Capítulo 3 Mi última resistencia
—¿Qué? No. No puedes obligarme, soy mayor de edad. No voy a casarme con ese viejo —le dije, mientras las lágrimas de rabia me corrían por la cara. Sentía una impotencia que me asfixiaba.
—Ya está decidido. Te advierto, Lucía, no me contradigas —sentenció mi padre—. ¿O acaso quieres seguir de novia y acostándote con el arrastrado ese de Julián? El hijo de Magaly, la cocinera. Vaya , ¡Qué orgullo! ¿No sabes que vas a ser el chisme de todo el pueblo?
Me quedé helada. En un segundo me vino a la mente la mañana en el río, cuando Julián y yo estuvimos juntos. El pánico me golpeó el pecho. Alguien nos había visto y había ido con el cuento.
—No voy a aceptar que andes en la boca de todos. Primero muerto —sentenció él.
—Rodolfo, por favor. No le hagas esto a la niña. Ese hombre le dobla la edad —suplicó mi madre.
—¡Cállate, Fabiola! Todo esto es tu culpa por alcahueta. La consientes en todo y mira con las que sale. Pierde su honor con el primero que aparece.
La furia empezó a ganarle al miedo. No podía quedarme callada ante sus insultos.
—Eso no es cierto, padre.
—¿Ah, no? Tu hermano te vio en el río y el no inventaría algo así.
Giré la cabeza hacia Sebastián. Estaba apoyado contra la pared, de brazos cruzados, mirándome con una maldita media sonrisa. Sentí una punzada de traición en el pecho. Había sido él. Mi propio hermano me había vendido.
—¡Eres un maldito, Sebastián! —le grité.
El dolor se convirtió en odio puro. Corrí hacia él descontrolada, con los puños en alto, dispuesta a romperle la cara.
Sebastián no se movió para esquivar el golpe. Me atrapó las muñecas en el aire con un agarre seco y apretó con fuerza, anulándome por completo.
—Suéltame. ¡Suéltame! —le grité, forcejeando.
No me soltó. Me arrastró dos pasos y me empujó con brusquedad sobre la silla. Caí de golpe. Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó sobre mí, clavándome las manos en los hombros para mantenerme clavada al asiento.
—Ya cállate, Lucía. Das lástima —me siseó en la cara—. Agradece que ese hombre todavía no sabe que estas así, usada. Si fuera por mi padre,te echaba a la calle hoy mismo. Así que no tienes nada que reclamar.
—¡Ya basta! —gritó mi madre—. No te permito que le hables así a tu hermana.
—Fabiola. Sebastián no ha dicho nada que no sea cierto —dijo mi padre con indiferencia—. Sabes muy bien que Lucía es hermosa, la más hermosa del pueblo. Tiene muchos pretendientes y no voy a permitir que se vaya con cualquiera.
—Rodolfo, los tiempos han cambiado. No es justo lo que haces con nuestra hija, es tu única hija. Ahora , ¿La vendiste al mejor postor?.
—Por favor, Fabiola. No es una venta, es un acuerdo. Además, míralo por el lado bueno. Ese hombre tiene mucho dinero, puede ofrecerle prestigio,educación y todo lo que ella se merece. Y nosotros lo necesitamos. ¿Acaso no ves nuestra situación económica? Con ese dinero compraremos nuestra casa, tendremos negocios y les daremos educación a los muchachos. Es un pequeño sacrificio.
—Es increíble tu ambición —mi madre se levantó indignada, con los ojos llenos de lágrimas.
Pero era inútil. Ella siempre fue una mujer sumisa y terminaba aceptando todo lo que mi padre decía, aunque no estuviera de acuerdo. No iba a defenderme más allá de sus palabras.
Me levanté de la silla. No dije nada. Caminé hacia mi habitación y tiré la puerta de golpe, sorda por la rabia. No iba a permitir que mi padre me vendiera como mercancía. Esa misma noche iba a huir. No sabía a dónde, pero no me quedaría a esperar mi ejecución.
A la una de la mañana, guardé lo necesario en una mochila pequeña. Incluí algo de dinero que mi madre me había dado de las ventas de la semana.
Caminé en puntillas por el pasillo, midiendo cada paso para que el suelo de madera no crujiera. La casa estaba en silencio absoluto. Llegué a la puerta principal y, justo cuando puse la mano en la cerradura, la luz de la sala se encendió de golpe.
Sebastián estaba sentado en el sofá. No se había dormido en su habitación. Seguramente intuyó mis intenciones
—¿Qué haces? ¿A dónde crees que vas? —preguntó, levantándose.
—Eso no te importa —le dije. Los nervios me entumecieron las manos, pero intenté girar la llave rápido.
Él dio un brinco, me alcanzó en dos zancadas y me agarró del brazo con fuerza, jalándome hacia atrás.
—No vas a ninguna parte, Lucía.
—¡Suéltame! —le grité, forcejeando y tratando de zafarme de su agarre, pero me arrastró por la fuerza y me sentó en una silla de la mesa de comer.
El ruido despertó a mi padre, que salió de su habitación amarrándose los pantalones.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó, mirando la mochila en el suelo.
—Intentaba huir, pero la detuve —dijo Sebastián, sin soltarme el hombro.
—Bien hecho, hijo —le dijo mi padre, dándole una palmada de aprobación.
Mi padre arrastró una silla y se sentó con calma justo frente a mí. Me miró fijamente, sin rastro de sueño en los ojos. La frialdad de su expresión me heló la sangre. Entendí que estaba completamente atrapada, vigilada por los hombres de mi propia familia.
—Quiero que seas consciente de lo que está pasando —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Don Guillermo ya nos dio ese dinero. El acuerdo está firmado y sellado. No puedo retractarme, ya le di mi palabra de hombre. Él es un tipo serio; te quiere como esposa, no como un juguete. Así que, ¿sabes qué pasaría si le incumplo? ¿Tienes una idea de lo que nos haría?
El miedo me apretó la garganta. Negué con la cabeza de forma automática, sin poder apartar los ojos de los suyos.
—Nos va a destruir, Lucía —sentenció, acercándose más—. Quedaré sin empleo, arruinará nuestra reputación, nos meterá a la cárcel por estafa y nos dejará en la calle. No vas a arruinar a esta familia por un capricho tuyo. Te casas porque te casas. Sebastián, llévala a la habitación y encárgate de que no se mueva de ahí.
Lo miré fijamente antes de levantarme. El miedo me paralizó por completo. No sabía qué tan ciertas eran las amenazas de mi padre sobre don Guillermo, pero la sola posibilidad de que tuviera razón y de que estuviéramos en peligro real me heló la sangre.
No me resistí. Caminé hacia mi habitación sin oponer fuerza. Sebastián me siguió y cerró la puerta por fuera. Pasé el resto de la madrugada despierta, sentada en la cama. Lloré en silencio hasta quedar exhausta, atrapada por el miedo a don Guillermo y el odio hacia mi propia familia.
