Capítulo 10 CAPÍTULO 10: El Baile de las Sombras

(POV Mía)

Diez minutos. Eso fue todo lo que Dante me dio para dejar de ser la chica asustada que se escondía tras una toalla y convertirme en la mujer que el mundo de la mafia esperaba ver a su lado.

Cuando salí del baño, el vestidor ya no contenía solo mi ropa. Sobre la cama descansaba una caja de terciopelo negro. Dentro, un vestido de seda líquida en color oro viejo, tan ajustado que parecía una segunda piel, y un collar de diamantes negros que pesaba como una sentencia. Al ponérmelo, sentí que estaba vistiéndome para mi propio funeral, o quizás para mi coronación en el infierno.

Enzo me esperaba en la puerta. Ya no sonreía. Su mirada recorrió mi transformación con un respeto sombrío.

—Estás lista, muñeca. Procura no desmayarte; los tiburones huelen el miedo a kilómetros.

Bajamos a la entrada, donde Dante esperaba junto al coche blindado. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba su altura imponente y la dureza de sus hombros. Al verme, sus ojos verdes volvieron a encenderse con ese hambre de obsidiana que me había devorado en el baño, pero se contuvo. Me tomó de la mano, y su agarre fue una advertencia: no me sueltes.

—Esta noche no eres Mía Zapata —me susurró al oído mientras el coche arrancaba—. Eres la mujer de Moretti. Si alguien te mira, mantén la cabeza alta. Si alguien te habla, deja que yo responda. Eres mi territorio, y hoy vamos a marcar las fronteras con sangre y oro.

El destino era "La Fenice", una ópera privada reconvertida en club de élite para la aristocracia del crimen. Al llegar, el despliegue de seguridad era asfixiante. Cámaras, escáneres y hombres armados con trajes de seda.

Cuando las puertas dobles se abrieron para nosotros, el murmullo de la élite criminal se cortó en seco. Cientos de ojos se clavaron en nosotros. Sentí el impulso de retroceder, de esconderme tras la espalda de Dante, pero él apretó mi mano, obligándome a caminar a su lado con una elegancia que yo no sentía. Éramos el centro del huracán.

—Ahí está —susurró alguien entre la multitud—. La joya que hizo que el Cuervo quemara medio distrito por un capricho.

Dante caminaba con una calma aterradora, saludando con un leve movimiento de cabeza a jefes de clanes y políticos corruptos. Yo era el trofeo, la prueba viviente de que él no solo tenía el poder, sino que tenía algo que nadie más podía poseer.

Nos instalamos en un palco privado que dominaba el salón. Enzo se situó detrás de nosotros, con la mano siempre cerca de su chaqueta. Pero la tensión de la guerra con Volkov no fue lo que rompió mi frágil máscara de seguridad. Fue ella.

Una mujer se abrió paso entre la multitud con una confianza que solo da el haber sido la dueña de un lugar. Era hermosa, de una belleza fría y afilada, con un vestido rojo que parecía sangre derramada y unos ojos felinos que me analizaron como si fuera basura en su camino.

—Dante, querido... —su voz era una caricia de terciopelo y veneno—. No me digas que has cerrado tu casa por esta... pequeña flor de invernadero.

Dante no se inmutó, pero sentí cómo sus músculos se tensaban bajo la seda de su esmoquin.

—Isabella —dijo él, con una voz tan gélida que hizo que el aire se enfriara—. No sabía que habías regresado de Milán.

—¿Y perderme el espectáculo del año? —Isabella se acercó al palco, ignorando la mirada de advertencia de Enzo. Se detuvo frente a mí, y su perfume, pesado y floral, me revolvió el estómago—. Así que tú eres la famosa Mía. Eres mona, supongo. Un poco... infantil para el gusto de Dante, ¿no crees?

—Isabella, basta —advirtió Dante, pero ella soltó una risa cristalina.

—Oh, vamos, Dante. No seas tan protector. Solo estoy admirando tu nueva adquisición. —Se volvió hacia mí, y su mirada se volvió letal—. Disfruta de los diamantes mientras duren, pequeña. Yo también los llevé. También dormí en esa suite y también creí que era especial. Pero los hombres como Dante no aman; solo coleccionan. Y cuando tu luz se apague de tanto llorar, te desechará como lo hizo conmigo y con todas las que vinieron antes.

