Capítulo 2 Sombras en la tela

Sombras en la Tela

El atelier se sentía como un santuario y una prisión al mismo tiempo. Valeria Montenegro se quitó la chaqueta del traje rojo vino con movimientos precisos, casi rituales. La tela cayó sobre una silla cercana, revelando una blusa de seda blanca que se adhería suavemente a su figura tras las horas de viaje. Se arremangó hasta los codos, se recogió el cabello negro azabache en un moño improvisado con un lápiz que encontró sobre la mesa y respiró el aroma del lugar: tela nueva, café italiano lejano y ese toque indefinible de ambición que flotaba en el aire de Rossi Luxe.

Sus dedos rozaron las telas expuestas como si fueran viejos amigos. Cachemir italiano tan suave que parecía susurrar promesas, organza ligera que bailaría con el viento de la pasarela, un cuero ecológico que ella misma había desarrollado en sus talleres de Miami: resistente, lujoso y con una historia de sostenibilidad que gritaba al mundo que la moda podía ser bella sin destruir el planeta. Tomó varias piezas y las extendió sobre la mesa de trabajo iluminada por luces LED cálidas.

—Vamos a mostrarles de qué estoy hecha —murmuró para sí misma.

Los bocetos comenzaron a nacer bajo su lápiz con una velocidad febril. Primero, un abrigo largo hasta los tobillos: líneas estructurales que recordaban armaduras modernas, pero con detalles femeninos en las mangas acampanadas y un forro interno de seda reciclada. Luego, un vestido de cóctel en rojo profundo —el color de la venganza y la pasión— con un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto, perfecto para una mujer que no pedía permiso para brillar. Finalmente, una chaqueta sastre oversize pero ajustada en la cintura, combinada con pantalones palazzo que hablaban de poder y libertad al mismo tiempo.

Cada trazo llevaba un pedazo de su alma. Recordaba las noches en su pequeño apartamento de Miami, cosiendo hasta el amanecer después de que Rafael Torres la destruyera públicamente. Recordaba las lágrimas que cayeron sobre telas baratas mientras reconstruía su nombre desde cero con Vespera. Y ahora, en el corazón del imperio que podía cambiarlo todo, canalizaba esa rabia en belleza.

Las horas volaron. El sol de Milán se hundió detrás de los edificios antiguos, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados que se reflejaban en los ventanales del atelier. Val apenas había probado el café que Sofia le había dejado en una bandeja de plata. Sus manos estaban manchadas de carboncillo, tenía un pequeño corte en el dedo índice de tanto manipular alfileres, pero se sentía viva. Más viva que en los últimos tres años.

Un golpe firme en la puerta la sacó de su trance.

—Adelante —dijo sin levantar la vista inmediatamente.

La puerta se abrió y el aire cambió. Damian Rossi entró con esa presencia que parecía ocupar todo el espacio. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba solo la camisa blanca, con los primeros botones desabrochados. La tela se ajustaba a su pecho amplio y a los músculos definidos de sus brazos, revelando que bajo el CEO intocable había un hombre que no solo mandaba, sino que podía dominar. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado las manos por él varias veces, y esos ojos verdes esmeralda la escanearon de arriba abajo con una intensidad que hizo que Val sintiera calor subir por su cuello.

—Veo que ha convertido mi atelier en su campo de batalla —comentó él con voz grave, acercándose a la mesa con pasos lentos y calculados.

Val se enderezó, consciente de su apariencia desaliñada: mechones sueltos cayendo sobre su rostro, blusa ligeramente arrugada y los labios aún pintados de rojo intenso.

—No vine hasta aquí para hacer trabajos mediocres, señor Rossi.

Damian se detuvo a su lado. Demasiado cerca. Su colonia —una mezcla embriagadora de madera de sándalo, cuero y un toque cítrico fresco— invadió sus sentidos. Tomó el boceto del vestido rojo y lo estudió en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sus dedos largos rozaron el papel con delicadeza inesperada.

