Capítulo 6 Exhibida Como un trofeo.

Se levantó de la cama, se ajustó el saco y caminó tambaleándose hacia la entrada. Solo en ese momento pude respirar con calma.

Esa noche no dormí. Pensaba en mis padres y en mis hermanos. Sentía mucha rabia por la forma tan ruin en la que mi padre me había vendido a ese hombre, como si fuera una mercancía, sin importarle en lo más mínimo lo que yo sentía. Mis hermanos hicieron lo mismo, no les importó nada. Aunque de ellos ya podía esperar cualquier cosa. Lo que más me dolía era aceptar que mi propia familia me había dejado completamente sola.

A la mañana siguiente me desperté y me quedé tumbada en la cama. A los pocos minutos, un golpeteo suave en la puerta me puso en alerta.

—Adelante —dije con voz temblorosa. Tenía mucho miedo de que fuera don Guillermo.

La ama de llaves apareció.

—Buenos días, señora. No me he presentado, mi nombre es Rosa y soy la ama de llaves encargada de esta casa. Vine a avisarle que el desayuno está listo. Por favor, arréglese y la esperamos en el comedor.

—Sí. Gracias, Rosa.

Me levanté y me puse una bata sobre la pijama ligera para no ir descubierta, y bajé.

Al llegar, Guillermo ya me esperaba en el comedor con una taza de café. Me miró de arriba abajo.

—Buenos días —dije por cortesía.

—Buenos días, Lucía —respondió en un tono serio. Dejó su taza en la mesa y continuó sin siquiera dejarme probar bocado—: Quiero dejarte claro que en esta casa no se debe andar en paños menores. Menos la señora de la casa. No quiero que ningún trabajador te falte al respeto. Así que, por favor, te exijo que te cambies.

Me miré la bata. No era insinuante, no tenía escote ni mostraba nada. Sentí una profunda humillación; me di cuenta de que este hombre iba a controlar cada cosa que hiciera y que me trataría como a una de sus propiedades.

—Sí, señor —alcancé a decir mientras me paraba de la mesa para regresar arriba.

Subí las escaleras corriendo y me cambié de ropa rápido, como si fuera una niña regañada. Cuando bajé a desayunar, Guillermo ya se había ido. Respiré aliviada.

La mesa estaba llena de comida: había frutas, cereales, huevos, leche y jugos. Parecía más un almuerzo que un desayuno. El contraste entre la abundancia de ese lugar y el rancho humilde del que yo venía, donde siempre faltaba todo, era enorme. Sin embargo, no tenía apetito ni ánimos de nada, así que solo tomé un café y una tostada.

Pasé toda la tarde encerrada en la habitación para evitar salir y encontrarme con Guillermo. Después del almuerzo, Rosa subió a dejarme varios vestidos, perfumes, joyas y zapatos. También me trajo ropa cómoda de campo: jeans, camisas holgadas, botas de cuero y sombreros vaqueros.

—Buenas tardes, señora. Don Guillermo le envía estos presentes —me dijo Rosa—. Quiere que se ponga ropa cómoda porque le tiene una sorpresa. La espera en veinte minutos.

Agradecí. Cuando Rosa se marchó, examiné la ropa. Era cómoda, pero el corte y la calidad de la tela delataban de inmediato que era de una marca exclusiva y costosa.

Me vestí a prisa y bajé las escaleras. Justo al final me esperaba Guillermo. Vestía un traje de vaquero elegante, de cortes impecables, que combinaba con el brillo de su reloj de oro. Al notar mi presencia, extendió la mano con delicadeza para ayudarme a bajar los últimos escalones. Luego, tomó mi mano, la besó y, con un movimiento suave, acomodó un mechón de cabello detrás de mi oreja. Ese roce me tensó por completo.

—Ven, te tengo una sorpresa —me dijo mientras me guiaba hacia la entrada de la hacienda.

Cerca del jardín, estaba estacionado un automóvil elegante, de diseño exclusivo para el campo.

—Este automóvil es mi regalo de bodas para ti.

