Capítulo 2 01

Barbra

El peso de la rutina

Trabajar y trabajar. En eso se resume la existencia cuando eres adulto.

¿Quieres una dona? Debes laborar.

¿Deseas ir a la playa o viajar al extranjero? Tienes que esforzarte.

¿Anhelas un lindo vestido? Debes producir.

¿Quieres alcanzar tus sueños? Tienes que dedicarte con ahínco para obtenerlos.

Si no ejerces un oficio, no posees dinero. Y sin capital, es imposible realizar las actividades que te apasionan. Es frustrante, lo sé.

Desde los diecinueve años me gano la vida. He pasado por múltiples puestos: secretaria, niñera, repostera, panadera... de todo un poco. Me gradué como chef porque me fascina cocinar; amo la gastronomía tanto como los médicos adoran salvar vidas.

Estuve empleada en un restaurante por mucho tiempo; era la jefa de cocina, pero me despidieron por culpa de una colega. Así que me tocó buscar vacante en otro sitio y me aceptaron, aunque no como titular, sino como ayudante. Qué más da, al menos estaré haciendo lo que me gusta, aunque mi verdadera meta sea inaugurar mi propio establecimiento donde todos disfruten de mis recetas.

Para lograrlo, me estoy esmerando día y noche.

Me levanto de la cama y entro a la ducha. Tras salir, comienzo a vestirme: mis vaqueros, la camisa de reglamento, un poco de maquillaje natural y listo.

Al abandonar el apartamento, voy al estacionamiento y subo a mi scooter negra. Me coloco el casco y emprendo la marcha por las calles de Boston. Como es habitual a esta hora, el tráfico es espantoso, y si es día de semana, empeora. Al llegar, ingreso al aparcamiento, guardo el equipo de seguridad y noto los vehículos de mis compañeros. Tomo mi bolso bandolera y entro por la puerta trasera del local.

Aquí todo es sofisticado y espléndido. Trabajo en uno de los sitios más reputados y elegantes de la ciudad, frecuentado por personalidades influyentes y celebridades.

En el área de casilleros guardo mis pertenencias, me anudo el delantal, recojo mi cabello y me adentro en la inmensa cocina. Hay de todo para laborar con comodidad; el espacio es amplio porque somos muchos los que trabajamos aquí, la cantidad exacta que se requiere.

—Hola, Alma —saludo a una colega mientras me higienizo las manos.

—Hola, Barbra —responde ella, quien carga una cesta repleta de pimientos y cebollas.

Mientras me seco, percibo que alguien se detiene a mis espaldas. Por su aroma, reconozco de quién se trata.

—Estás despedida —escucho su voz detrás de mí.

Me giro y la observo con seriedad. —Qué graciosa, Naomi.

—¿Cómo amaneciste? —inquiere mientras se ajusta el uniforme.

—Muy bien, ¿y tú? —pregunto secándome con un pequeño paño.

—Igual.

En ese instante ingresa el chef. Es un hombre alto y delgado, de cabello oscuro y ojos verdes. Rupert es uno de los cocineros más prestigiosos de Francia, Italia y Estados Unidos.

—¡Bueno, bueno! —exclama dando palmadas motivadoras—. ¡A trabajar, señores!

Entonces comienza el ajetreo. Caminamos de un lado a otro, preparando diversos platillos. Mi labor también incluye fregar platos y acatar las directrices del superior. El oficio culinario no es sencillo; siempre terminas con quemaduras de agua caliente o aceite, y los cortes son pan de cada día.

Tras una jornada intensa, llega el almuerzo, lo que significa unos minutos de tregua.

—Vamos, tengo un hambre que me mata —suelta Naomi lavándose las manos.

—Yo también —asiento mientras tomo mi vianda.

Espero a que termine y nos dirigimos al comedor. Es un salón espacioso de muros blancos y mesas largas de hierro; cuenta con aire acondicionado y un televisor gigante que el dueño utiliza para informar sobre cambios en las áreas de trabajo.

Allí nos aguardan Ricardo y Scarlett. Ellos son meseros, así que solo coincidimos en la entrada, el almuerzo y la salida. Tomamos asiento frente a ellos y empezamos a comer.

—¿Hamburguesa, Barbra? —pregunta Ricardo.

Lo miro y asiento. —Hoy rompo la dieta —sonrío.

—¿No estabas con la de la toronja? —interroga Scarlett.

