Capítulo 4 CAPÍTULO 4: Cenizas y Sombras
CAPÍTULO 4: Cenizas y Sombras
(POV Mía)
El despertar fue un descenso lento hacia un infierno de lucidez.
Abrí los ojos y el techo de la habitación, con sus molduras de escayola negra y sombras alargadas, se sintió como el peso de una tumba. Mi cabeza pulsaba con un ritmo frenético, un eco de la sustancia que horas antes me había hecho arder. Pero el fuego se había apagado, dejando tras de sí un rastro de cenizas amargas en mi garganta y una debilidad que me hacía sentir como si mis huesos estuvieran hechos de cristal soplado.
Me incorporé lentamente, y el recuerdo de la noche anterior me golpeó con la fuerza de un impacto físico.
Cerré los ojos con fuerza, deseando que la oscuridad me tragara. Recordé mis manos buscando los botones de su camisa. Recordé mis súplicas, el tono lascivo de mi voz, la humillación de arrodillarme frente a él para rogarle por un contacto que él me negó con un desprecio soberano. La "resaca" no era solo física; era una náusea moral que me revolvía el estómago. Dante Moretti me había visto en mi punto más bajo, despojada de mi voluntad, convertida en un animal sediento por una droga barata. Y él, con sus treinta y dos años de control absoluto, se había limitado a observar mi degradación con la frialdad de quien examina una mancha en su traje.
—Dios mío... —susurré, y mi propia voz me sonó ajena, rota.
El silencio de la mansión era opresivo. Me puse de pie, tambaleándome, y busqué instintivamente mi vestido verde. El símbolo de mi última noche de "libertad", el vestido que mi madre me obligó a usar para venderme. Busqué en la cama, en el suelo, detrás del diván de terciopelo.
No estaba.
Una chispa de pánico, el primero de la mañana, se encendió en mi pecho. Caminé hacia el inmenso vestidor que Dante me había indicado antes de salir. Al abrir las puertas correderas de cristal ahumado, me quedé sin aliento.
Era una oda a la opulencia y al control. No había rastro de mis vaqueros desgastados, de mis jerséis de lana suave o de mis zapatillas blancas. Todo mi pasado había sido incinerado. En su lugar, filas y filas de perchas sostenían prendas que gritaban lujo y peligro. Sedas que se sentían como agua entre los dedos, encajes que parecían tejidos por arañas venenosas, satenes de colores oscuros: negro ala de cuervo, rojo borgoña, azul noche, verde bosque tan profundo que parecía negro.
Busqué desesperadamente algo que se pareciera a mí. Nada. No había una sola prenda que una estudiante de dieciocho años usaría para ir a la biblioteca. Cada vestido, cada falda de tubo, cada blusa de seda estaba diseñada para una mujer que caminaba al lado del diablo. Era el primer paso de mi anulación. Dante no solo quería mi cuerpo; quería borrar mi identidad y reconstruirme bajo su propio criterio.
Con las manos temblando, elegí un vestido de seda negra, de corte minimalista pero que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel. Al ponérmelo, el contacto de la tela fría contra mi piel todavía sensible me hizo estremecer. No había ropa interior de algodón; solo encaje y seda que recordaban mi vulnerabilidad.
Me miré en el espejo del vestidor. Ya no era Mía, la chica que soñaba con escribir novelas. Era una sombra elegante atrapada en un palacio de mármol.
Escuché dos toques secos en la puerta de la habitación.
—El señor Moretti la espera para desayunar, señorita —dijo una voz masculina desde el otro lado. Fría, profesional, sin rastro de emoción.
Me obligué a salir. Cada paso por los pasillos de la mansión me recordaba que esto no era una casa, sino una fortaleza. Había hombres apostados en las esquinas, con trajes oscuros y bultos bajo las chaquetas que no intentaban ocultar. Me miraban pasar con una indiferencia que me hacía sentir invisible, o peor, como un mueble nuevo que Dante acababa de adquirir.
Llegué al comedor principal. Era un espacio inmenso, con una mesa de roble que podría haber albergado a veinte personas, pero solo un servicio estaba puesto en uno de los extremos.
Dante estaba allí.
Estaba impecable, como si la noche anterior hubiera sido un sueño febril solo para mí. Llevaba una camisa gris marengo con los puños perfectamente doblados, revelando sus antebrazos fuertes y el reloj de platino que brillaba bajo la luz de la mañana. Leía el periódico impreso mientras tomaba café negro, con una tranquilidad que me resultó insultante.
Al verme entrar, no se levantó. Ni siquiera apartó la mirada del papel de inmediato.
—Siéntate —dijo. Su voz era una vibración baja que me erizó el vello de la nuca.
Me senté frente a él, manteniendo la mayor distancia posible. El servicio de plata brillaba, y el olor a café y tostadas frescas se mezclaba con su perfume de sándalo. Me sentía mareada.
—¿Cómo te sientes, Mía? —preguntó, bajando finalmente el periódico.
