Capítulo setenta y cinco

—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! Gracias a Dios que estás bien. Ya estaba pensando en qué decirle a Amelia. Casi me das un infarto— Zia seguía hablando sin parar por teléfono. —Acabo de ver lo que pasó en las noticias. ¿Estás bien, verdad?— Zia preguntó por enésima vez.

Eliana luchaba contra el impulso...

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