Capítulo 4 Secretos y traiciones
Secretos y Traiciones
El silencio que cayó en el atelier después de que Rafael Torres cerrara la puerta fue ensordecedor. Valeria Montenegro sentía que el corazón le iba a explotar dentro del pecho. La rabia, la humillación y un miedo profundo que creía haber enterrado hacía tres años se mezclaban en una tormenta que amenazaba con derrumbarla.
—¿Qué demonios está pasando aquí, Damian? —exigió, dando un paso hacia él. Su voz temblaba, pero no de debilidad, sino de una furia contenida que hacía que sus ojos castaños brillaran como brasas—. ¿Sabías que ese maldito trabajaba para ti? ¿Me trajiste hasta Milán sabiendo todo lo que me hizo?
Damian Rossi no retrocedió. Se mantuvo firme, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión indescifrable que lo hacía parecer más un rey intocable que un CEO. Sus ojos verdes la estudiaban con una intensidad que la ponía nerviosa y furiosa al mismo tiempo.
—Sabía parte de la historia —admitió finalmente, con voz grave y controlada—. Pero no toda. Rafael llegó a nosotros como consultor recomendado por varios inversionistas. Sus credenciales eran impecables en papel. No fue hasta que investigué tu pasado más a fondo que conecté los puntos.
Val soltó una risa amarga, cargada de dolor.
—¿Investigaste mi pasado? ¿Quién te crees que eres? ¿Dios? ¿El dueño de mi vida?
Dio otro paso, quedando tan cerca de él que podía oler su colonia y sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El vestido negro que llevaba parecía de repente demasiado ajustado, como si el aire mismo se hubiera vuelto espeso.
—Rafael no solo me robó los diseños —continuó ella, con la voz quebrándose ligeramente—. Me destruyó. Me acusó públicamente de plagio en plena Fashion Week de Nueva York. Dijo que yo había copiado sus ideas cuando fue al revés. Perdí contratos, amigos en la industria, casi pierdo la cordura. Tuve que empezar de cero con Vespera, cosiendo en mi apartamento hasta las cuatro de la mañana. ¿Y ahora me dices que trabaja aquí? ¿Que voy a tener que verlo todos los días?
Damian descruzó los brazos y, para sorpresa de Val, colocó una mano en su hombro. El contacto fue firme, pero extrañamente reconfortante. No era un gesto de lástima. Era de apoyo.
—No sabía que el daño había sido tan profundo —dijo en voz baja—. Pero ahora lo sé. Y te doy mi palabra de que no permitiré que te vuelva a hacer daño.
Val se rio de nuevo, esta vez con incredulidad, y se apartó de su toque.
—¿Tu palabra? Apenas te conozco. Llegué ayer y ya estoy metida en este… este circo. El contrato, la farsa de la relación pública, ahora esto. ¿Qué más me estás ocultando, Damian?
Él se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo ligeramente. Por primera vez, Val vio una grieta en su armadura de hielo. Parecía… cansado. O tal vez culpable.
—Hay más —admitió—. Rafael no es solo un consultor. Tiene acciones minoritarias en la empresa a través de un socio. Y ha estado presionando para que la marca tome decisiones que yo no apruebo. Decisiones que incluyen… prescindir de talentos nuevos como tú si no encajan en su visión tradicional.
Val sintió que el suelo se movía. Caminó hasta uno de los ventanales y apoyó la frente contra el vidrio frío. Milán se extendía abajo, hermosa e indiferente a su tormenta interna. Recordó las noches de lágrimas, las llamadas rechazadas, las marcas que le cerraron las puertas por las mentiras de Rafael.
—No puedo hacer esto —murmuró—. No puedo trabajar con él. Me voy.
Se giró para tomar sus cosas, pero Damian la detuvo, sujetándola suavemente por el brazo.
