Capítulo 8 CAPÍTULO 8: El rugido del lobo
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(POV Mía)
La semana que siguió al paquete de Volkov fue una lenta agonía de paranoia y sombras. La mansión ya no era una jaula de oro; se había transformado en un búnker de cristal donde el aire vibraba con la electricidad de una guerra inminente. Enzo no se separaba de la entrada, y los cuatro guardias que custodiaban mi puerta se habían convertido en estatuas de piedra que me recordaban, con cada cambio de turno, que mi vida ya no me pertenecía ni en el pensamiento.
Dante se había vuelto un fantasma. Solo lo veía en destellos: una sombra cruzando el pasillo con el rostro endurecido, o el eco de sus gritos en el despacho mientras movía sus piezas contra "El Carnicero". Pero esa noche, el silencio que tanto me asfixiaba se rompió de la forma más violenta posible.
Eran las tres de la mañana cuando el primer estallido sacudió los cimientos de la casa.
Me senté en la cama de un salto, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. No hubo sirenas, solo el sonido seco y rítmico de disparos silenciados en los jardines. Puff, puff, puff. Luego, un grito que se cortó en seco justo debajo de mi ventana.
—¡Dante! —el nombre escapó de mis labios como una súplica involuntaria.
Me envolví en la bata de seda negra, temblando tanto que mis dientes castañeteaban. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, dibujando sombras alargadas que parecían manos intentando alcanzarme. De repente, la puerta de mi suite se abrió de un golpe, estrellándose contra la pared.
Me encogí contra el cabecero, esperando ver a los hombres de Volkov, al "Carnicero" viniendo a cobrar su deuda de sangre. Pero era él.
Dante entró como un torbellino de furia y pólvora. No era el hombre impecable del traje de tres piezas. Llevaba una camisa blanca desabrochada, con las mangas remangadas hasta los codos, y sus manos estaban manchadas de un rojo oscuro que me hizo querer vomitar. En su mano derecha empuñaba una pistola negra, pesada, que parecía una extensión natural de su brazo. Su mirada verde ya no era gélida; era salvaje, primaria, la mirada de un lobo defendiendo su territorio.
—Levántate, Mía. ¡Ahora! —su voz no era una orden, era un rugido bajo.
—¿Qué está pasando? ¿Es él? ¿Es Volkov? —mi voz era un hilo de terror.
Él no respondió con palabras. Caminó hacia la cama, me tomó del brazo con una fuerza que me levantó en vuelo y me arrastró hacia el pasillo. El olor a pólvora y sudor que emanaba de él era embriagador y aterrador a la vez. En el pasillo, vi a uno de mis guardias tendido en el suelo sobre un charco que se extendía rápidamente. Ahogué un grito y cerré los ojos, pero Dante me sacudió.
—¡No mires! ¡Sigue caminando! —me siseó al oído.
Bajamos por una escalera oculta tras un panel de madera en su despacho. Era un descenso vertiginoso hacia las entrañas de la tierra. Al final, llegamos a una puerta de acero reforzado que Dante abrió con un código digital. Entramos y el sonido de los disparos de arriba se convirtió en un zumbido sordo.
Era la habitación del pánico. Un búnker subterráneo revestido de hormigón y acero, equipado con monitores que mostraban las cámaras de seguridad, armas en las paredes y un sofá de cuero desgastado. Dante cerró la puerta y el silencio absoluto volvió a reinar, un silencio que pesaba más que el ruido de la batalla.
Él se dejó caer contra la puerta cerrada, soltando un suspiro ronco. Soltó el arma sobre una mesa metálica y se llevó la mano al costado izquierdo. Solo entonces vi que el rojo de su camisa no era solo sangre ajena.
—Estás herido... —susurré, dando un paso hacia él.
—Es un rasguño, Mía. Aléjate —gruñó, pero su rostro estaba pálido, y una gota de sudor frío recorría su sien.
—No voy a alejarme. Déjame ver —la adrenalina del miedo se estaba convirtiendo en una extraña determinación. Mi instinto de estudiante de literatura, de alguien que siempre buscó la humanidad en las historias, se impuso al terror.
Me acerqué a él. Por primera vez, no retrocedí ante su sombra. Dante me miró con incredulidad mientras mis manos, todavía temblorosas, buscaban los botones de su camisa. Al abrirlos, vi la herida: una línea profunda en su costado donde una bala le había rozado la piel. No era mortal, pero sangraba profusamente.
—Siéntate —le ordené. Me sorprendió la firmeza de mi propia voz.
Él obedeció, dejándose caer en el sofá de cuero. Busqué el botiquín de primeros auxilios en un estante y saqué alcohol, gasas y suturas. Me arrodillé entre sus piernas, el mismo lugar donde una semana antes le había suplicado por un beso, pero esta vez el contexto era de vida o muerte.
Empecé a limpiar la herida. Al contacto del alcohol, el cuerpo de Dante se tensó como una cuerda de piano. Escuché cómo apretaba los dientes, un sonido áspero que me hizo mirarlo a los ojos. Estábamos a centímetros de distancia. Podía ver el reflejo de las pantallas de seguridad en sus pupilas verdes. Arriba, en los monitores, veía sombras correr y ráfagas de luz, pero aquí abajo, el tiempo se había detenido.
—¿Por qué lo haces? —preguntó él, su voz apenas un susurro quebrado.
