Capítulo 3 CAPÍTULO 3: La jaula de cristal

(POV Mía)

El mármol del recibidor de la mansión Moretti estaba tan frío como la mirada de Dante, pero yo sentía que me estaba incendiando por dentro.

Al cruzar el umbral, el silencio de la casa me golpeó como una pared física, pero en mis oídos, el latido de mi propio corazón era un tambor ensordecedor. Ya no era solo el miedo. Había algo más. Algo espeso, dulce y venenoso que corría por mis venas, transformando el terror en una pulsación rítmica y dolorosa entre mis piernas. La droga que Marco me había inyectado no solo me había adormecido; ahora que el pánico inicial de la subasta cedía, la verdadera naturaleza del químico se revelaba. Era un fuego líquido que me hacía querer arrancarme la piel, o mejor aún, sentir la piel de alguien más contra la mía.

Dante me soltó el brazo al llegar al pie de una escalinata imperial de madera oscura. Me tambaleé, aferrándome a las solapas de su chaqueta. El aroma a sándalo y tabaco que emanaba de la prenda ya no me asqueaba; ahora, me mareaba de una forma peligrosa. Inhalé profundamente, llenando mis pulmones de su rastro, y sentí un espasmo de placer involuntario que me hizo soltar un gemido ahogado.

Él se detuvo y me miró de soslayo. Sus ojos verdes, gélidos como dos esmeraldas arrancadas del permafrost, no mostraron ni un ápice de humanidad.

—Sube —ordenó. Su voz era un latigazo de autoridad.

Subí los escalones como pude, mis muslos rozando uno contra el otro, buscando un alivio que no llegaba. Cada paso era una tortura de fricción y deseo artificial. Dante caminaba detrás de mí, su presencia como una sombra pesada que me empujaba hacia arriba, hacia la oscuridad de los pisos superiores. Podía sentir su mirada clavada en mi espalda, en el movimiento de mis caderas bajo la chaqueta que apenas me cubría.

Llegamos a una suite doble al final del pasillo. Dante abrió las puertas de roble y me empujó suavemente hacia el interior. La habitación era inmensa, una combinación de lujo moderno y decadencia gótica. Una cama king-size con dosel de terciopelo negro dominaba el espacio, rodeada de ventanales que daban al abismo de la noche.

La puerta se cerró detrás de nosotros con un sonido definitivo. Clack.

Me giré, apoyándome en la pared. La luz de las arañas de cristal del techo se fragmentaba en mil pedazos sobre mis ojos empañados. El calor interno era insoportable. Necesitaba que alguien me tocara. Necesitaba que él me tocara. El odio que sentía por haberme comprado se mezclaba con una necesidad animal, química y humillante.

—Dante… —suplicqué. Mi voz no era la mía. Era un susurro quebrado, cargado de una lascivia que me daba asco.

Me acerqué a él, dejando que la chaqueta resbalara un poco de mis hombros, exponiendo el encaje negro de mi sujetador. Mis dedos temblorosos buscaron los botones de su camisa de seda. Quería sentir la dureza de su pecho, la calidez que emanaba de él en el coche.

—Por favor… ayúdame. Me quemo… me quemo por dentro.

Llevé sus manos, esas manos grandes y fuertes que podían romperme el cuello, hacia mis caderas. Me pegué a él, buscando desesperadamente el contacto físico. Mi respiración era un desastre de jadeos. Estaba drogada, estaba rota, y lo único que quería era que el Rey de la Mafia me borrara la memoria con su cuerpo.

Dante no se movió. Se quedó rígido como una estatua de mármol. Sus manos no me rodearon, no me apretaron. En lugar de eso, me tomó de las muñecas con una fuerza mecánica y me apartó de él con una frialdad que me dolió más que un golpe.

—Mírate, Mía —dijo, y su voz no tenía ni un rastro de deseo. Solo un desprecio gélido—. Eres patética.

—Dante… por favor… —mis piernas cedieron y caí de rodillas frente a él, aferrándome a sus pantalones—. Solo una vez… quítame este fuego… te lo ruego.

Él me miró desde arriba, con la barbilla alzada y esa barba perfectamente perfilada dándole un aire de divinidad cruel.

—¿Crees que te compré para ser un juguete que se rompe al primer pinchazo de una droga barata? —me agarró del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos verdes estaban vacíos de lujuria—. No voy a follarme a una muñeca drogada que ni siquiera sabe quién es. Yo no quiero tu cuerpo por una necesidad química, Mía. Quiero tu rendición absoluta cuando estés lo suficientemente lúcida para saber que me odias.

