Capítulo 7 CAPÍTULO 7: Lealtades de Sangre

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(POV Mía)

Mis pies pesaban como si estuvieran hechos de plomo mientras terminaba de subir la inmensa escalinata de mármol. El sabor de Dante seguía en mis labios, una mezcla maldita de vino tinto y pecado, recordándome con cada pulsación de mi boca que mi cuerpo me había traicionado. Al llegar al descanso del segundo piso, me apoyé contra la pared fría, jadeando, sintiendo que el satén borgoña del vestido me asfixiaba más que las paredes de esta mansión.

Él se había quedado abajo, en la penumbra del comedor, con esa suficiencia de quien sabe que ha ganado una batalla sin disparar una sola bala. Yo, en cambio, me sentía como un soldado en retirada, humillada por mi propia respuesta física. No podía entrar en mi suite todavía. No podía encerrarme en esa cama de seda y esperar a que los fantasmas de mis propios gemidos me atormentaran en la oscuridad.

Necesitaba bajar de nuevo, pero por otro lado. Necesitaba ruido humano que no fuera su voz, algo que no oliera a sándalo y poder.

Bajé por la escalera de servicio, una estructura de hierro más estrecha y funcional que los criados usaban para no ser vistos. Mis pies descalzos buscaban el consuelo del suelo frío. Me guié por un instinto primario hacia la parte trasera de la mansión, lejos de los cuadros caros, hasta que el olor a especias y productos de limpieza me indicó que había llegado a las cocinas.

Era un espacio inmenso de acero inoxidable, sumido en una penumbra acogedora. Creí que estaría sola, pero una luz tenue brillaba sobre la isla central. Allí, sentada con una taza de té humeante entre las manos, estaba la Sra. Ortega.

Era la primera vez que la veía sin su uniforme rígido. Su cabello canoso estaba recogido en una trenza floja y llevaba un chal de lana sobre los hombros. Sus ojos sagaces me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi vestido arrugado y en mis labios hinchados. No hubo juicio, solo una especie de fatiga ancestral.

—El té de tila es bueno para el alma que tiembla, niña —dijo con una voz raspada, señalando el taburete frente a ella—. Siéntate antes de que el corazón se te escape por la boca.

Me senté, sintiéndome como una intrusa. Ella se levantó y me sirvió una taza. El calor del líquido contra mis dedos fue el primer consuelo real que recibía en días.

—¿Por qué me ayuda? —susurré—. Para todos aquí, solo soy la nueva adquisición del señor Moretti.

La Sra. Ortega suspiró.

—He visto pasar a muchas por estas puertas, Mía. He visto a hombres rudos llorar y a mujeres hermosas marchitarse. Pero tú tienes algo en los ojos que me recuerda a mí hace cuarenta años. Todos somos cautivos de algo aquí. Dante no es un hombre fácil, pero es un hombre de palabra. Aprende que en esta casa, la obediencia es supervivencia, pero el silencio es poder. El conocimiento es la única arma que él no puede quitarte.

Bebí el té en silencio, sintiendo que por fin alguien me veía como un ser humano. Pero la paz duró poco. Al salir de la cocina para intentar, ahora sí, ir a mi habitación, una figura se materializó de entre las sombras del pasillo.

—Vaya, vaya... la joya de la corona anda de excursión nocturna.

Era un hombre joven, de unos veinticinco años, con cabello castaño revuelto y una sonrisa ladeada. Jugaba con una moneda de plata entre sus dedos. Era Enzo, la mano derecha de Dante.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, retrocediendo.

—Vigilar que el jefe no pierda su inversión favorita —rio, y sus ojos me recorrieron con una curiosidad analítica—. Soy Enzo. El que limpia los desastres de Dante. Y tú eres el desastre más interesante en años. Escucha, muñeca: Dante nunca ha tenido a una mujer viviendo aquí. Que estés en esta suite significa que la guerra está cerca.

—¿Guerra?

—Viktor Volkov. "El Carnicero". No es tan elegante como Dante; a él le gusta oler la sangre. Sabe que Dante tiene un punto débil nuevo. Ese punto débil eres tú. Ten cuidado, Mía. No solo Dante es el peligro; el mundo que quiere quitársela a él es mucho peor.

Enzo me guiñó un ojo y desapareció. Sus palabras me dejaron temblando. Un punto débil. Yo no quería ser el blanco de nadie.

Caminé hacia el despacho de Dante, que estaba de paso a las escaleras principales. La puerta estaba entreabierta. Me asomé, movida por una curiosidad suicida. Dante estaba de pie frente a su escritorio. Sobre la madera había una caja de madera toscamente clavada que olía a hierro y podredumbre.

—¿Cuándo llegó esto? —la voz de Dante era un trueno contenido.

—Hace una hora. Lo dejaron en la puerta de servicio —respondió Enzo, que acababa de entrar por otra puerta.

Dante abrió la caja. No vi el contenido, pero él soltó un rugido de rabia y golpeó la mesa, haciendo que el cristal tintineara.

—Volkov —siseó—. Ese animal cree que puede tocar lo que es mío.

—Hay una nota, jefe.

Dante leyó el papel. Sus hombros se tensaron tanto que temí por su camisa de seda. Se giró bruscamente y sus ojos verdes chocaron con los míos a través de la rendija. Su mirada era fuego puro. Caminó hacia la puerta y me agarró del brazo, metiéndome al despacho.

—¡Dante, me lastimas! —protesté.

Me empujó hacia un rincón y se colocó frente a mí como un muro.

—Mírame, Mía —ordenó, inmovilizándome por los hombros—. Viktor Volkov acaba de enviarme una advertencia. Te quiere a ti. Quiere desollarte viva para demostrar que puede quitarme lo que he comprado.

—¿Por qué? Yo no he hecho nada... —sollocé.

—Porque eres mía —su voz era una promesa de muerte—. Y porque sabe que si te toca, yo incendiaré esta ciudad.

Se volvió hacia Enzo.

—Dobla la guardia. Nadie entra o sale sin mi autorización. Y Mía... —se volvió a mí, su rostro a milímetros del mío, su aliento a whisky y sándalo nublándome—. No saldrás de esta habitación sin una escolta de cuatro hombres. Tu libertad ha muerto definitivamente. Ahora no solo eres mi posesión... eres mi responsabilidad. Juro que Volkov tendrá que pasar sobre mi cadáver antes de ponerte un dedo encima.

Me soltó y salió dando órdenes. Me quedé allí, entre Enzo y la caja que olía a muerte. No solo estaba vendida a un monstruo; ahora estaba en medio de una guerra entre dos de ellos. Me abracé a mí misma, comprendiendo que la jaula de oro de Dante Moretti acababa de convertirse en una fortaleza de sangre.

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