Capítulo 2 . CAPÍTULO 2: El aroma del dueño
POV Mía
El silencio que siguió a la partida de Marco fue más aterrador que todos los gritos de los hombres en la tarima. En esa habitación de atrás, el aire parecía haberse espesado, impregnado de una autoridad que no necesitaba alzar la voz para hacerse obedecer. Dante Moretti no se movía. No parpadeaba. Solo me diseccionaba con esos ojos de acero que parecían leer cada uno de mis pecados y cada una de mis debilidades.
Yo seguía allí, de pie, tambaleándome sobre mis propios pies que se sentían como gelatina. El frío del suelo subía por mis piernas desnudas, pero el calor de la vergüenza me quemaba la piel. El encaje negro de mi ropa interior, que minutos antes era una invitación al pecado para cientos de extraños, ahora se sentía como una marca de propiedad bajo la mirada de este hombre.
Dante dio un paso hacia mí. Su sombra, alargada por la luz del pasillo, me tragó por completo.
Cerré los ojos, esperando un golpe, un insulto, o que terminara lo que Marco había empezado. Pero no pasó nada de eso. Escuché el siseo de la seda y el roce de la tela. Abrí los ojos justo cuando él se quitaba la chaqueta de su traje negro. Con un movimiento fluido y desprovisto de cualquier ternura, la dejó caer sobre mis hombros.
El peso de la prenda me hizo tambalear. Estaba caliente, impregnada de su calor corporal, y el aroma me golpeó como un puñetazo: sándalo, tabaco de alta gama y algo metálico, como el filo de una navaja. Era el aroma del poder absoluto.
—Camina —dijo. Su voz era una vibración baja, profunda, una orden que mis músculos, aún entorpecidos por la droga, intentaron obedecer por puro instinto de supervivencia.
—Mis… mis cosas. Mi ropa —logré articular. Mi voz sonó como el crujido de hojas secas.
—Ya no tienes nada, Mía —sentenció él, sin mirarme—. Ahora muévete.
Me tomó del brazo. No fue un agarre violento, pero era inamovible. Me guio fuera de la habitación, de vuelta por los pasillos del club. Yo caminaba tropezando, aferrándome a las solapas de su chaqueta como si fuera un salvavidas, tratando de cubrir mi desnudez frente a los ojos de los hombres de Marco que nos miraban pasar con la cabeza baja. Nadie se atrevía a sostenerle la mirada a Dante Moretti. El Rey estaba reclamando su tributo, y el mundo se apartaba para dejarle paso.
Salimos a la noche de la ciudad. El aire frío me golpeó la cara, ayudándome a despejar un poco la niebla química que nublaba mi cerebro. Frente a la entrada de El Elíseo, un coche negro, blindado y de cristales tan oscuros como el alma de su dueño, esperaba con el motor en marcha. Un hombre vestido de traje abrió la puerta trasera y se inclinó.
Dante me empujó suavemente hacia el interior de cuero. El habitáculo olía a nuevo, a lujo y a encierro. Me hundí en el asiento, tratando de ocupar el menor espacio posible, envolviéndome en su chaqueta que me quedaba enorme. Segundos después, la puerta del otro lado se abrió y el peso de Dante hizo que el coche se inclinara ligeramente.
El conductor cerró las puertas. El sonido fue como el de una caja fuerte sellándose. Click.
Estamos atrapados.
El coche se puso en marcha con una suavidad fantasmal. Las luces de la ciudad empezaron a desfilar por las ventanas como fantasmas de neón, pero dentro del vehículo, la oscuridad era casi total, solo interrumpida por el resplandor ocasional de las farolas.
Dante no me miraba. Estaba sentado con la espalda recta, una mano enguantada descansando sobre su rodilla y la otra jugueteando con un anillo de oro en su dedo meñique. La tensión en el espacio entre nosotros era una entidad física. Podía sentir su respiración, pausada y controlada, contrastando con la mía, que era un desastre de jadeos rotos.
—¿A dónde me llevas? —pregunté. Las lágrimas, que creía haber agotado en la tarima, volvieron a asomar.
Él giró la cabeza lentamente. En la penumbra, sus ojos brillaron con una luz peligrosa.
—A casa —respondió.
—¿A mi casa? —una chispa de esperanza idiota se encendió en mi pecho—. ¿Me vas a llevar con mi madre? Ella… ella cometió un error, ella no sabía lo que hacía, yo puedo explicarle…
Una risa seca, corta y carente de humor escapó de sus labios. Fue el sonido más aterrador que había escuchado en toda la noche.
—Tu madre sabía exactamente lo que hacía, Mía. Te vendió por sesenta mil dólares y el perdón de una deuda que habría terminado con su vida. Eres el recibo de su supervivencia.
Las palabras me golpearon con más fuerza que cualquier droga. El mundo se inclinó. Sesenta mil dólares. Ese era el precio de mis sueños, de mi carrera universitaria, de mi cuerpo, de mi alma. Mi madre me había puesto una etiqueta de precio y Dante Moretti la había pagado sin pestañear.
—No puede ser verdad —sollocé, ocultando mi rostro en mis manos—. Ella me quiere… ella dijo que el vestido verde…
—El vestido verde fue el envoltorio del regalo —la voz de Dante se volvió más afilada—. Deja de llorar. El llanto es para los débiles, y en mi mundo, la debilidad se castiga.
Me obligué a tragarme los sollozos. El esfuerzo me dolió en la garganta. Miré por la ventana, viendo cómo nos alejábamos del centro de la ciudad, adentrándonos en las zonas residenciales de las colinas, donde las casas eran fortalezas y los secretos se enterraban bajo jardines perfectos.
