas Rogers.

Fue fijándose en los grandes edificios por los que iba pasando, recordando todo aquel tiempo que estuvo recorriendo esas mismas calles cuando era pequeño. Londres tenía un cierto parecido a New York: rascacielos, tiendas por todos lados, grandes avenidas y parques y sobre todo, mucha, mucha, pero mucha gente.

Se paró en una gran plaza, a dos manzanas de la calle donde se encontraba la empresa. Había mucha gente, como de costumbre. 

Compró un refresco en una máquina expendedora que estaba al lado de una inmobiliaria que vendía algunos de los edificios edificados por su empresa.

En ese momento, de allí dentro, salía una chica con cara de desánimo…

"¡Buf! ¡Qué mal! No hay ni un solo apartamento, por lo menos de una sola habitación, que no valga menos de 1700$ No puedo permitirme más de eso… Mi familia no se lo puede permitir".

Madison era hija única, a la que sus padres le habían brindado la mejor educación desde preescolar hasta la universidad, para hacer su sueño realidad: llegar a ser una médico especializada profesional y lo estaba a punto de cumplir, si no fuera porque estaba de patitas en la calle.

La habían trasladado al hospital central de Londres, el mejor de todos, para ejercer como médico especialista.

Cuando le dijeron en el hospital de Bristol (la ciudad en la que nació), donde había empezado a trabajar recientemente y en el que había dado todo de sí para ascender al mejor puesto; dada a tener las mejores calificaciones y expectativas académicas y laborales, le habían dado un puesto de entre los mejores plazas en el mejor hospital del país.

No se lo pensó dos veces y les dijo a sus padres que se iba a vivir a Londres.

Ellos, como siempre la apoyaron y así llegó allí, pero no encontraba ni un maldito apartamento. 

Se sentó en uno de los varios bancos que había en la plaza. Dejó caer con cansancio su cabeza sobre mis manos y suspiró profundamente. 

"A este paso no voy a encontrar nada antes de la hora de comer…"

Ni siquiera se había dado cuenta que había un hombre frente a ella,  vestido de traje y corbata. 

—Perdone, ¿le ocurre algo? —preguntó con interés. 

Levantó la vista y se encontró con dos ojos negros. Ella lo miró incrédula y él sonrió afable.

—Nada que le pueda importar a nadie —dijo molesta y un poco cohibida.

—Siento ser entrometido, pero aquella inmobiliaria es afiliada de mi empresa… He visto que has salido un poco desanimada y me preguntaba si podría ayudarte —dijo amablemente. 

Madison se fijó mejor con quién estaba hablando. Aquel hombre se le hacía parecido a alguien que había visto varias veces en la televisión. 

Él debió captar su mirada descriptiva y rió: 

—Soy Andrew Rogers, encantado, eh… —dijo tendiendo la mano. 

"¿Andrew Rogers? ¿El gran empresario Andrew Rogers?", pensó abrumada.

—M-Madison Chapman —dijo levantándose rápidamente y dándole la mano.

—Encantado, Madison. Bonito nombre —dijo alegre.

—Gracias —dijo un poco azorada.

—Ya que nos hemos presentado… ¿Puedo hacer algo por ti? —dijo interrogante.

—Bueno, es que… No hace falta que me ayudes —dijo nerviosa.

—Vamos… He visto cómo has salido de allí. Si necesitas ayuda para encontrar casa, ¡esta es tu oportunidad! —dijo, haciendo un gesto que hizo a Madison reír.

—Jajaja, ¿qué pasa? ¿Estás desesperado por vender algunas de tus propiedades? Jajaja —dijo, curvándose de tanto reír. 

Él la miró serio.

—No, sólo es que no puedo dejar que una chica tan linda como tú se quede en la calle —dijo cruzándose de brazos. 

Ella se recompuso y lo miró con una ceja alzada.

—¿Esta es tu forma de ligar? —dijo una mueca rara.

—Créeme, la única vez que utilicé mi forma de ligar fue con mi esposa —dijo divertido. 

Se quedó en una pieza. Seguramente lo había ofendido un poco.

—¡Ups! Lo siento… No quería… —dijo avergonzada.

—Tranquila, no fue nada. Me gusta tu forma de ser tan directa —dijo Andrew sonriente—. ¿Tienes algún problema para encontrar vivienda? —dijo sentándose en el banco. 

Madison suspiró y se sentó al lado de Andrew. Supuso que le iba a tener que contar todo.

Andrew escuchó toda la historia con mucha atención y sin interrumpir. Le contaba todo de un modo liberal, sin excepciones; Andrew parecía alguien de confianza.

—Así que no tengo suficiente dinero ni para alquilar mensualmente un apartamento —dijo bajando la cabeza, algo avergonzada. 

Andrew, quién la había estado observando durante todo aquel tiempo, miró hacia el frente en un gesto pensativo.

—Mmm, ¿qué te parece que vaya a hablar de este asunto con mi hermano y te digo lo que decidimos después? No puedo hacer que te rebajen ahora mismo el precio de alguno de nuestros apartamentos, primero tendré que consultarlo con él, ¿qué te parece? —a cada palabra que pronunciaba Andrew, Madison veía que algo de su esperanza perdida estaba regresando por fin.

—¿En serio? ¡Muchas gracias, Andrew! —dijo abrazándolo entusiasmada. 

Andrew reía contento de poder haber ayudado a una chica tan increíble como Madison. Quedaban muy pocas chicas con la fuerza de voluntad que tenía ella.

Se intercambiaron los números de teléfono para mantenerse en contacto y Andrew le prometió que al final del día tendría noticias y que le llamaría entonces. 

Madison se despidió de él y decidió seguir buscando apartamento por si acaso la amable petición de Andrew no se pudiera llevar a cabo. Sin embargo, tenía la esperanza de que el hermano de éste fuese indulgente y le diera una oportunidad.

Más tarde, caminaba por las oscuras calles de la ciudad, sintiendo el peso de la incertidumbre en cada paso. 

Se detuvo frente a un escaparate, observando los anuncios de alquiler que parecían inalcanzables. Con el estómago vacío y la desesperación creciendo, decidió entrar en un McDonald 's cercano.

Al sentarse en una esquina solitaria, Madison miraba su pequeño bolsillo donde reposaban los pocos dólares que le quedaban. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras pensaba en la difícil situación que enfrentaba. 

Rogaba por un milagro que la sacara de aquel abismo financiero.

Mientras mordisqueaba su hamburguesa con preocupación, su teléfono vibró. Era Andrew. 

Con el corazón acelerado, contestó la llamada, esperando ansiosamente las noticias que podrían cambiar su destino.

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