Capítulo 9 . CAPÍTULO 9: Ojos de Obsidiana

(POV Mía)

El amanecer tras el ataque de Volkov no trajo luz, sino una neblina grisácea que se filtraba por las rendijas de los nuevos paneles de acero de mi habitación. El silencio en la mansión era artificial, un vacío cargado de pólvora residual y el eco de los gritos que aún resonaban en mi cabeza.

Me sentía sucia. No era solo el sudor frío de la noche o el polvo del búnker; era la sensación de su sangre, la sangre de Dante, impregnada en mis manos. Aunque me las había lavado frenéticamente al subir, todavía podía sentir el calor de su piel bajo mis yemas. "Olvida lo que dije", me había ordenado. Pero, ¿cómo se olvida que el monstruo que te compró te confesó que eres su única conexión con la luz?

Necesitaba quitarme esa sensación de encima. Necesitaba que el agua borrara el rastro de su debilidad y de mi propia traición emocional.

Caminé hacia el cuarto de baño, una estancia de mármol blanco y grifería de oro que parecía un santuario dedicado a la purificación. Encendí la ducha, dejando que el vapor inundara rápidamente el espacio, creando una cortina de niebla que ocultaba el mundo exterior. Me despojé de la bata de seda y entré bajo el chorro de agua casi hirviendo.

Cerré los ojos, dejando que el calor golpeara mis hombros y resbalara por mi espalda. El dolor en mis músculos empezó a ceder, pero mi mente seguía en el búnker. Recordaba la forma en que Dante me miró cuando estaba herido, esa fracción de segundo en la que sus ojos verdes no fueron los de un Rey de la Mafia, sino los de un hombre desesperado por ser salvado.

Pasé el jabón por mi cuerpo, recorriendo las curvas que él había reclamado como su propiedad. Mi piel estaba sensible, reactiva a cada roce. Recordé la noche en El Elíseo, la primera noche en que me trajo aquí, drogada y vulnerable. El efecto químico se había ido hacía días, pero la memoria sensorial permanecía, una cicatriz psicológica que me hacía estremecer ante mi propio contacto, una traición de mi propio cuerpo que todavía recordaba cómo reaccionar ante su cercanía.

Me quedé allí, bajo el agua, perdiendo la noción del tiempo. El vapor era tan denso que apenas podía ver mis propios pies. Estaba sola. O eso creía.

De repente, un instinto primario, ese que desarrollas cuando vives en una jaula con un depredador, me hizo abrir los ojos. La sensación de ser observada no fue un susurro, fue un grito en mi nuca.

Me giré lentamente, el agua resbalando por mi rostro, cegándome por un segundo. A través de la mampara de cristal empañada y la densa niebla de vapor, divisé una silueta.

A unos tres metros de distancia, apoyado contra el marco de la puerta que yo juraría haber cerrado con llave, estaba Dante.

Se había cambiado de ropa. Llevaba unos pantalones de traje negros y una camisa blanca impecable, pero esta vez no llevaba corbata y los primeros botones estaban desabrochados, revelando el inicio del vendaje que yo misma le había puesto horas antes. Sus manos estaban metidas en los bolsillos, y su postura era de una relajación engaosa, la de un tigre observando a su presa desde la maleza.

Pero lo que me detuvo el corazón no fue su presencia, sino su mirada.

Sus ojos gélidos ya no estaban. En su lugar, había dos pozos de obsidiana encendidos por un deseo tan voraz que sentí que me quemaba más que el agua hirviendo. No me miraba con la frialdad de un dueño examinando una mercancía; me miraba con un hambre que trascendía el dinero y los contratos. Me recorría centímetro a centímetro, desde el agua que goteaba de mis rizos oscuros hasta la línea de mis caderas, deteniéndose en la forma en que el vapor se adhería a mi piel desnuda.

Me quedé paralizada, incapaz de moverme bajo su escrutinio. La vulnerabilidad de mi desnudez frente a su poder absoluto creó una corriente eléctrica que me hizo temblar. No había palabras. El único sonido era el golpeteo del agua contra el mármol.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —mi voz salió como un susurro roto, apenas audible sobre el ruido de la ducha.

Dante no respondió de inmediato. Dio un paso hacia adelante, entrando en el círculo de vapor. Su presencia pareció consumir todo el oxígeno del baño. Sus ojos bajaron a mis pechos, que subían y bajaba con mi respiración agitada, y luego volvieron a mis ojos.

—El tiempo suficiente para recordar por qué incendié la mitad de la ciudad anoche por ti —dijo. Su voz era una vibración profunda, cargada de una ronquera que me hizo estremecer.

El pánico y la vergüenza finalmente me golpearon. Con movimientos torpes y frenéticos, salí de la ducha y agarré la toalla de felpa blanca que colgaba cerca, envolviéndome en ella con manos temblorosas. Me cubrí hasta el pecho, tratando de ocultar la reacción de mi cuerpo a su mirada, pero era inútil. Mis mejillas ardían y mis ojos estaban dilatados por una mezcla tóxica de miedo y algo que me negaba a llamar atracción.