Sentí un pinchazo de dolor en el pecho que no supe explicar. ¿Celos? ¿Miedo? Quizás era la confirmación de lo que mi mente ya sabía pero mi corazón traidor intentaba ignorar.

—Ella no es como tú, Isabella —dijo Dante, y esta vez se puso de pie, su sombra proyectándose sobre ella—. Ella no es una colección. Ella es la razón por la que Volkov no verá el amanecer. Si vuelves a dirigirte a ella, te enviaré de vuelta a Italia en una caja.

Isabella palideció, pero me dedicó una última mirada de lástima antes de retirarse entre la multitud. Me quedé temblando, aferrada a la barandilla de terciopelo.

—No le hagas caso —murmuró Dante, volviendo a sentarse a mi lado. Intentó tomar mi mano, pero esta vez fui yo quien se apartó.

—¿Cuántas han sido, Dante? —pregunté, mi voz rompiéndose—. ¿Cuántas "flores" has encerrado en esa suite antes que a mí? ¿Soy solo la siguiente en la lista?

Él me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos verdes estaban nublados por una furia contenida, pero también por esa obsesión que me asustaba.

—Nadie ha sido como tú, Mía. A ellas las quería por placer. A ti te quiero porque sin ti, el mundo vuelve a ser solo ruido y cenizas.

Iba a responderme, pero Enzo se inclinó hacia nosotros, su rostro pálido.

—Jefe... tenemos un problema. Volkov acaba de entrar. Y no viene solo.

Me giré hacia la entrada principal. Un hombre gigantesco, con una barba espesa y ojos que irradiaban una maldad pura, entró escoltado por una docena de hombres armados. El silencio en "La Fenice" fue absoluto. Era Viktor Volkov.

El "Carnicero" cruzó el salón sin detenerse ante nadie, sus ojos fijos en nuestro palco. Se detuvo justo debajo de nosotros y alzó una copa de champán. Su mirada se clavó en la mía, y sentí que una mano de hielo me apretaba la garganta. No me miraba con deseo como Dante; me miraba como un carnicero mira a una res antes del sacrificio.

—¡Moretti! —rugió Volkov, su voz resonando en toda la ópera—. Tienes un gusto exquisito para las inversiones. Pero recuerda lo que pasa con las cosas hermosas en medio de una tormenta. Se rompen.

Dante se levantó, su mano derecha bajando hacia su cintura, donde sabía que ocultaba su arma.

—Entonces asegúrate de no estar cerca cuando la tormenta estalle, Viktor. Porque mi paciencia se ha agotado esta noche.

El aire en el salón era puro veneno. Los invitados empezaron a retroceder, buscando las salidas. La presentación pública de Dante se había convertido en la declaración formal de guerra. Volkov se rió, un sonido áspero que me hizo temblar, y bebió de su copa antes de lanzarla al suelo, donde se hizo mil pedazos.

—Nos vemos pronto, Mía —dijo Volkov, pronunciando mi nombre con una familiaridad que me hizo querer gritar.

Se dio la vuelta y salió con la misma arrogancia con la que había entrado. Dante se giró hacia mí, y por un segundo, vi el miedo en sus ojos. No miedo por él, sino miedo por perder lo que tanto se había esforzado en poseer. Me tomó por los hombros y me pegó a su pecho, ignorando a Isabella, a los invitados y al mundo entero.

—Vámonos —ordenó—. Enzo, despeja el camino. La guerra no está por venir, Mía. La guerra ha empezado aquí mismo.

Me sacaron del club rodeada de armas y sombras. Mientras el coche blindado se alejaba a toda velocidad por las calles nocturnas, miré mis manos. El vestido de oro brillaba bajo las farolas, pero yo solo podía pensar en las palabras de Isabella y en la mirada de Volkov.

Dante me apretó contra él en el asiento trasero, su respiración agitada contra mi cuello. Por primera vez, no luché. No porque lo amara, sino porque me di cuenta de que, en este baile de sombras, él era el único que podía mantenerme viva un segundo más, aunque el precio fuera convertirme en el monstruo que él necesitaba que fuera.

—No dejes que me atrape —susurré, enterrando mi rostro en su esmoquin.

—Antes quemaré el mundo entero, Mía —juró él, y en su voz supe que no era una metáfora.

El abismo ya no estaba solo en la mansión. El abismo nos perseguía por las calles de la ciudad, y yo estaba cayendo cada vez más rápido, sin saber si al final me esperaban los brazos de Dante o el cuchillo de Volkov. .

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