—Porque no soy como tú, Dante. No dejo que la gente se desangre si puedo evitarlo —respondí, concentrada en vendar su costado. Mis dedos rozaban su piel caliente, firme, marcada por otras cicatrices que hablaban de una vida que yo no podía imaginar—. Además, si mueres, Volkov entrará aquí. Y ambos sabemos que tú eres el único monstruo que me mantiene a salvo de los demás.
Dante soltó una risa seca, que terminó en una mueca de dolor. Su mano, todavía manchada de sangre, subió lentamente y se hundió en mis rizos oscuros. No me apretó, no me lastimó. Fue una caricia casi humana.
—Tienes razón, Mía. Soy un monstruo. He hecho cosas que harían que tu alma se marchitara si las supieras. He matado, he robado, he destruido familias enteras para construir este imperio.
—¿Entonces por qué me elegiste a mí? —le pregunté, alzando la vista. Mis manos se detuvieron sobre su vendaje—. Había mil opciones más fáciles. ¿Por qué montar todo este circo para una estudiante de dieciocho años?
Dante cerró los ojos por un momento. En la penumbra del búnker, sin su máscara de Rey de la Mafia, parecía un hombre roto, un hombre de treinta y dos años que cargaba con el peso de mil cadáveres.
—Porque te vi leer en aquel parque —confesó, y su voz sonó tan lejana que pareció venir de otra vida—. Hace meses. Estabas sentada bajo un roble, leyendo poesía de Neruda con una expresión tan... pura. Tan ajena a la mierda en la que yo vivo. Te miré y, por un segundo, recordé quién era yo antes de que mi padre me pusiera una pistola en la mano a los diez años. Me recordaste que la belleza todavía existe, Mía.
Se inclinó hacia adelante, su frente rozando la mía. Podía oler el hierro de la sangre y el aroma residual de su sándalo.
—Te quería para mí porque eres mi última conexión con la luz. Quería poseer esa pureza, guardarla en una caja de cristal donde nadie pudiera tocarla. Quería que fueras lo único limpio en mi mundo de cenizas. Pero al traerte aquí, al meterte en este abismo, te estoy destruyendo. Y lo peor de todo... es que no puedo dejarte ir. Prefiero verte odiarme en esta celda que verte libre en un mundo donde yo no pueda tenerte.
Mis lágrimas cayeron sobre sus manos. No eran lágrimas de miedo esta vez, sino de una tristeza profunda y devastadora. Estaba descubriendo que Dante no me amaba, me necesitaba como un náufrago necesita una tabla de madera. Y esa necesidad era mucho más peligrosa que cualquier deseo carnal. Me estaba convirtiendo en el ancla de un hombre que se hundía en la oscuridad.
—Me estás matando, Dante —susurré contra sus labios.
—Lo sé —respondió él.
Me rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello. No hubo beso, no hubo caricias sexuales. Fue un abrazo desesperado, un hombre aferrándose a su última esperanza mientras el mundo de arriba estallaba en pedazos. Me quedé allí, acunando la cabeza del Rey de la Mafia en mi regazo, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío en un ritmo salvaje y herido.
Pasaron horas. El silencio en el búnker solo era interrumpido por el zumbido de las computadoras. Finalmente, la pantalla principal parpadeó y apareció el rostro de Enzo. Estaba cubierto de hollín y sangre, pero sonreía con esa arrogancia que lo caracterizaba.
—Todo despejado, jefe. Los lobos de Volkov han vuelto a su cueva. Hemos dejado unos cuantos regalos en el jardín para que el "Carnicero" sepa que aquí no se entra sin invitación.
Dante se tensó al instante. La vulnerabilidad desapareció de su rostro tan rápido como si nunca hubiera existido. Se separó de mí, se abrochó la camisa con dedos firmes y recuperó su arma. En segundos, el hombre roto desapareció y el Rey de la Mafia regresó.
Se puso de pie y me miró desde su altura imponente. Sus ojos volvían a ser de ese verde gélido que me helaba la sangre.
—Vuelve a tu habitación, Mía. Enzo te escoltará.
—Dante... lo que dijiste antes...
—Olvida lo que dije —cortó él, con una frialdad que me dolió más que un golpe—. Estaba perdiendo sangre y delirando. Nada ha cambiado. Sigues siendo mi propiedad, y ahora que Volkov ha atacado, tus reglas van a ser mucho más estrictas. No saldrás de esa suite ni para desayunar.
Caminó hacia la puerta sin mirarme, dejando que el búnker se llenara de nuevo con su aroma a autoridad. Me quedé allí sentada en el suelo, con las manos todavía manchadas de su sangre, comprendiendo la terrible verdad. Había visto la grieta en su armadura, había tocado su debilidad. Y ahora que él lo sabía, iba a castigarme por haberlo visto humano.
Subí las escaleras escoltada por Enzo, quien me miró con una mezcla de respeto y lástima. Al entrar en mi habitación, vi que las ventanas habían sido reforzadas con paneles de acero. Mi jaula de oro ahora era una celda de guerra.
Me acosté en la cama, abrazando el libro que Dante me había devuelto, pero mis ojos no buscaban las letras. Miraba mis manos, sintiendo todavía el calor de su piel bajo mis dedos. El abismo ya no era solo la mansión, ni las deudas de mi madre. El abismo era ese hombre que me odiaba tanto como me necesitaba, y el terror más grande de todos era que, tras esa noche en el búnker, yo ya no estaba segura de querer que me soltara.