Sus ojos verdes me recorrieron con una lentitud quirúrgica. Se detuvieron en mi rostro, analizando mis ojeras y mi palidez, y luego bajaron por el vestido negro que él había elegido para mí. Sus ojos se oscurecieron apenas un grado, una señal de aprobación que me hizo querer cubrirme con las manos.
—Como si me hubieran arrastrado por el fango —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Lo cual es irónico, considerando que estoy en un palacio.
—El fango está en tu mente, no en mi casa —replicó él, tomando un sorbo de café—. Come. No quiero que te desmayes antes del mediodía.
—No tengo hambre. Quiero irme a casa, Dante. Esto ha llegado demasiado lejos. Mi padre… —me detuve, el nombre de mi padre muerto quemándome la lengua—. Mi padre se avergonzaría de lo que está pasando. Tengo una vida. Tengo una universidad a la que ir.
Dante dejó la taza en el plato con un tintineo metálico que me hizo saltar en la silla. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La normalidad del desayuno se desvaneció, reemplazada por la amenaza latente que siempre lo rodeaba.
—Hablemos de tu "vida", Mía. Y de tu futuro.
Sacó un sobre de piel de su chaqueta y lo deslizó sobre la madera pulida hacia mí. Con dedos torpes, lo abrí.
Lo que vi me dejó sin aliento. Eran fotografías, pero no las de anoche. Eran fotos mías de las últimas seis semanas. Yo saliendo de la facultad de Letras con un libro bajo el brazo. Yo tomando un café en la plaza mientras leía. Yo riendo con una compañera. Pero lo que me heló la sangre fueron los documentos que acompañaban las imágenes.
Recibos de deudas. Pagarés firmados por mi madre. Documentos notariales que demostraban que Dante Moretti había comprado la hipoteca de nuestra casa hacía tres meses. Había comprado las deudas de juego de mi madre de tres prestamistas diferentes antes de que ella siquiera supiera quién era él.
—Tú… tú lo planeaste todo —susurré, las fotos cayendo de mis manos—. No fue la deuda lo que me trajo aquí. Tú creaste la deuda para traerme aquí.
Dante me miró con una calma aterradora.
—Tu madre es una mujer débil y codiciosa, Mía. Fue fácil ponerle el cebo. Ella simplemente hizo lo que las personas como ella hacen: elegir su propia piel sobre la de los demás. Yo solo le di la oportunidad de hacerlo.
—¿Por qué? —grité, golpeando la mesa con las palmas—. ¡Solo soy una estudiante! ¡Hay miles de mujeres en esta ciudad! ¿Por qué hacerme esto a mí?
—Porque tú tienes algo que ellas no tienen —respondió, y por primera vez, su voz adquirió un matiz de posesión que me hizo temblar—. Tienes una pureza que no pertenece a este mundo podrido. Y yo decidí que esa pureza solo sería vista por mis ojos.
Me puse de pie, con la intención de salir corriendo, de buscar una ventana, una salida, cualquier cosa que no fuera él. Pero él fue más rápido. Se levantó y me interceptó antes de que pudiera dar tres pasos, rodeándome con su brazo y presionándome contra su pecho.
—Suéltame, ¡monstruo! —luché, golpeando su pecho duro como el granito.
—Escúchame bien —me siseó al oído, su mano apretando mi cintura con una fuerza que me dejó sin aliento—. Tu antigua vida ha sido borrada. Esta mañana, mi abogado canceló tu matrícula en la universidad. He pagado a tu madre una suma lo suficientemente grande para que se mude a otro país y se olvide de que tiene una hija.
—No puedes hacer eso… —sollocé.
—Ya está hecho. Para tus amigos, para el registro civil, para el mundo entero, Mía Zapata se ha ido de viaje indefinido por Europa. No existes más que entre estas paredes. Tu pasado se ha convertido en humo, y tu futuro…
Me tomó de la barbilla, obligándome a mirar la inmensidad de sus ojos gélidos, donde no había ni un rastro de duda.
—Tu futuro solo tiene un nombre, Mía. Y ese nombre es Moretti.
—Prefiero morir —escupí, aunque mis lágrimas me traicionaban, mojando sus dedos.
—No vas a morir —sonrió él, una sonrisa cruel y hermosa que me heló el alma—. Vas a vivir. Y vas a aprender a amarme en este abismo. Porque soy lo único que te queda en el universo.
Me soltó y regresó a su silla, volviendo a tomar su periódico como si acabara de discutir el clima y no la destrucción de mi alma.
—Ahora, termina tu desayuno. Tenemos mucho que hacer para prepararte para tu nueva vida.
Me quedé allí, de pie en medio del comedor, envuelta en seda negra y rodeada de una riqueza que se sentía como una cadena de oro. Miré mis manos, las mismas manos que ayer sostenían libros de poemas, y las vi temblar. El abismo no era solo una habitación cerrada; era el hecho de que Dante Moretti había devorado mi mundo entero antes de que yo supiera su nombre.
Y mientras el silencio de la mansión volvía a cerrarse sobre mí, supe que la resaca de la droga era nada comparada con la agonía de saber que, para el resto de l
a humanidad, yo ya no existía. Solo existía para él.
