Capítulo 4 La jaula de oro
El motor del jeep de don Guillermo Rivas interrumpió el silencio de la mañana, estacionándose justo frente a nuestra puerta. Por la ventana vi bajar a su chofer y a su mayordomo. Venían a recoger el pago de una deuda.
Pegué la oreja a la madera de mi puerta, escuchando la negociación en la sala. Mi padre hablaba con los hombres de Rivas con una firmeza que me revolvió el estómago. Entonces escuché su exigencia, dictada con voz severa y tajante: «Deben respetar el acuerdo. Ella tendrá su habitación aparte y don Guillermo no la va a tocar mientras no esté casada con él». El empleado de Rivas dio su palabra sin inmutarse.
Tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada llena de asco y furia. Qué maldito farsante. Mi padre exigía un muro de respeto antes de la boda no por proteger mi dignidad, sino para proteger su propio pellejo y el negocio que había armado. Él sabía perfectamente que yo no era virgen. Había sido el peor escándalo de la casa, una vergüenza que me había costado insultos.
Al exigir que no me tocara hasta el matrimonio, mi padre solo intentaba ganar tiempo, asegurando el dinero y el beneficio del acuerdo antes de que el viejo Rivas descubriera en la cama que le habían entregado una mujer que, según sus mentes enfermas, ya estaba "usada" y "dañada".
Mi padre me estaba vendiendo como mercancía fina sabiendo que tenía un defecto, y rogaba porque el comprador no se diera cuenta hasta que el contrato fuera irrevocable.
La puerta se abrió. Mi madre entró con los ojos hinchados y llorosos. Me abrazó con fuerza y me besó la frente, un gesto cargado de una culpa que apenas podía sostener.
—Mi niña —dijo, con una voz cargada de una resignación que me heló la sangre—. No te preocupes, todo va a salir bien. Sé que esto no es correcto, pero te va a ir bien, estoy segura. A veces en los matrimonios no hay amor, pero con el tiempo seguramente aprenderás a quererlo.
La aparté de un tirón, indignada por su complicidad disfrazada de consejo materno.
—No, mamá, ¿cómo dices eso? No lo entiendes. Jamás voy a amar a ese hombre. ¿Acaso ya te resignaste? ¿Qué te dijo mi padre? ¿Te lavó la cabeza?
Mi madre enderezó la espalda y tragó saliva. El llanto dio paso a esa máscara fría con la que justificaba todas las bajezas de mi padre.
—No, cariño. Ahora vas a ser la señora Rivas. Muchas envidiarían estar en tu lugar ahora. Vas a tener una vida que aquí nunca podrías soñar.
La miré con puro desprecio. Ella también lo sabía. Sabía lo que mi padre me había hecho cuando se enteró de mi pasado, y ahora pretendía que vistiera mi venta de buena fortuna. Me mandaban al matadero, a enfrentar la furia de un hombre rico y poderoso cuando descubriera el engaño en la noche de bodas, solo para que ellos pudieran lavarse las manos y cobrar el precio.
—¡Por Dios, madre! —le grité, sintiendo el peso de su traición en el pecho—. Me aterra lo que dices. ¿Acaso no tienes un poco de dignidad? ¿Sabes qué hará ese hombre apenas se entere de que no soy pura?
Mi madre se asustó. Miró hacia la puerta, temiendo que nos escucharan afuera, y me agarró de los brazos con fuerza.
—Shhh. Habla más bajo. Tranquila, cariño, él no se va a enterar —susurró con prisa—. Solo encuentra la forma de que no se entere. Además, con una sola vez que lo hayas hecho... no se notará mucho la diferencia.
Me quedé fría. Su respuesta me dio asco. Vi en sus ojos que no le importaba mi seguridad, sino mantener la farsa y asegurar el dinero. Estaba reduciendo mi cuerpo a una cuenta matemática, una mentira que yo tendría que sostener con actuación ante un hombre viejo, soberbio y peligroso que creía estar comprando una mujer virgen.
Me di cuenta de que estaba completamente sola. Mi padre me vendía y mi madre me pedía que arriesgara la vida fingiendo en la cama para que ellos pudieran dormir tranquilos.
La puerta se abrió de golpe. Mi padre entró a la habitación, con el ceño fruncido y la mirada fija en mí.
—Muévete ya —dijo, cortando el aire—. Los hombres de don Guillermo tienen prisa. No los hagas esperar más.
No le respondí. Me solté del agarre de mi madre, caminé hacia el armario y saqué una pequeña maleta vieja. Empecé a meter mis pocas pertenencias en silencio: un par de vestidos gastados, mis zapatos de diario y un cuaderno. Necesitaba aferrarme a algo mío en medio de esa pesadilla.
Mi padre se cruzó de brazos, soltó un bufido de impaciencia y me quitó la maleta de las manos, arrojándola sobre la cama.
—No es necesario que lleves nada. Déjalo todo. Don Guillermo se va a encargar de darte ropa nueva y todo lo que te haga falta. No vas a llegar a esa hacienda vestida como una limosnera. Ahora eres la señora Rivas
Mientras mi padre tiraba la maleta sobre la colchón, aproveché su distracción para meter la mano en el fondo del armario. Toqué un libro que me gustaba leer dentro había una fotografía de Julián, lo deslicé rápidamente bajo mi blusa y lo ajusté contra mi cintura. Era lo único que me quedaba.
Caminé hacia la salida con las manos vacías. Cruzar el umbral de la casa se sintió como perder mi propia identidad; ya no era una persona, era un objeto transportable.
Al llegar al porche, mi madre rompió a llorar. Se arrojó sobre mí, me abrazó con desesperación y me ahogó el cuello con sus manos temblorosas.
—Te iré a visitar, mi niña —me prometió entre sollozos, con la voz rota—. Te lo juro, iré a la hacienda en cuanto pueda. No te voy a dejar sola.
No le creí. El jeep lujoso esperaba con el motor en marcha y la puerta abierta, listo para borrar mi pasado.
—Ya basta, mujer. No es para tanto —dijo mi padre.
La agarró del brazo con fuerza, separándola de mí, y la metió a la casa.
Caminé hacia el vehículo. El chofer me abrió la puerta trasera del jeep y subí. Me senté en el asiento de cuero.
El chofer arrancó y el jeep avanzó. No miré atrás. No me despedí de mi padre ni de mis hermanos, que miraban por la ventana. Lucía se quedaba en esa casa; la que iba en el auto ya era otra persona.
El jeep cruzó las enormes rejas de hierro de la hacienda y avanzó por un camino flanqueado por palmeras perfectas. Yo había visto la propiedad muchas veces desde los matorrales del camino exterior, pero cruzar el límite reveló una realidad distinta.
El vehículo se detuvo frente a una mansión de paredes blancas impecables y tejas de barro relucientes.
Al bajar, dos empleadas con uniformes limpios ya me esperaban al pie de la escalinata de piedra. Se inclinaron levemente con una sonrisa amable.
—Bienvenida, señora Lucía. Déjenos guiarla a su habitación —dijo una de ellas con extrema cortesía.
