Capítulo 3 3

POV Massimo:

El pasillo hacia mi habitación estaba en silencio. La mayor parte del personal ya se había retirado y las luces principales estaban apagadas, solo quedaban encendidas las de emergencia porque Patricia, nuestra ama de llaves, insistía en apagar todo lo demás para ahorrar electricidad. Caminé sin hacer ruido, descalzo sobre la alfombra, tratando de no pensar en lo que acababa de decirle a mi primo.

Después de salir del gimnasio me había encerrado en el estudio con una botella de whisky, y me había quedado ahí hasta tomarme más de la mitad. No recordaba bien en qué momento había decidido subir, solo sabía que las piernas me respondían menos y que la cabeza me pesaba de una manera insoportable.

«Voy a romperla de todas las formas posibles», le había dicho a Nico.

¿En qué me había convertido? ¿En qué monstruo me habían transformado estos diez años de odio y de insomnio y de pesadillas que no me dejaban en paz?

Pero ya conocía la respuesta, ¿verdad? Me había convertido exactamente en lo que mi padre quería: en un arma. Fría, precisa, e incapaz de sentir compasión. El heredero perfecto para un imperio de sangre y secretos.

Entré a mi habitación y cerré la puerta. El cuarto estaba tal como lo había dejado esa mañana: la cama sin hacer porque no dejaba que nadie entrara a limpiar sin mi permiso, la ropa del día anterior tirada en el sillón, y el retrato de mi madre mirándome desde la pared con esos ojos azules que yo había heredado.

«Mammina —pensé, y el dolor llegó tan de repente que me dejó sin aire—. ¿Qué pensarías si me vieras ahora?».

Pero ya sabía lo que pensaría. Catalina Valenti había sido la única persona buena en esta familia, la única que creía en cosas como la bondad y el perdón y las segundas oportunidades. Si me viera ahora, planeando destruir a una mujer inocente solo por el apellido que llevaba, probablemente lloraría.

Me dejé caer en la cama sin desvestirme, todavía sudado del entrenamiento, mirando el techo mientras la habitación daba un poco de vueltas a mi alrededor. El alcohol no ayudaba, nunca ayudaba, pero al menos embotaba los bordes de los pensamientos que no quería tener.

Intenté no pensar en nada. Ni en Giulia, ni en la boda, ni en la mujer Montero que iba a llegar en tres días y cuya vida yo estaba decidido a arruinar.

Pero no funcionó, nunca funcionaba.

El sueño llegó en algún momento después de la medianoche, como siempre, arrastrándome hacia abajo sin pedirme permiso. Y, como siempre también, soñé con ella.

Giulia tenía diecisiete años en mi sueño, igual que la última vez que la había visto viva. Llevaba ese vestido azul que tanto le gustaba, el que se había comprado en Italia el verano antes de morir, y corría por el jardín de la mansión, riendo, con el pelo negro volando detrás de ella.

—¡Massimo! —gritó, volteando a verme—. ¡Ven, tienes que ver esto!

Yo corría detrás de ella, pero no importaba cuánto corriera, no lograba alcanzarla. Mis piernas se movían y la distancia entre nosotros seguía creciendo, el jardín se estiraba como si nunca fuera a acabarse, y Giulia se hacía cada vez más pequeña, cada vez más lejana.

—¡Giulia, espera! —le grité.

Se detuvo al borde del jardín, donde los rosales terminaban y empezaba el bosque. Me miró por encima del hombro con una sonrisa que me partió el corazón.

—No pudiste salvarme, Massimo —me dijo con la voz triste—. No llegaste a tiempo.

—Giulia, por favor...

—Nunca llegas a tiempo.

Y entonces el vestido azul se volvió rojo, empapado de sangre, y Giulia cayó en el pasto mientras yo gritaba su nombre y mis piernas no se movían. Estaba clavado en el suelo viendo cómo mi hermana moría otra vez, otra vez... 

Me desperté de un salto, con el pulso golpeándome en el cuello y el nombre de Giulia todavía en los labios.

La habitación estaba a oscuras. El reloj de la mesita marcaba las 3:47 de la madrugada. Tenía la camisa empapada de sudor, las sábanas enredadas alrededor de las piernas y las manos temblando sin control.

Diez años habían pasado... Diez jodidos años y el sueño seguía siendo el mismo: yo corriendo, ella muriendo, yo nunca llegando a tiempo.

Me levanté y fui al baño a echarme agua en la cara. El hombre que me miraba desde el espejo parecía un fantasma: ojeras profundas, los ojos inyectados en sangre, y los dientes apretados hasta que me dolían. Tenía solo treinta y dos años y parecía de cuarenta. La venganza te envejece, eso dicen, y supongo que tienen razón.

«En tres días —pensé, mirando mi reflejo—. En tres días llega ella».

La hija de Alberto Montero. La hermana del idiota que había acumulado una deuda millonaria que ahora se pagaba con carne y sangre. La mujer que pronto llevaría mi apellido aunque yo la odiara.

Ginevra Montero.

Había visto fotos de ella en la carpeta que Roman, la mano derecha de mi padre, me había preparado. Era pelirroja, de ojos verdes y cara de no haber roto un plato en su vida. Bonita, supongo, muchísimo, si te gustan ese tipo de mujeres. Pero a mí no me gustaba nada que viniera de esa familia.

«Voy a destruirte —le dije a la imagen de ella que tenía grabada en la mente—. Voy a quitarte todo lo que amas, exactamente como tu padre me quitó a Giulia. Y cuando termine contigo, cuando no quede más que una cáscara vacía de lo que fuiste, entonces tal vez pueda dormir una noche entera sin soñar con mi hermana muerta».

Volví a la cama, pero no me dormí. Me quedé mirando el techo hasta que amaneció, pensando en todas las formas en las que iba a hacer sufrir a Ginevra Montero.

Y aunque llevaba diez años sin sentir nada que no fuera rabia, esa madrugada algo distinto me apretaba el pecho, una inquietud que no me dejaba en paz. Sí, moría de ganas de conocerla...

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