Me puso de pie con un tirón brusco y me arrastró hacia el rincón de la habitación donde descansaba un espejo de cuerpo entero con marco de plata.

—Quédate ahí —ordenó.

Me colocó frente al cristal. Yo apenas podía mantenerme erguida. Mi reflejo me devolvió la imagen de una desconocida: una chica de 18 años con los ojos dilatados, las mejillas encendidas por la droga y los labios hinchados de tanto morderse.

Dante se colocó detrás de mi. En el espejo, nuestras figuras formaban un contraste violento. Él, vestido con su traje de tres piezas, impecable, imponente, con sus 32 años de poder y oscuridad. Yo, una ruina envuelta en su chaqueta de mil dólares.

—Mira el espejo, Mía. No cierres los ojos —su voz me llegó desde atrás, cerca de mi nuca.

Con una lentitud tortuosa, una que me hizo soltar un gemido de pura desesperación, Dante llevó sus manos a los hombros de la chaqueta que me cubría. Sus dedos largos rozaron mi piel, y el contacto, aunque mínimo, mandó una descarga eléctrica directamente a mi vientre.

Deslizó la tela hacia abajo. Centímetro a centímetro. La seda negra resbaló por mis brazos hasta que cayó al suelo con un susurro.

Me quedé allí, solo en mi ropa interior de encaje negro. El foco de las arañas de cristal resaltaba cada curva de mi cuerpo, cada centímetro de piel que temblaba por el efecto de la droga y el frío de la habitación. Era una visión erótica y trágica a la vez. El conjunto de lencería, transparente en algunas zonas, no ocultaba nada de mi vulnerabilidad.

Dante no me tocó. Mantuvo sus manos cerca de mis costados, pero sin rozarme. Sus ojos gélidos buscaron los míos a través del reflejo del espejo. Era una lucha de voluntades en la que yo ya había perdido.

—Mírate bien —susurró. Se inclinó hacia adelante hasta que sus labios estuvieron a milímetros de mi oreja. Su aliento cálido me hizo estremecer de una forma que la droga solo intensificaba—. Esta es la última vez que verás a la niña que solías ser. La chica que leía poesía y soñaba con finales felices ha muerto en El Elíseo.

Sentí sus dedos rozar apenas mi barbilla, obligándome a mantener la vista en mi propio reflejo humillado.

—Mañana, cuando despiertes y el fuego de esa droga se haya convertido en cenizas, comprenderás la verdad. Ya no le perteneces a tu madre. Ya no le perteneces a la universidad. Ya no te perteneces a ti misma.

Me apretó ligeramente los hombros, y por un segundo, su mirada en el espejo se volvió algo más que fría. Fue un destello de posesión pura, de una oscuridad tan profunda que me hizo comprender que el abismo no era un lugar, sino el hombre que me sostenía.

—Mañana, solo serás mía —sentenció.

Me soltó de repente, como si fuera algo contaminado. El vacío que dejó su contacto fue como una caída libre. Me abracé a mí misma, mis uñas clavándose en mis brazos, tratando de contener el temblor que me sacudía.

Dante caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Se detuvo con la mano en el pomo.

—Hay ropa limpia en el vestidor. Duchate. El agua fría te devolverá un poco de la dignidad que perdiste hoy. No intentes salir; la puerta estará cerrada por fuera y hay hombres en el pasillo que no son tan… pacientes como yo.

—¿Por qué me haces esto? —grité, mi voz rompiéndose en un sollozo seco—. ¡Hubiera sido mejor que me dejaras en ese club!

Él giró la cabeza lo suficiente para que yo viera el perfil de su rostro, duro como el granito.

—En ese club habrías sido de todos por una noche, Mía. Aquí serás mía para siempre. Elige tu veneno.

Salió de la habitación y escuché el giro de la llave. Clack-clack.

Me derrumbé en la alfombra, justo frente al espejo. El efecto de la droga seguía allí, quedándome, exigiéndome algo que el dueño de la casa me había negado con un desprecio soberano. Me miré una vez más en el cristal. La chica del vestido verde, la que tenía una madre y una vida, ya no estaba. Solo quedaba esta mujer de encaje y lágrimas, cautiva en un palacio de cristal, esperando que la mañana trajera una realidad que sabía que me destruiría.

Lloré hasta que mis ojos ardieron, mientras el aroma a sándalo de Dante, que aún flotaba en el aire, me recordaba con cada respiración que el ab

ismo acababa de cerrar sus puertas sobre mí.

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