La mano de Dante se movió. Instintivamente, me encogí contra la puerta del coche. Él no intentó tocarme para consolarme. En lugar de eso, presionó un botón y un panel de cristal se deslizó, separándonos del conductor. Estábamos completamente aislados.
—Mírame —ordenó.
No quería. Tenía miedo de lo que vería en sus ojos. Pero el tono de su voz no admitía réplica. Giré la cabeza. Estaba tan cerca que podía ver el poro de su piel, la sombra de su barba de un día, la cicatriz casi imperceptible que le cruzaba la ceja.
—¿Sabes quién soy, Mía? —preguntó, su voz apenas un susurro que me erizó los vellos de la nuca.
—Dante Moretti —respondí temblando.
—Moretti —repitió él, como si probara el sabor del nombre—. El hombre que acaba de comprar cada centímetro de esa piel que intentaste mostrar en esa tarima sucia. El hombre que ahora es dueño de tus suspiros y de tus pesadillas.
Extendió la mano. Mis ojos se abrieron de par en par. Sus dedos largos y fuertes se acercaron a mi rostro. Esperaba que me agarrara del cuello, que me reclamara allí mismo en el asiento trasero del coche. Pero sus dedos se detuvieron a milímetros de mi mejilla, recorriendo el contorno de mi cara sin llegar a tocarme, como si estuviera reclamando el aire que me rodeaba.
—¿Por qué me sacaste de allí? —susurré, con el corazón martilleando contra mis costillas—. Podrías haberme dejado… podrías haber dejado que terminara la subasta.
Él acortó la distancia. Su rostro estaba ahora a centímetros del mío. Pude oler el sándalo de nuevo, más intenso ahora. La tensión sexual y de poder era tan fuerte que el aire parecía vibrar.
—Porque no comparto lo que es mío, Mía. Y desde el momento en que tu madre entró en mi despacho con tu fotografía, supe que nadie más volvería a ponerte un dedo encima.
—¿Mi fotografía? —el horror me envolvió—. ¿Ya sabías quién era yo?
—He seguido cada uno de tus pasos durante la última semana. Sé a qué hora vas a la universidad. Sé que te gusta el café sin azúcar. Sé que lloras cuando lees poesía triste. Te he estado observando, esperando el momento en que tu madre se quebrara bajo el peso de sus deudas.
Me quedé sin aliento. No fue una coincidencia. No fue el azar el que lo llevó a El Elíseo esa noche. Él había orquestado mi caída. Él había esperado en las sombras a que me quedara sin salida para atraparme en su red.
—Eres un monstruo —dije, y por primera vez en la noche, el miedo fue reemplazado por una chispa de odio puro.
Dante sonrió. No fue una sonrisa hermosa; fue la sonrisa de un depredador que acaba de acorralar a su presa favorita.
—Soy el monstruo que te salvó de mil monstruos peores, Mía. Pero no te equivoques. El precio de ese rescate es tu libertad absoluta.
Se acercó aún más, tanto que su aliento cálido golpeó mis labios. Por un segundo, creí que me besaría. El deseo y el terror se mezclaron en mi sangre en una combinación tóxica. Mis ojos bajaron a sus labios, firmes y crueles. Mi cuerpo, traicionado por la droga y por una respuesta biológica que odiaba, reaccionó a su cercanía. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Él lo notó. Su mirada bajó a mi pecho, donde el encaje negro de mi sujetador subía y bajaba con mi respiración agitada bajo la chaqueta abierta.
—Estás temblando —murmuró—. ¿Es miedo, Mía? ¿O es algo más?
—Te odio —mentí, aunque mi voz me traicionó con un hilo de vulnerabilidad.
—Aprenderás que en mi casa, el odio y la devoción caminan de la mano.
Se retiró bruscamente, dejándome con una sensación de vacío repentino que me hizo sentir aún más miserable. El coche empezó a subir por una rampa privada. Frente a nosotros, una verja de hierro forjado se abrió lentamente.
La mansión de Dante Moretti se alzaba como un castillo gótico moderno contra el cielo estrellado. Piedra oscura, ventanales inmensos y un silencio sepulcral que envolvía la propiedad. No era una casa; era una fortaleza diseñada para mantener al mundo fuera y a sus secretos dentro.
El coche se detuvo frente a la escalinata de mármol. Dante salió primero y, antes de que pudiera moverme, me rodeó con el coche y abrió mi puerta. Me tendió la mano.
Miré su mano enguantada. Era el final del camino. Si la tomaba, entraría voluntariamente en su abismo. Si no la tomaba… bueno, no tenía otra opción.
Puse mi mano en la suya. Sus dedos se cerraron sobre los míos con una firmeza que me hizo comprender que nunca me soltaría. Me sacó del coche, y por un momento, mi equilibrio falló. Me tambaleé y caí contra su pecho.
Sus brazos me rodearon instantáneamente para sostenerme. Estaba atrapada contra la dureza de su cuerpo, envuelta en su aroma, con mi lencería de encaje rozando su camisa de seda. Por un segundo eterno, me sostuvo allí, bajo la luz de la luna, obligándome a sentir su fuerza.
—Bienvenida a casa, Mía —susurró en mi oído—. Intenta no romperte demasiado pronto. Todavía tengo mucho que enseñarte sobre la oscuridad.
Me soltó y me guio hacia la entrada. Mientras las pesadas puertas de madera se abrían para tragarme, miré por última vez hacia la ciudad, hacia las luces lejanas donde solía estar mi vida. Pero ya no había vuelta atrás. La niña que estudiaba literatura había muerto en la tarima de El Elíseo. La mujer que entraba en la mansión Moretti era la propiedad personal del Rey de la Mafia.
Y mientras subíamos las escaleras hacia lo desconocido, una parte de mí, la más oscura y enterrada, se preguntó si el abismo de D
ante era realmente peor que el mundo que me había vendido.