—Vete, Dante. Por favor... esto es demasiado —suplicqué, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la pared de mármol frío.

Él no se detuvo. Siguió avanzando hasta que estuvo a menos de un metro. Podía olerlo: sándalo, tabaco y ese aroma metálico de la autoridad. La diferencia de altura era abrumadora; él me sobrepasaba por mucho, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—¿Demasiado? —repitió, y soltó una risa seca que no llegó a sus ojos—. Demasiado fue verte curarme anoche con esas manos que tiemblan por mí. Demasiado es saber que Volkov cree que puede arrebatarme lo único que me hace sentir vivo.

Extendió una mano. Inconscientemente, cerré los ojos, esperando que me agarrara, que me reclamara allí mismo sobre el mármol húmedo. Pero sus dedos solo rozaron un mechón de mi cabello mojado, apartándolo de mi hombro. El contacto fue ligero como una pluma, pero sentí una descarga que me recorrió hasta la punta de los pies.

—Mírame, Mía —ordenó.

Abrí los ojos. Estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en el verde de sus pupilas. El deseo en él era casi tangible, una fuerza gravitatoria que me empujaba hacia su pecho.

—Anoche te dije que te quería porque eras luz —susurró, su voz bajando a un nivel que solo yo podía oír—. Pero ahora, viéndote aquí, bañada por el vapor y el miedo... me doy cuenta de que mentí. No te quiero para que me ilumines, Mía. Te quiero para arrastrarte conmigo al fondo del abismo. Quiero que tu luz se mezcle con mi sombra hasta que no sepas dónde terminas tú y dónde empiezo yo.

Apreté la toalla contra mi pecho, mis nudillos blancos por el esfuerzo.

—No soy tuya, Dante. Me compraste, sí. Me tienes encerrada, sí. Pero mi alma... mi alma nunca será parte de tus negocios.

Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que me hizo comprender lo ilusa que era.

—Tu alma es lo que más me divierte corromper —pasó el dorso de su mano por mi mejilla, siguiendo la línea de mi mandíbula hasta llegar a mi cuello. Su tacto era fuego—. Porque cada vez que te beso, cada vez que te toco, tu alma lucha, pero tu cuerpo... tu cuerpo me grita que se siente en casa.

Se inclinó, apoyando ambas manos en la pared, a cada lado de mi cabeza, encerrándome en un círculo de su creación. Estaba atrapada entre el mármol frío y el calor abrasador de su cuerpo. Su mirada bajó a mis labios, que estaban entreabiertos, buscando aire.

—¿Sabes qué es lo que más deseo ahora mismo, Mía? —preguntó. Su aliento rozó mi boca—. Deseo quitarte esa toalla y demostrarte que el ataque de Volkov no fue nada comparado con la tormenta que puedo desatar en ti. Deseo que me supliques que te toque como lo hiciste anoche en el búnker, pero esta vez sin el caos de la guerra de por medio. Solo tú y yo. El monstruo y su lirio.

Mi respiración se detuvo. Una parte de mí quería abofetearlo, gritarle que lo odiaba, que prefería morir antes de ser suya. Pero otra parte, esa parte oscura que nació en El Elíseo y creció con cada uno de sus toques, deseaba que acortara esos escasos centímetros y terminara con la agonía de la espera.

Dante se quedó allí, observándome con una intensidad que me hizo sentir que me estaba desvaneciendo. Su deseo era una presión física, una demanda silenciosa que llenaba cada rincón del baño. Estaba admirándome, poseyéndome con la vista, marcando cada poro de mi piel con sus ojos de obsidiana.

—Pero no hoy —dijo de repente, rompiendo el hechizo. Se alejó un paso, recuperando su máscara de control absoluto, aunque sus ojos seguían encendidos—. Hoy tienes que aprender las consecuencias de ser una Moretti en tiempos de guerra.

Se giró hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Vístete. Enzo te espera en diez minutos. Volkov ha hecho su movimiento, ahora me toca a mí hacer el mío. Y tú vas a estar a mi lado para que el mundo sepa que lo que es mío, nadie lo toca y sobrevive.

Salió del baño, cerrando la puerta con ese clic definitivo que siempre me recordaba mi condición de cautiva.

Me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentada en el suelo, todavía envuelta en la toalla. El vapor empezaba a disiparse, pero el calor de su mirada seguía quemándome la piel. Estaba asustada, sí. Estaba humillada por mi propia reacción, también. Pero por primera vez, el miedo no era solo por lo que él pudiera hacerme, sino por lo que yo estaba empezando a desear que me hiciera.

Dante Moretti no solo había comprado mi libertad; estaba empezando a colonizar mis pensamientos, y en la guerra que se avecinaba contra Volkov, me di cuenta de que el enemigo más peligroso no estaba fuera de la mansión, sino en la habitación de al lado, observándome con ojos de deseo desde las sombras del abismo.

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