Capítulo 5 Cruzando límites
Escuchar ese título me provocó un escalofrío, pero la sorpresa fue mayor al cruzar el umbral. El interior de la casa era abrumador
El suelo de mármol pulido brillaba tanto que reflejaba mi silueta humilde. Del techo alto colgaba una enorme lámpara de cristal que multiplicaba la luz de la tarde, y los muebles de madera pesada tenían acabados en pan de oro.
Había alfombras gruesas que amortiguaban mis pasos y pinturas enormes con marcos ostentosos en cada pared. Todo ese espacio era un lujo y esa amabilidad forzada no eran un honor; eran las comodidades de la jaula de oro donde me encerraban.
La habitación era enorme y lujosa. Me senté en el borde de la cama, rígida, esperando alguna indicación. No sabía qué iba a pasar ahora. Después de varios minutos, la puerta se abrió y entró la ama de llaves cargando varias cajas elegantes y bolsas de compras.
—Buenos días, señora —dijo con tono servicial—. Don Guillermo le envía estos presentes.
Dejó todo sobre una mesa de madera y se giró hacia mí.
—Esta tarde el señor va a ofrecer un almuerzo en su honor —añadió—. Y desea que esté presentable delante de todos los invitados.
Cuando la ama de llaves salió, me quedé sola frente a las cajas. Las abrí una a una. Dentro había vestidos de telas finas y suaves, de colores llamativos y cortes elegantes. También encontré frascos de perfume, joyas brillantes y zapatos de tacón alto.
Toda esa ropa costosa era el precio que don Guillermo había comprado para exhibirme ante sus amigos como un trofeo.
El ama de llaves regresó poco después. Llevaba estuches de maquillaje en las manos. Al verme inmóvil, me miró con atención.
—¿Desea que la ayude a arreglarse, señora? —preguntó.
Nunca en mi vida había usado tacones ni pizca de maquillaje. Sentí miedo de quedar en ridículo, pero la presencia de esa mujer me incomodaba.
—No, gracias. Puedo sola.
Me vestí y me pinté la cara como pude, imitando lo que recordaba haber visto en otras mujeres. Al ponerme los zapatos de tacón, casi pierdo el equilibrio; caminar con ellos era una tortura, cada paso se sentía falso e inestable.
Salí de la habitación y bajé las escaleras. En el gran salón, el ruido de las conversaciones y las risas se detuvo en seco cuando me vieron aparecer. Don Guillermo estaba en el centro, rodeado de hombres bien vestidos y mujeres enjoyadas. Al verme llegar así, arreglada con su dinero, sonrió con suficiencia y avanzó hacia mí para presentarme ante sus invitados.
Don Guillermo tomó mi mano y besó el dorso. Su tacto frío me dio escalofríos.
—Querida, estás muy hermosa —dijo mirándome de arriba abajo—. Para mí es un orgullo tenerte acá.
Avanzó conmigo, agarrándome fuerte de la mano para que no me soltara. Los tacones me hacían tambalear, pero él me sostuvo con firmeza, obligándome a caminar a su ritmo hacia el centro del salón. Se paró frente al grupo de personas y alzó la voz para llamar la atención de todos.
—Para mí es un gusto presentarles a mi prometida y futura esposa, Lucía García. Mírenla bien. Es una joya. En estos tiempos ya no se consiguen mujeres así, criadas a la antigua y con verdaderos valores. Me costó convencer a su padre, pero lo bueno se paga caro y vale cada centavo.
Los invitados se sentaron a nuestro alrededor y empezaron a hablar, reír y brindar por nuestro compromiso. Yo me obligué a sonreír y a asentir cada vez que alguien me miraba, fingiendo que todo estaba bien. El estómago se me revolvía del miedo.
—Dígame doña Lucía —intervino un hombre robusto que estaba frente a nosotros, cortando un pedazo de carne—, ¿cómo te sientes al pasar de tu pueblo a ser la señora Rivas y manejar una hacienda tan grande como esta? Debe ser un cambio muy fuerte para una niña.