Me quedé helada. Era un vehículo hermoso, de un lujo que resultaba casi insultante en medio de la nada.

—¿Para mí? —pregunté con incredulidad, extendiendo los dedos para tocar la carrocería fría y perfecta.

—Sí, querida. Lo mejor para mi futura esposa. Si deseas puedes aprender a manejarlo o puedo asignarte un chofer exclusivo para ti, para que viajes a donde quieras.

El regalo era espectacular, no podía negarlo. Sin embargo, por dentro solo sentí un peso horrible en el estómago. Guillermo pensaba que podía moldear mi vida a base de billetes y atenciones.

Ese auto no era un obsequio desinteresado; era un intento de comprar mi docilidad y hacerme olvidar el compromiso forzado. Me di cuenta que, ni con todo el lujo, la riqueza y el poder que ese hombre poseía, jamás podría comprar mi dignidad ni obligarme a amarlo. Para él yo era un trofeo más, pero mi mente y mi corazón seguían fuera de su alcance. Ya pertenecían a otro hombre.

—Es hermoso, Guillermo. Muchas gracias —dije, forzando una sonrisa y tragándome el orgullo. Tenía que ser inteligente.

—Pruébalo de una vez —dijo él, abriendo la puerta del copiloto y tomándome del brazo con firmeza—. Súbete. Quiero que veas cómo se siente.

El tono no dejaba espacio a una negativa. Su mano en mi brazo presionó lo suficiente para obligarme a entrar. Me senté en el asiento de piel y él cerró la puerta con un golpe seco. Rodeó el auto, se subió al asiento del conductor y encendió el motor.

—Vamos a recorrer la hacienda —anunció mientras avanzábamos—. Tienes que conocer lo que pronto será tuyo.

Durante las siguientes horas, me llevó por cada rincón de la propiedad. Me mostró los jardines, las caballerizas, los establos, lagos , criaderos y las hectáreas de cultivos. En cada parada, reunía a los trabajadores que estaban cerca.

—Atención todos —decía Guillermo con voz fuerte y autoritaria—. Ella es mi prometida. La futura dueña y señora de esta hacienda. Le deben el mismo respeto que a mí.

Cada vez que pasábamos cerca de los empleados varones, su actitud cambiaba. Sentí cómo su mano bajaba directo a mi cintura, apretándome contra su cuerpo con fuerza, en un gesto de clara posesión. Me mantenía pegada a él mientras sostenía la mirada de los peones, marcando territorio. Yo solo respiraba hondo, intentando actuar como la novia sumisa que él quería ver.

Mientras caminábamos por el área de los establos, un joven peón levantó la vista de las herramientas y me miró directamente a los ojos. Fue solo un segundo, una mirada de simple curiosidad hacia la nueva prometida del patrón.

Guillermo lo notó de inmediato. Se detuvo en seco, soltó mi cintura y dio un paso hacia el frente, interponiéndose entre el trabajador y yo. Su rostro se transformó.

—¿Qué estás mirando tú? —le espetó Guillermo con voz áspera.

El joven bajó la cabeza de golpe, intimidado.

—Nada, patrón. Solo saludaba a la señorita.

—A ella no tienes que mirarla ni que saludarla —dijo Guillermo, dándole un empujón leve en el hombro para obligarlo a retroceder—. Escuchen todos los que están aquí.

Los demás empleados dejaron de trabajar y guardaron silencio. Guillermo se dio la vuelta para mirarlos a todos, con una expresión rígida y peligrosa.

—Les advierto una sola vez: nadie tiene permitido mirar a Lucía ni acercarse a ella. Nadie le habla, nadie la busca. A partir de hoy, ella solo se moverá por la hacienda si yo estoy presente, o si está acompañada por alguien de mi absoluta confianza que yo mismo haya designado para cuidarla. Si vuelvo a ver a alguien levantándole los ojos, se larga de mi propiedad ese mismo día. ¿Quedó claro?

El silencio en el establo fue absoluto. Los hombres asintieron sin decir palabra. Guillermo regresó a mi lado, me tomó del brazo con brusquedad y me llevó casi obligada fuera del lugar.

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