—Audaz —murmuró—. El corte en el hombro... la forma en que la tela caería sobre la piel. Es provocativo sin ser vulgar. Pero Rossi Luxe tiene una reputación de elegancia clásica. ¿Cree que nuestras clientas de París y Dubái aceptarán este... fuego?

Val giró hacia él, enfrentándolo directamente. Sus ojos castaños chocaron con los verdes de él.

—Sus clientas están aburridas de lo clásico, señor Rossi. Quieren sentir que aún pueden conquistar habitaciones enteras. Este vestido no es solo ropa. Es una armadura que dice: “Mírenme. Deséenme. Pero nunca me controlen”.

La mirada de Damian se oscureció. Por un segundo, bajó los ojos al escote de la blusa de Val, donde la seda se movía con su respiración agitada, antes de volver a su rostro.

—Interesante filosofía —dijo con una sonrisa lenta y peligrosa que no llegó a sus ojos—. Muéstreme más.

Durante los siguientes minutos, Val explicó cada detalle: las costuras invisibles, los materiales sostenibles, cómo la colección contaría una historia de renacimiento. Mientras hablaba, sentía la presencia de él como una caricia fantasma. Damian no solo escuchaba; analizaba cada palabra, cada gesto. En un momento, se inclinó sobre la mesa junto a ella para ver mejor un boceto, y su brazo rozó el de Val. El contacto fue breve, pero envió una descarga eléctrica por su piel.

Cuando terminó, Damian se enderezó y la miró fijamente.

—Mañana a las ocho en punto presentará esto ante el equipo creativo principal. Si aprueban el concepto general, firmaremos el contrato completo. Incluyendo todas las cláusulas.

Val tragó saliva.

—¿Y la de la “relación pública”?

Damian sonrió de nuevo, esa curva de labios que prometía tanto placer como problemas.

—Exacto. El mundo ama una historia de amor entre poder y talento. Usted y yo... fingiendo. Viajes juntos, cenas, eventos. Nada físico, por supuesto. Solo teatro.

—Nada físico —repitió Val, pero su voz sonó menos convincente de lo que quería.

Damian dio un paso más cerca. Ahora estaban a solo centímetros. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Una cosa más, Valeria. —Su nombre en labios de él sonó como una caricia prohibida—. Investigué su pasado antes de enviarle esa invitación. El incidente con Rafael Torres... el robo de diseños, las acusaciones públicas, su caída casi definitiva. Fue lamentable. Y muy conveniente para algunos.

El corazón de Val se detuvo por un segundo. El recuerdo de aquella noche en Nueva York —las luces de los flashes, las mentiras de Rafael, su carrera hecha trizas— la golpeó con fuerza.

—¿Qué sabe usted exactamente? —preguntó con voz baja y peligrosa.

Damian se inclinó ligeramente, su aliento cálido rozando la oreja de ella.

—Más de lo que imagina. Mañana, después de la presentación, hablaremos de verdad. Y decidirá si realmente quiere entrar en este juego.

Se apartó, dejando un vacío frío donde había estado su calor. Caminó hacia la puerta, pero antes de cerrarla detrás de sí, añadió sin volverse:

—Descansa, signorina. Va a necesitar cada gramo de tu fuerza... y quizás algo más.

La puerta se cerró con un clic suave.

Val se quedó sola en el atelier, con las manos temblando ligeramente sobre la mesa. Se acercó a la ventana y miró la ciudad iluminada. Milán nunca había parecido tan hermosa ni tan amenazante.

Su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de número desconocido:

“No confíes en todo lo que brilla en Rossi Luxe. Algunos contratos vienen con cadenas invisibles. Y Damian Rossi siempre cobra sus deudas. Bienvenida al juego, Valeria. Que gane el mejor.”

El mensaje desapareció automáticamente después de leerse.

Val miró hacia la puerta, luego a sus bocetos, y finalmente a la oscuridad de la noche italiana.

El lobo la había invitado a su territorio. Y ella acababa de mostrarle sus colmillos.

Pero en el fondo, una voz le susurraba que Damian Rossi no solo conocía su pasado.

Quizás había sido parte de él.

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