—Espera. —Su voz era baja, casi suplicante—. Si te vas ahora, él gana. Otra vez. Usa esto, Valeria. Usa tu talento y mi posición para destruirlo. El contrato sigue en pie. Te daré carta blanca en la colección. Y te protegeré.
Val lo miró a los ojos. Había algo en la forma en que él la observaba —una mezcla de deseo, respeto y un secreto más profundo— que la hizo dudar.
—¿Por qué haces esto? —preguntó en un susurro—. Apenas me conoces. ¿Qué ganas tú con todo esto?
Damian se acercó más. Sus cuerpos casi se tocaban. El aire entre ellos crepitaba.
—Porque vi tu trabajo antes de conocerte. Porque admiro a las personas que se levantan después de ser aplastadas. Y porque… —dudó un segundo— hay cosas de mi propio pasado que Rafael también amenaza. Cosas que no puedo permitir que salgan a la luz.
Antes de que Val pudiera preguntar más, la puerta del atelier se abrió de golpe. Rafael entró sin llamar, con una sonrisa arrogante y dos copas de champagne en las manos, como si fuera el dueño del lugar.
—Vaya, vaya… qué escena tan íntima —dijo con tono burlón—. ¿Ya estás conquistando al jefe, Valeria? Siempre fuiste buena para eso.
Val sintió que la bilis subía por su garganta. Dio un paso adelante, ignorando la advertencia silenciosa de Damian.
—Rafael, escúchame bien —dijo con voz fría y letal—. No soy la misma mujer que destruiste hace tres años. Si crees que voy a permitir que me vuelvas a pisotear, estás muy equivocado. Me quedaré. Y voy a hacer que esta colección sea tan brillante que tu mediocridad quede al descubierto.
Rafael soltó una carcajada, pero sus ojos brillaban con algo oscuro.
—Qué valiente. Siempre me gustó ese fuego tuyo. —Miró a Damian—. Señor Rossi, espero que sepa en qué se está metiendo. Valeria es… complicada. Muy complicada.
La tensión en la habitación era asfixiante. Damian dio un paso adelante, colocándose protectoramente al lado de Val.
—Rafael, sal de aquí. Esto no es una negociación. Es mi empresa.
Rafael dejó las copas sobre una mesa y levantó las manos en gesto de rendición falsa.
—Como diga, jefe. Pero recuerda, Valeria… los secretos tienen la mala costumbre de salir a la luz en los momentos más inoportunos. Especialmente los que involucran robos de diseños… y otras cosas más personales.
Con una última mirada cargada de veneno, Rafael salió del atelier.
En cuanto la puerta se cerró, Val sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó contra la mesa de corte, respirando agitadamente. Damian se acercó de inmediato, sosteniéndola por la cintura con firmeza.
—Respira —murmuró—. No estás sola en esto.
Val levantó la mirada hacia él. Estaban tan cerca que podía sentir su aliento en los labios. La adrenalina, la rabia y algo mucho más peligroso —una atracción que iba creciendo con cada segundo— la invadieron.
Sin pensarlo, se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso furioso, desesperado, lleno de toda la emoción contenida. Damian se tensó por una fracción de segundo antes de responder con igual intensidad, una mano en su cintura y la otra enredándose en su cabello. El beso sabía a peligro y a promesas rotas.
Cuando se separaron, jadeando, Damian apoyó su frente contra la de ella.
—Esto complica todo —susurró.
Val sonrió con amargura, aún temblando.
—Bienvenido a mi mundo, Damian Rossi.
En ese momento, el teléfono de Damian sonó de nuevo. Miró la pantalla y su expresión se endureció.
—Es del departamento legal. Acaban de recibir una demanda… contra ti, Valeria. Por supuesto, firmada por Rafael Torres. Alegan que tus diseños actuales son una copia de un trabajo antiguo que él “superviso”.
Val sintió que el mundo se tambaleaba.
El pasado no solo había regresado.
Había declarado la guerra.
