Capítulo 6 6
POV Massimo:
La cena fue un infierno. Mi padre presidía la mesa como siempre, con Alberto Montero a su derecha y Roman a su izquierda. Yo estaba del lado opuesto, con Ginevra sentada justo frente a mí. Ese hijo de puta de Alberto, el que había matado a mi hermana, estaba bebiendo nuestro vino y comiéndose nuestra comida como si tuviéramos algo que celebrar.
Y su hija me estaba mirando desde el otro lado de la mesa con esos ojos verdes que no bajaban ni cuando yo los atravesaba con los míos.
Se había cambiado de ropa, ahora llevaba un vestido verde oscuro que hacía que sus ojos parecieran más brillantes, y se había soltado el pelo, que le caía sobre los hombros en ondas cobrizas que reflejaban la luz de las lámparas. No llevaba joyas excepto un collar delgado que escondía debajo del vestido, y apenas había tocado su plato.
—El matrimonio se celebrará en menos de dos semanas, hay que prepararlo todo para ese día —estaba diciendo mi padre—. Será una ceremonia privada, solo la familia cercana. No queremos llamar la atención del FBI más de lo necesario.
—Me parece razonable —respondió Alberto, limpiándose la boca con la servilleta—. Ginevra sabe comportarse. No nos dará problemas.
La miré otra vez. Ella estaba mirando su copa de vino con una expresión que no supe descifrar. ¿Resignación? ¿Rabia? ¿Tristeza? Con cualquier otra mujer podría haberlo adivinado, pero con ella no tenía ni idea.
—¿Y tú qué opinas, Ginevra? —le pregunté, interrumpiendo la conversación de nuestros padres.
Ella levantó la vista y me miró. Todos en la mesa se quedaron en silencio.
—¿Sobre qué exactamente? —me preguntó con esa calma exasperante que parecía ser su marca personal.
—Sobre casarte conmigo —respondí—. Sobre venir a vivir a la casa de tu enemigo. Sobre compartir el apellido del hombre que ha jurado destruir a tu familia.
Mi padre me lanzó una mirada de advertencia, pero lo ignoré. Alberto Montero se tensó en su silla, y tampoco me importó. Solo me importaban esos ojos intensos que me miraban sin parpadear desde el otro lado de la mesa.
—Opino —me respondió ella después de un momento— que ninguno de los dos tiene opción. Opino que estamos aquí porque nuestros padres lo decidieron, no porque lo hayamos elegido. Y opino que, si vas a intentar intimidarme con preguntas incómodas durante la cena, vas a necesitar mucho más que eso para asustarme.
Roman soltó una risa ahogada que disimuló con una tos. Mi padre cerró los ojos como si le doliera la cabeza. Alberto Montero, por otro lado, parecía querer desaparecer bajo la mesa.
Y yo sentí algo que no había sentido por nadie en muchísimo tiempo: respeto. Lo cual era inaceptable. ¡Jodidamente inaceptable!
—Interesante —le dije, levantando la copa hacia ella—. Vamos a ver cuánto te dura esa valentía, principessa.
—No me llames así —me respondió, y por primera vez vi fuego en sus ojos, un fuego que iba más allá de la calma que fingía todo el tiempo.
—¿Por qué no? —le pregunté, inclinándome hacia adelante sobre la mesa—. ¿No es lo que eres? ¿La princesita de los Montero? ¿La hija mimada de Alberto?
—Massimo —me advirtió mi padre.
—No. —No aparté la mirada de ella—. Quiero saber. Quiero saber qué se siente que te venda tu propio padre, si te dolió cuando te dijo que valías menos que tu hermano, que tu única utilidad era ser moneda de cambio. Quiero saber si lloraste, Ginevra, o si eres tan fría como aparentas.
El silencio que siguió fue denso, muy pesado. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo los nudillos se le ponían blancos alrededor del tallo de la copa, y cómo algo se le quebraba detrás de la mirada, una grieta pequeña que luchaba por mantener cerrada.