Sentí la presión de las miradas sobre mí. Don Guillermo me apretó el muslo por debajo de la mesa, exigiéndome una buena respuesta.
—Estoy muy agradecida con don Guillermo —respondí con la voz tensa, tragando saliva—. Él ha sido muy generoso con mi familia.
—Por supuesto que sí —interrumpió Guillermo, riendo con arrogancia y alzando su copa—. Me encargo de lo mío. A esta mujer no le va a faltar nada, siempre y cuando cumpla con sus deberes en esta casa.
—Eso es lo importante, Guillermo —añadió una mujer mayor—. Que sea obediente y sepa complacerte. Las jóvenes de ahora son difíciles, pero se ve que ella sabe cuál es su lugar.
Cada palabra me hacía sentir más pequeña, como un animal acorralado. Pero por dentro, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Miraba de reojo a don Guillermo, a su rostro envejecido y lleno de suficiencia. Pensaba en el secreto de mi pureza. Mi madre me había dicho que no se notaría la diferencia, pero don Guillermo no era un tonto. Era un hombre con experiencia.
Era un hombre poderoso y, por lo que sabía de él, acostumbrado a reclamar lo que pagaba. Si descubría la verdad en la noche de bodas, la farsa caería y la amabilidad de esa casa se transformaría en furia. El tiempo corría en mi contra, pero debía sostener la mentira durante el almuerzo. Los nervios me dominaban; ni siquiera sabía cómo tomar los cubiertos y mis intentos por disimular eran inútiles.
—Bien, ¿y cuándo es la boda? —preguntó una de las invitadas con curiosidad, rompiendo el silencio.
—Dentro de quince días —respondió Guillermo.
—Vaya, demasiado pronto. Felicidades, tiene una prometida muy hermosa y joven.
—Sí, no puedo esperar para casarme con Lucía —dijo él, mientras besaba mi mano y me miraba fijamente.
Después del almuerzo, Guillermo se unió a otros hacendados. Bebían whisky y reían efusivamente. Yo me quedé sentada cerca. En medio de la música, alcanzaba a escuchar los murmullos de los invitados.
Algunos decían que era demasiado joven para él; otros elogiaban mi belleza, y no faltaba quien me tachaba de interesada, asegurando que alguien de mi edad no se casaría con un viejo. Aprovechaban la distracción de Guillermo para murmurar, pero yo podía escucharlo todo.
El almuerzo terminó tarde. Los invitados se despidieron agradecidos. Guillermo me acompañó a la habitación, visiblemente tomado por el alcohol. Me sostenía con una delicadeza que me ponía alerta.
Se sentó junto a mí en la cama. Empezó a acariciarme los hombros y a mover el escote de mi vestido. Aparté la cara. Su olor a cigarrillo, a viejo y a alcohol me revolvía el estómago; me daba asco. Me besó el cuello mientras deslizaba su mano por mi cintura y mis caderas. Sentí que me congelaba. Me invadió el miedo de que tomara por la fuerza lo que consideraba suyo.
—Eres tan hermosa —dijo con la respiración agitada, mientras me tocaba las piernas—. Desde que te vi supe que tenías que ser mía. Solo mía.
El pánico me hizo reaccionar. Busqué desesperadamente un freno en mi memoria.
—Usted le prometió a mi padre que no me tocaría hasta después de la noche de bodas —le dije, ocultando el temblor de mi voz.
Guillermo se detuvo. Se quedó estático, pensando, procesando mis palabras en medio de su borrachera. Pasé unos segundos de terror absoluto esperando su reacción.
—Sí... tienes razón. Lo siento —dijo al fin.
Se apartó. El aire volvió a mis pulmones, pero el alivio fue amargo. Solo había comprado quince días más de tiempo.
