Capítulo 5 . CAPÍTULO 5: La jaula de oro y sangre
(POV Mía)
El pánico es un motor extrañamente eficiente.
Después del desayuno, Dante me había dejado "libre" para explorar el ala este de la mansión. "Familiarízate con tu prisión, Mía", me había dicho con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos antes de encerrarse en su despacho con tres hombres que parecían salidos de una pesadilla de asfalto y pólvora.
Me quedé sola en el gran salón, rodeada de estatuas de mármol que me miraban con ojos vacíos. Pero mi mente no estaba en el arte. Estaba en la puerta de cristal que daba a los jardines traseros. A través de la transparencia, el mundo exterior me llamaba con un verde vibrante que juraba libertad. Si lograba llegar a la valla, si lograba saltar... tal vez podría llegar a la carretera. Tal vez alguien me ayudaría. Tal vez la policía no estaba comprada. Tal vez...
Eran demasiados "tal vez", pero el miedo a quedarme era mayor que el miedo a morir en el intento.
Caminé con paso rápido, tratando de que mis tacones no resonaran contra el suelo de piedra. El vestido de seda negra que Dante había elegido para mí se sentía como una armadura pesada, una piel de serpiente que quería arrancarme. Al llegar a la puerta, mi mano tembló sobre el pomo de bronce. Giró. Estaba abierta.
El aire fresco del jardín me golpeó los pulmones, y por un segundo, mi corazón dio un vuelco de esperanza. Corrí. Corrí como si mi vida dependiera de ello, hundiéndome en el laberinto de setos perfectamente podados. El jardín era inmenso, una obra de ingeniería botánica diseñada para impresionar, pero para mí era un campo de minas. Mis pulmones ardían; la resaca de la droga todavía me pasaba factura, haciéndome sentir mareada y débil, pero la adrenalina me mantenía en pie.
—Vamos, Mía... un poco más —me susurré a mí misma, mis pulmones silbando por el esfuerzo.
Vi la valla de hierro al fondo, oculta tras unos sauces llorones. Estaba a menos de cincuenta metros. La libertad olía a césped recién cortado y a la promesa de un mañana sin Moretti.
Pero entonces, el silencio del jardín fue roto por un sonido metálico. Un clic seco.
Me detuve en seco, con el corazón martilleando contra mis costillas. A diez metros de la valla, apoyado contra el tronco de un sauce, estaba él.
Dante no llevaba su chaqueta de traje. Su camisa de seda gris estaba ligeramente desabrochada en el cuello, y sostenía un vaso de cristal con un líquido ambarino. Me miraba con una calma que me hizo querer gritar. No parecía enfadado. Parecía... entretenido. Como un gato que observa las convulsiones de un ratón que sabe que no tiene escapatoria.
—Has tardado doce minutos, Mía —dijo, consultando su reloj de platino con una indiferencia insultante—. Esperaba que fueras un poco más rápida. La adrenalina suele hacer maravillas con el sistema cardiovascular.
—Déjame ir —jadeé, dando un paso atrás, buscando una ruta de escape que no existía—. Por favor... ya me has quitado todo. Déjame esto.
Dante dio un sorbo a su bebida y se acercó a mí con la elegancia depredadora que lo caracterizaba. Cada uno de sus pasos parecía acortar el aire que yo podía respirar.
—¿Dejarte ir? ¿A dónde, Mía? ¿A la universidad donde ya no figuras en las listas? ¿A la casa que ya no pertenece a tu madre? ¿Al mundo donde ya estás muerta para todos los efectos legales? —Se detuvo a centímetros de mí. Su aroma a sándalo y tabaco me envolvió, recordándome mi sumisión de la noche anterior—. No tienes a dónde ir. Fuera de estas paredes, eres un fantasma. Aquí, eres una reina. Mi reina.
—¡Prefiero ser un fantasma que tu juguete! —grité, intentando rodearlo para correr hacia la valla.
Pero Dante fue más rápido. Su mano salió disparada como un rayo y me atrapó por el brazo, girándome con una fuerza que me dejó sin aliento y estampándome contra el tronco del sauce. La corteza rugosa me arañó la espalda a través de la seda del vestido. Su cuerpo, sólido y caliente, me inmovilizó por completo.
—No eres mi juguete, Mía —siseó, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad aterradora—. Los juguetes se rompen y se tiran. Tú eres una inversión. Una posesión que voy a pulir hasta que brilles con la oscuridad que yo te daré.
—Te odio —susurré, las lágrimas de frustración quemándome los ojos.
—El odio es solo amor que ha perdido el rumbo —sonrió él, una sonrisa cruel que me hizo estremecer—. Y como castigo por este pequeño ejercicio matutino, vas a aprender lo que significa ser una Moretti.
Me tomó de la mano y me arrastró de vuelta a la mansión. Yo luchaba, intentaba clavar mis talones en la hierba, pero él me movía como si yo no pesara nada. Entramos por la puerta principal y me llevó directamente hacia su despacho.
—Dante, no... por favor, déjame ir a mi habitación —suplicqué, presintiendo que lo que venía sería peor que el encierro.
Él no respondió. Abrió las puertas dobles de su despacho. El interior olía a cuero viejo, whisky y peligro. Tres hombres estaban allí sentados. Tipos con rostros de granito y miradas que habían visto demasiada sangre. Al ver entrar a Dante, se pusieron de pie al unísono.
—Señor Moretti —dijeron con respeto.
Dante me empujó frente a ellos. Yo me abracé a mí misma, sintiéndome pequeña y expuesta bajo la luz fría de la oficina.
