Capítulo 6 CAPÍTULO 6: El beso del escorpión
(POV Mía)
La noche se cerró sobre la mansión Moretti con la promesa de una tormenta, y en mi interior, la tempestad ya había comenzado.
Pasé las horas previas a la cena en mi habitación, aferrada a mi desgastado ejemplar de Cumbres Borrascosas. Pero las palabras que solían ser mi refugio ahora me parecían vacías, burlas de un mundo de ficción que no tenía nada que ver con la realidad de mármol y acero en la que estaba atrapada. Las horas pasaban con una lentitud tortuosa, cada tic-tac del reloj de pared un recordatorio de la cita ineludible con el dueño de la casa. El aroma a sándalo y tabaco de Dante parecía impregnar el aire, asfixiándome incluso en su ausencia.
Hacia las ocho, una mujer de servicio entró sin llamar. Me trajo un vestido nuevo. No era negro esta vez, sino de un satén color borgoña, profundo y oscuro como el vino envejecido. Tenía un escote sutil pero pronunciado, y la espalda completamente descubierta. Al ponérmelo, la tela se deslizó sobre mi piel con una caricia helada que me recordó, una vez más, que cada prenda que usaba era una elección de Dante, una forma de marcarme como suya.
—El señor Moretti la espera en el comedor —dijo la mujer con una voz desprovista de emoción, y salió.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. La chica de dieciocho años que estudiaba literatura había desaparecido por completo. En su lugar, había una mujer elegante, trágica, con los ojos nublados por un miedo que intentaba ocultar tras una máscara de indiferencia. Me obligué a respirar profundamente y salí de la suite.
El comedor estaba iluminado solo por la luz de una araña de cristal y varias velas encendidas en la inmensa mesa de roble. La atmósfera era pesada, cargada de una tensión que hacía que el aire vibrara. Dante ya estaba allí, sentado en la cabecera, impecable con una camisa negra y un reloj de platino que brillaba bajo la luz tenue. No se levantó al verme entrar. Simplemente dejó la copa de vino que sostenía y me barrió con una mirada gélida que pareció desnudarme de nuevo.
—Siéntate —ordenó. Su voz era una vibración baja que resonó en el silencio del comedor.
Me senté a su derecha, manteniendo la mayor distancia posible. El servicio de plata brillaba, y el olor de la comida sofisticada se mezclaba con su perfume posesivo.
La cena fue una tortura psicológica. Dante no habló mucho, pero su presencia era abrumadora. Me observaba comer, cada movimiento de mis cubiertos, cada vez que llevaba la copa de agua a mis labios. Su mirada era una presión física que me impedía tragar.
—No has tocado tu comida, Mía —dijo, rompiendo el silencio tras varios minutos—. No me gustaría pensar que el cocinero no ha cumplido con tus expectativas.
—No tengo hambre —respondí, mi voz apenas un susurro.
—La anorexia no es un rasgo que admire en mis posesiones —replicó él, tomando un sorbo de vino tinto—. Come. O te obligaré a hacerlo.
El tono de su voz no admitía réplica. Tomé un bocado de la carne asada, que sabía a cenizas en mi boca. Él siguió observándome, y por primera vez, noté un destello de algo diferente en sus ojos gélidos. No era lujuria, no era piedad. Era una fascinación depredadora.
—He cancelado tu matrícula universitaria, Mía —dijo de repente, con una naturalidad que me congeló la sangre—. Y he pagado a tu madre una suma considerable para que se mude a otro país y se olvide de tu existencia. Para el mundo, Mía Zapata ya no existe. Solo existes tú. Mía, la mujer de Dante Moretti.
El mundo pareció detenerse. Las lágrimas, que creía haber agotado, volvieron a asomar. La traición de mi madre, la anulación de mi futuro... todo estaba allí, en su voz gélida.
—Eres un monstruo —susurré, las lágrimas resbalando por mis mejillas.
—Soy el monstruo que te salvó de un destino peor, Mía —replicó él, levantándose de la silla—. Y soy el único que puede protegerte en este abismo.
Caminó hacia mí y se detuvo a centímetros de mi silla. Su sombra me envolvió por completo. Pude oler el sándalo y el tabaco, más intensos ahora. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas, una combinación de terror y una extraña excitación que me daba asco.
—Levántate —ordenó.
Me levanté, temblando. Él me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos verdes estaban a milímetros de los míos. Pude ver cada poro de su piel, la cicatriz casi imperceptible sobre su ceja.
—No llores —susurró, su pulgar acariciando mi mejilla con una ternura retorcida—. El llanto es para los débiles. Y tú no eres débil, ¿verdad, Mía?
No respondí. No podía. Estaba paralizada por su proximidad.
—Mírame —ordenó de nuevo—. Mañana, cuando despiertes, comprenderás la verdad. Ya no le perteneces a nadie. Ya no te perteneces a ti misma. Mañana, solo serás mía.
Sus labios bajaron hacia los míos. Esperaba un beso frío, posesivo, una marca de propiedad. Pero no fue así. Me besó a la fuerza, con una brutalidad que me dejó sin aliento. Sus labios eran calientes, exigentes, y olían a vino y peligro.
Al principio, me resistí. Empujé su pecho duro como el granito, intenté girar la cabeza. Pero él era demasiado fuerte. Me inmovilizó contra su cuerpo, su mano apretando mi cintura con una fuerza que me hizo gemir de dolor.
Y entonces, sucedió lo imperdonable.
Después de un par de segundos de resistencia, mi cuerpo traidor comenzó a responder. El odio que sentía por él se mezcló con una necesidad animal, química y humillante. Mi respiración se volvió un desastre de jadeos. Mis manos, que segundos antes lo empujaban, ahora se aferraban a su camisa de seda. Dejé de luchar y seguí el beso.
Dante lo notó al instante. Su beso cambió, se volvió más profundo, más posesivo. Su lengua invadió mi boca, reclamando cada rincón como si fuera suyo. Sentí un espasmo de placer involuntario que me hizo soltar un gemido ahogado.
Me sentí como la noche en que la drogaron en El Elíseo. El mismo fuego líquido corría por mis venas, la misma parálisis de la voluntad, la misma necesidad desesperada de que él me tocara. Era una humillación física que me hacía querer gritar, pero mi boca estaba ocupada por la suya.
Me acarició la espalda descubierta, su mano caliente subiendo por mi columna vertebral. Cada uno de sus toques mandaba una descarga eléctrica directamente a mi vientre. Me pegué a él, buscando desesperadamente el contacto físico. Quería más. Quería que el Rey de la Mafia me borrara la memoria con su cuerpo.
Pero él se retiró bruscamente, dejándome con una sensación de vacío repentino que me hizo tambalear. Me miró con una sonrisa cruel y hermosa que me heló el alma.
—¿Ves, Mía? —susurró, su aliento cálido golpeando mis labios hinchados—. Tu cuerpo sabe a quién le pertenece, aunque tu mente intente negarlo. Eres mía. En cada suspiro, en cada gemido. Mañana, solo serás mía.
Salió del comedor sin mirar atrás. Me quedé allí, de pie en medio del silencio, envuelta en satén borgoña y rodeada de una riqueza que se sentía como una cadena de oro. Lloré hasta que mis ojos ardieron, mientras el aroma a sándalo de Dante, que aún flotaba en el aire, me recordaba con cada respiración que el abismo acababa de cerrar sus puertas sobre mí.
Y mientras subía las escaleras hacia mi suite, una parte de mí, la más oscura y enterrada, se preguntó si el beso de Dante era realmente pe
or que el mundo que me había vendido.
