Capítulo 1 Siempre tuya

Ese día lo había esperado durante años. Por fin cumplía dieciocho y, con la mayoría de edad, sentía que mi vida me pertenecía un poco más. También significaba cumplir la promesa que me había hecho: entregarme a Julián, mi gran amor. Nos conocíamos desde niños. Fuimos mejores amigos hasta que el cuerpo y la mente cambiaron, y el cariño se transformó en una necesidad distinta, más profunda.

Esperé a que mi padre se fuera trabajar a la finca de don Guillermo Rivas. El alivio llegó cuando mi madre salió hacia el mercado y mis dos hermanos salieron. En cuanto la casa quedó vacía. Me alisté a toda prisa.

Me puse un vestido estampado azul que hacía resaltar mi piel blanca y mis ojos verdes, y me solté el cabello negro. Me miré al espejo sintiendo una mezcla de orgullo y un miedo que me apretaba el estómago. Salí cuidando que ningún vecino me viera y caminé rápido hacia el río, nuestro refugio de siempre.

Era mi primera vez y el peso de esa decisión me hacía temblar las manos. Temía no saber qué hacer, pero el deseo de estar con él era más fuerte que la incertidumbre.

Julián me esperaba sentado en una enorme piedra. Al verme, su rostro se iluminó. Saltó de inmediato y me recibió con un abrazo que me devolvió el aliento, seguido de un beso que calmó mis dudas.

—Por fin estás aquí, Lucía. Te extrañé mucho, mi amor —me dijo, mientras acariciaba mi cabello con una ternura que me conmovió.

—Yo también te extrañé —respondí, aferrándome a su torso.

—¿Cómo hiciste para venir? Pensé que no llegarías.

—Tuve que escaparme. Ya sabes cómo son de celosos mi padre y mis hermanos.

El solo nombrar a mi familia me trajo una pizca de culpa y el miedo constante a ser descubierta, pero ver a Julián ahí, solo para mí, disipó el temor.

—Sí, lo sé. Ven, tengo algo que mostrarte —dijo, rompiendo la tensión mientras me jalaba suavemente del brazo.

Me guio por un sendero oculto junto al río. Caminamos unos metros hasta que el paisaje se abrió en un rincón lleno de flores silvestres.

—Es hermoso —dije, asombrada. Sentí que el lugar reflejaba exactamente lo que estábamos viviendo: algo secreto y limpio—. No sabía que existía esta parte.

—Sí, es muy poco transitado —contestó él, mirándome con complicidad.

Nos sentamos en la hierba. Julián sacó unos chocolates y unas frutas que había recogido de la cosecha de la finca donde trabajaba. El detalle me llenó el pecho; sabía el esfuerzo que implicaba para él guardar eso para mí.

Mientras comía, el jugo de una fresa se me escurrió por la comisura de los labios. Julián dejó de hablar y me miró fijamente.

Su mirada ya no era la del amigo de la infancia, era la de un hombre que me deseaba. Con el dedo pulgar limpió el rastro de la fruta con una lentitud que me erizó la piel. Luego, se inclinó y me besó. En ese instante, el ruido del río desapareció y supe que estaba exactamente donde quería estar.

En ese momento Sus manos recorrieron mi cuerpo con cuidado, desde el cuello hasta los muslos, quitándome el vestido con una lentitud que temblaba entre deseo y respeto. Me tendió sobre la hierba y me besó el pecho, el vientre, cada centímetro de piel como si quisiera memorizarme.

Cuando se unió a mí, lo hizo despacio, mirándome a los ojos, deteniéndose cada vez que yo contenía el aliento. Nos movimos juntos, suaves al principio, después más profundos, sosteniéndonos el uno al otro mientras el calor crecía entre nosotros. Fue tierno y urgente a la vez: el dolor se disolvió en placer, y por un momento el mundo se redujo al ritmo de nuestros cuerpos y al sonido del río.

Cuando terminamos, nos quedamos un rato acostados en la hierba, completamente desnudos. El sol nos daba directo en la piel. Por primera vez en mi vida no sentía el peso de las prohibiciones de mi casa, ni el miedo al qué dirán. Me sentía libre, dueña de mi propio cuerpo. Miré el entorno y pensé en Adán y Eva en el paraíso; todo parecía limpio, ajeno al pecado que mi familia siempre me había infundado. Julián se giró hacia mí y me besó de nuevo, con una calma que me dio paz.

—Es el mejor día de mi vida —dijo, mirándome a los ojos.

Yo asentí, sintiendo felicidad.

—El mío también.

Él se levantó y se metió al río, sin pudor. Desde el agua, me invitó a unirme. Dudé un segundo, pero la sensación de libertad era adictiva, así que fui con él. Jugamos un rato en el agua, salpicándonos y buscándonos para besarnos entre la corriente. Por unos minutos olvidé quién era, de dónde venía y lo que me esperaba al regresar.

El frío del agua empezó a calarme, así que salí primero. Julián se quedó adentro un poco más, nadando de espaldas. Me paré sobre la orilla y empecé a secarme con las manos antes de ponerme la ropa. Justo cuando terminaba de abrocharme uno de los botones del vestido, el crujido de una rama seca rompió el ruido del río. Venía de la maleza, a unos metros detrás de mí.

El cuerpo se me congeló . El pánico me borró la tranquilidad; lo primero que pensé fue en mi padre o mis hermanos. Traté de aguzar la vista entre las ramas espesas, pero la culpa y el miedo me nublaban los ojos. No pude ver nada. Casi de inmediato, Julián notó mi rigidez, salió del agua y empezó a vestirse a toda prisa.

—¿Sucede algo? —preguntó, bajando la voz al notar mi cara.

—Me pareció escuchar algo por allá —susurré, señalando hacia los arbustos con el dedo tembloroso. Mi corazón latía con fuerza .

Julián miró en esa dirección, pero el bosque volvió a quedar en silencio. Terminó de ponerse los pantalones y me puso una mano en el hombro para tranquilizarme.

—No te preocupes, Lucía. Quizás sea un animal. Un conejo, por acá hay muchos. Más en temporada de apareamiento.

Quise creerle para no romper el encanto del día, pero el miedo ya se había instalado debajo de mi piel y no me dejaba respirar tranquila.

Cuando regresé a la casa. Aún Llevaba el cabello húmedo. Mi madre ya había vuelto del mercado; la encontré acomodando los pocos víveres que había podido comprar en la vieja alacena de madera carcomida.

En cuanto puse un pie adentro, se dio la vuelta y me miró con desconfianza.

—¿Dónde estabas, Lucía? —preguntó, sin dejar de escudriñarme.

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