Capítulo 2 El contrato que robó mi libertad
—Salí por ahí, madre. A caminar —respondí, intentando que la voz no me temblara.
—¿Y por qué vienes con el cabello húmedo? —dijo, soltando con brusquedad las últimas frutas sobre la repisa.
El pánico me nubló la mente. Si ella descubría lo del río, se lo diría a mi padre, y la furia de mis hermanos destruiría a Julián. Desesperada, solté lo primero que se me ocurrió.
—Madre, me duché antes de salir. Solo que me recogí el cabello un poco y no se alcanzó a secar por completo.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos. Quería creerme, pero el miedo a la violencia de los hombres de la casa siempre la mantenía alerta.
—Eso espero. Tú sabes cómo son tu padre y tus hermanos —advirtió en voz baja, con resignación—. Espero que no nos des sorpresas, Lucía. Bastantes problemas tenemos ya. Además, ya es tarde. Recuerda que debes llevarle el almuerzo a tu padre a la hacienda.
El estómago se me estrujó. El recuerdo del ruido en la maleza y la fragilidad de mi felicidad con Julián se estrellaron contra la dura realidad de mis obligaciones.
—Madre, sabes que no me gusta ir por allá —supliqué. Detestaba esa hacienda, detestaba las miradas de los peones y el ambiente de ese lugar.
—Anda, niña, tienes que ir. Sin reproches —me cortó ella, dándome la espalda—. Tu padre trabaja bajo el sol todo el día y debe tener hambre. Ve rápido y no te tardes, no te distraigas por el camino. Te quiero de regreso pronto para que me ayudes con la venta de la comida; ya sabes que el dinero no alcanza y la situación en esta casa está cada vez peor.
La vi servir el almuerzo en unas viejas vasijas gastadas. No había abundancia; era la comida justa para sostener el cuerpo de un hombre que se rompía la espalda por centavos. Empacó todo en la mochila de tela y me la entregó.
Caminé varios kilómetros bajo el sol abrasador por el monte y la calle destapada. Llevaba la mochila al hombro, soportando el peso de una rutina que odiaba, pero que era mi única realidad.
Mientras avanzaba, el contraste me lastimaba: hace apenas una hora era una mujer libre en los brazos del hombre que amaba; ahora volvía a ser la hija de un peón miserable, atada a la obediencia.
Al llegar a la entrada de la hacienda, vi a mi padre esperándome. Tenía el rostro sudado, cubierto de tierra y el ceño fruncido. Casi Nunca me dejaba pasar de la entrada principal; el miedo a que los demás trabajadores me pusieran las manos encima lo volvía implacable y territorial. Le entregué la mochila en silencio, esperando el regaño por la tardanza.
En ese mismo instante, el sonido de unos cascos pesados interrumpió el momento. Entrando por el portón principal, montado sobre un caballo fino de paso elegante, apareció don Guillermo, el dueño de la hacienda. Era un hombre mayor, inmensamente rico, viudo y dueño de la vida de todos los que trabajábamos sus tierras.
Mi padre se quitó el sombrero de inmediato en un gesto de sumisión . Don Guillermo detuvo el caballo. Saludó a mi padre con un movimiento de cabeza, pero de inmediato sus ojos se clavaron en mí.
Me observó con detenimiento , recorriendo mi vestido azul y mi cabello aún desordenado. Sostuvo la mirada por unos segundos eternos que me hicieron sentir desnuda otra vez, pero esta vez de una manera sucia. Luego, hizo un gesto frío con el ala de su sombrero y siguió de largo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré a mi padre, pero él solo estaba concentrado en su almuerzo, ajeno a la sombra que ese hombre acababa de proyectar sobre mí.
Regresé a la casa con el tiempo justo. Pasé el resto del día ayudando a mi madre a preparar la comida: pelar verduras, picar tubérculos y espesar los guisos. Luego cargamos todo y nos fuimos a la plaza, donde pasamos horas vendiendo bajo el sol. Mi cuerpo estaba allí, cobrando y sirviendo, pero mi mente seguía en el sendero de flores, repitiendo cada caricia de Julián. El contraste entre la libertad de la mañana y la rutina del mercado me abrumaba.
Casi al anochecer regresamos a la casa, con la espalda molida por el cansancio. No hubo tiempo para descansar; debíamos preparar la cena para los hombres. Mis hermanos ya habían regresado de la finca y nos esperaban en la sala. El ambiente se sentía inusualmente denso, cargado de un silencio que no auguraba nada bueno.
Al entrar a la cocina, vi a mi padre sentado a la mesa del comedor. Mis hermanos permanecían de pie a sus lados, como custodios. Sobre la madera vieja, mi padre apilaba fajos gruesos de billetes. Era una cantidad de dinero exorbitante, algo que jamás habíamos visto en esa casa. Mi madre y yo nos miramos, desconcertadas y con un mal presentimiento.
—Cariño, ¿ya te pagaron la quincena tan pronto? —preguntó mi madre, dejando la canasta del mercado en el suelo.
—No —respondió él, cortante, sin levantar la vista, concentrado en el crujido del papel moneda.
—¿Y entonces todo ese dinero? ¿De dónde salió? ¿Don Guillermo te dio un aumento o un bono extra? —insistió ella, con una intriga que ya rozaba el miedo.
Mi padre no respondió de inmediato. Terminó de alinear el último fajo, golpeándolo suavemente contra la mesa.
—Lucía, Fabiola, siéntense. Necesito hablar con ustedes —dijo finalmente, usando un tono frío
Nos sentamos en las sillas restantes. Mis manos temblaban bajo la mesa. Miré de reojo a mis hermanos, pero ellos evitaron mi mirada, manteniendo los rostros rígidos, duros.
Mi padre deslizó el dinero hacia mi hermano mayor.
—Guarden esto bajo llave. Ahora —ordenó.
Esperamos a que el cerrojo de la habitación del fondo sonara.
—Bien, ahora sí dinos qué pasa, Rodolfo —pidió mi madre, con la voz quebrada por la sospecha.
Mi padre se inclinó hacia adelante, apoyando los puños en la mesa. Me miró fijamente, con una determinación implacable que no dejaba espacio para la réplica.
—Lucía, desde mañana te vas a vivir a la hacienda de don Guillermo Rivas.
El aire se me escapó de los pulmones. El suelo pareció hundirse debajo de mí.
—¿Cómo? ¿Qué dices, padre? —logré articular, sintiendo que la garganta se me cerraba. Pensé en Julián, en la promesa de la mañana, en mi vida entera desmoronándose en un segundo.
—Sí, lo que escuchaste, Lucía. No lo voy a repetir.
—¿Qué significa esto, Rodolfo? —intervino mi madre, levantándose de la silla, con el rostro pálido de indignación y espanto
—Significa que desde mañana Lucía es la prometida de don Guillermo —sentenció mi padre, golpeando la mesa para acallar cualquier protesta—. Y va a ser su esposa. Ese dinero es el pago por su mano. Ya está hecho.