Y entonces, con una calma que me dejó helado, dejó la copa sobre la mesa y se levantó.
—Si me disculpan —les dijo a los demás, sin mirarme siquiera—, ha sido un viaje largo. Voy a retirarme a mi habitación.
—Por supuesto, querida —le dijo mi padre, lanzándome otra mirada asesina.
Ella rodeó la mesa y caminó hacia la puerta. Pero antes de salir se detuvo justo detrás de mi silla y se inclinó hacia mi oído.
—Sí lloré —me susurró, tan bajo que solo yo pude escucharla—. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Pero eso fue antes de venir aquí. Y te juro, Massimo Valenti, que tú no vas a ver ni una sola de esas lágrimas. Nunca. Prefiero morir primero.
Y luego se fue. La vi desaparecer por la puerta, con la espalda recta y la cabeza en alto. ¿De dónde carajos había salido esta mujer?
El resto de la cena pasó en un silencio incómodo. Mi padre firmó los papeles necesarios con Alberto, acordaron fechas y condiciones, hablaron de territorios y treguas y otras mierdas que me importaban un carajo. Yo solo podía pensar en el calor de su aliento contra mi oído, en el olor a jazmín de su piel y en la forma en que había pronunciado mi nombre completo como si fuera una amenaza.
Cuando Alberto finalmente se fue, mi padre se volvió hacia mí con una expresión que conocía bien.
—¿Qué diablos fue eso?
—Nada —le respondí, levantándome de la mesa—. Solo estaba conociendo a mi futura esposa.
—Pues más te vale tratarla con más respeto. Este matrimonio es importante para la paz entre las familias. No lo arruines con tus juegos de venganza.
—No te preocupes, padre —le dije mientras caminaba hacia la puerta—. Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Pero era mentira. No tenía ni idea de qué carajos estaba haciendo.
Esa noche me quedé en mi estudio bebiendo whisky hasta que la botella se vació. Luego abrí otra. Y otra más.
Eran casi las tres de la madrugada cuando finalmente dejé de beber, no porque quisiera sino porque mis manos ya no podían sostener el vaso sin derramar la mitad.
Pero no podía dejar de pensar en ella. En cómo me había mirado, en cómo me había cerrado la puerta en la cara, en cómo me había susurrado al oído con esa voz que era hielo y fuego al mismo tiempo.
«Tú no vas a ver ni una sola de esas lágrimas. Nunca. Prefiero morir primero».
¿Quién diablos era esta mujer?
Había esperado una víctima, alguien a quien pudiera destruir sin esfuerzo, sin remordimiento, sin sentir nada. Había planeado cada detalle de mi venganza durante días enteros, cada humillación, cada crueldad, cada forma de romperla hasta que no quedara nada.
Pero ella no se estaba dejando romper. Y eso me enfurecía de una forma que no podía explicar.
O tal vez sí podía explicarlo. Tal vez lo que me enfurecía no era que ella no se quebrara, sino que algo pequeño y desleal dentro de mí, algo que creía muerto, no quería que lo hiciera.
—Mierda... —murmuré, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sillón.
Cerré los ojos y vi su cara. Esos ojos verdes. Ese pelo rojo. Esa boca que decía cosas que nadie se atrevía a decirme.
«Bonita, supongo, muchísimo», había pensado cuando vi sus fotos. Pero las fotos no le hacían justicia. No capturaban el fuego que tenía dentro, la forma en que cada centímetro de su cuerpo parecía gritar desafío, el calor que me subió por los brazos cuando se inclinó hacia mi oído y su aliento me rozó la piel.
La odiaba. Tenía que odiarla. Era una Montero, la hija del hombre que había matado a mi hermana, el enemigo, el objetivo, el medio para mi venganza.
Pero cuando finalmente me arrastré hasta mi cama y cerré los ojos, no soñé con Giulia. Soñé con unos ojos verdes y un pelo rojo y una voz que me susurraba mi nombre como si fuera una maldición.
Y desperté más furioso de lo que había estado en años.