—Caballeros —dijo Dante, rodeándome con su brazo y apoyando su mano pesadamente en mi hombro—. Esta es Mía. A partir de hoy, ella es la única ley en esta casa después de la mía. Si alguien le falta al respeto, si alguien la mira como no debe, se encargará de decírmelo a mí personalmente antes de que yo le corte la lengua. ¿Ha quedado claro?
Los hombres asintieron, pero uno de ellos, un tipo con una cicatriz en el cuello llamado Enzo, me recorrió con una mirada lasciva que me hizo sentir sucia. Dante lo notó al instante.
En un movimiento tan rápido que mis ojos apenas pudieron seguirlo, Dante soltó mi hombro, caminó hacia Enzo y lo agarró por la garganta, estampándolo contra la estantería de libros. El sonido del impacto fue como un disparo.
—¿Te ha gustado lo que has visto, Enzo? —preguntó Dante con una voz suave, casi cariñosa, pero cargada de una amenaza letal.
—Señor... yo no... —balbuceó el hombre, con el rostro volviéndose púrpura.
Dante sacó una navaja automática del bolsillo de su pantalón. El clic del metal al abrirse resonó en el silencio absoluto del despacho. Colocó la punta afilada justo debajo del ojo de Enzo.
—Mírala una vez más así, y te aseguro que no necesitarás ojos para ver por dónde caminas —siseó Dante—. Mía no es una de las putas de El Elíseo. Ella es mi propiedad. Y yo no comparto mis pertenencias.
Yo miraba la escena paralizada de terror. Era la primera vez que veía la violencia real de Dante, la furia contenida que se desataba con una precisión quirúrgica. No era un hombre enfadado; era un verdugo ejecutando una sentencia.
Dante soltó a Enzo, quien cayó al suelo tosiendo y jadeando. Se guardó la navaja y se volvió hacia mí. Su expresión volvió a ser la de la máscara de mármol de siempre, como si no acabara de estar a punto de sacarle un ojo a alguien.
—Siéntate ahí, Mía —me indicó una silla de cuero en un rincón—. Y escucha. Necesitas aprender cómo funciona el mundo en el que ahora vives.
Pasaron las siguientes dos horas. Fueron las más largas de mi vida. Dante discutió rutas de contrabando, pagos de sobornos y "limpiezas" de territorios. Hablaba de vidas humanas como si fueran simples números en una hoja de Excel. Yo escuchaba cada palabra, sintiendo cómo mi alma se marchitaba un poco más con cada revelación de su crueldad. Este era el hombre que me había comprado. No era solo un hombre rico y obsesivo; era un monstruo que gobernaba un imperio de sombras.
A veces, durante la reunión, Dante me miraba. No con deseo, sino con una posesión tranquila, asegurándose de que yo viera en lo que me estaba convirtiendo por asociación.
Cuando los hombres finalmente se fueron, el silencio en el despacho se volvió asfixiante. Dante se sentó en su escritorio de caoba y se sirvió un trago de whisky.
—¿Qué te ha parecido la lección, Mía? —preguntó sin mirarme.
—Eres un monstruo —dije con voz monótona—. No sé por qué te molestas en asustarme. Ya me has quitado todo lo que podía perder.
Dante se levantó y caminó hacia mí. Yo me encogí en la silla, esperando un castigo por mis palabras. Pero en lugar de eso, él sacó algo de un cajón de su escritorio.
Era un libro. Un ejemplar desgastado de Cumbres Borrascosas. Mi ejemplar. El que tenía mis notas en los márgenes, el que yo creía que se había perdido en la mudanza forzada o que mi madre había tirado a la basura.
Me lo tendió. Mis manos temblaron al tomarlo. El tacto del papel viejo y el olor a mis propios recuerdos me hicieron romper a llorar. Era el primer pedazo de mi vida anterior que recuperaba.
—¿De dónde lo has sacado? —pregunté entre sollozos.
Dante me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos gélidos brillaron con una luz extraña, casi parecida a la fascinación.
—Te dije que te había estado observando, Mía. Sé lo que este libro significa para ti. Sé que te refugias en estas historias de amor trágico para no ver la fealdad del mundo.
Me acarició la mejilla con el pulgar. Fue un gesto de una ternura tan retorcida que me dio escalofríos.
—Puedes leer sobre mundos de fantasía todo lo que quieras, Mía. Puedes soñar con Heathcliff y Catherine hasta que te quedes dormida. Pero recuerda esto: cuando cierres el libro, cuando la luz se apague y el silencio de esta casa te envuelva, la única realidad que tocará tu piel será la mía. Las palabras son humo; yo soy el fuego.
Se inclinó y me dio un beso corto en la frente. Fue frío, posesivo, una marca de propiedad más efectiva que cualquier navaja.
—Ve a tu habitación. Estudia tus poemas. Prepárate. Esta noche cenaremos juntos, y espero que para entonces hayas comprendido que en esta jaula de oro, yo soy tu única salvación y tu única condena.
Me levanté y salí del despacho, aferrando el libro contra mi pecho como si fuera un escudo. Al caminar por los pasillos hacia mi suite, me di cuenta de la crueldad de su regalo. Me había devuelto mi libro favorito no por amor, sino para recordarme que él tenía acceso a cada rincón de mi alma, a cada secreto que yo creía guardado.
Entré en mi habitación y cerré la puerta. Me senté en el suelo, apoyada contra la madera, y abrí el libro. Pero las palabras que tanto amaba ahora me parecían vacías. Porque Dante tenía razón. Podía leer sobre el amor, sobre la libertad, sobre el alma humana, pero al final del día, yo seguía siendo la chica de dieciocho años que había sido vendida al abismo.
Y lo peor de todo, lo que más me aterraba mientras abrazaba mi libro, era que una parte de mí, una parte oscura y traidora, ya no quería dejar de sentir el calor de su presencia.