—Sí —miento. La verdad es que la abandoné hace semanas.

—Me contaron que hoy viene tu persona favorita, Barbra —comenta Ric con una mueca burlona.

Estoy por darle el primer bocado a mi comida, pero me detengo con la boca abierta. —¿El jefe?

Él asiente mientras mastica unas papas fritas.

—Qué fastidio... —mascullo haciendo un gesto de desagrado antes de morder la hamburguesa.

—Sí, recordamos que no congeniaron muy bien la primera vez —rememora Naomi.

Aún me duele recordar el café caliente que le derramé encima por accidente.

—Ni la segunda —añade Scarlett con diversión mientras come un trozo de mozzarella.

—Pero es tu patrón, ¿qué se le va a hacer? —dice Ricardo.

—Lo sé... —respondo.

—¿A qué viene? —pregunta Scarlett.

—A lo de siempre. A supervisar que todo marche en orden.

—¿Acaso no confía en Jon? —ella eleva las cejas y bebe de su lata de refresco.

—Por supuesto que confía en su encargado —interviene Naomi—. Si no fuera así, Jon no estaría y el jefe se encargaría de todo.

—Cierto... —añado—. Además, los dueños de empresas deben vigilar sus bienes.

—Bueno, como sea, hoy estará aquí, así que todos deben comportarse —advierte Ricardo.

Suelto una risita. —Díselo a Esmé —señalo disimuladamente a la pelirroja, quien almuerza concentrada mientras charla con su novio, que también es empleado aquí.

—¿Se imaginan que el jefe llegue de sorpresa y los encuentre en la despensa? —susurra Scarlett con tono de complicidad.

Naomi suelta una carcajada.

—Lo que escucharía sería algo como: "¡Oh, sí! ¡Ah!" —imita Ricardo, fingiendo gemidos femeninos.

Casi escupo la comida al oírlo.

—Nosotras no gemimos así —se defiende Naomi.

—Pero las actrices de cine para adultos sí —suelta él con fingida inocencia.

—Porque les pagan por fingir orgasmos —ella continúa comiendo.

—¿Sugieres que ustedes lo hacen igual, pero gratis? —Ric la observa con suspicacia.

Ella sonríe con picardía. —Nunca lo sabrás... —responde guiñándole un ojo.

—En realidad algunas sí, pero depende del hombre con el que estés —apunta Scarlett sin despegar la vista de su teléfono.

Los miro extrañada. —¿Cómo terminamos hablando de esto? —frunzo el ceño.

—¿Importa el tamaño? —pregunta Ric.

Scarlett levanta la mirada. —Puede ser... o la duración —se encoge de hombros.

—Yo quiero uno de esos —suelta Naomi—. En todos mis años, solo uno supo cómo follarme bien.

Me resultó imposible no estallar en risas.

—¿Uno con dotes de semental? —interroga Ricardo—. Qué golosa eres.

Los tres reímos con fuerza y yo casi me atraganto de nuevo.

—Ya cállate, Ricardo —dice Naomi entre carcajadas.

—En fin, si los pillan, seguro los despide en el acto —comenta Scarlett tapándose la boca.

—Mejor que te echen por tener sexo en la despensa a que sea por cortarte un dedo o quemarte las manos —bromeo.

Ricardo sonríe divertido. —Quién te viera, Barbra.

—El sexo es lo mejor... —exclama Scarlett imitando una voz excitada.

—En mi interior, sigo esperando a un Christian Grey que me azote cada noche —añado divertida.

—No eres la única —Scarlett me lanza una mirada pícara—. Que use el látigo.

—Uno que no te haga el amor, sino que te folle —remata Naomi riendo.

Justo en ese momento concluye el descanso.

—Gracias al cielo —Ric junta las palmas mirando al techo—. Señor, estas amistades me corrompen.

Nos levantamos para abandonar el comedor.

—Eres el peor de los tres, Ricardo —asegura Scarlett.

Él la mira de inmediato. —¿Quién lo dice? Soy un ángel comparado con ustedes; las mujeres son muy perversas.

Regresamos a la cocina y cada quien retoma sus labores bajo el vapor y el calor. Mientras me muevo, veo a Esmé con Jack, su pareja. Conversan muy acaramelados; ella lo sujeta del cuello de la camisa mientras él la mantiene contra la pared. Siempre es así cuando hay poca gente. A veces se escapan a lo suyo; lo sabemos por Ric, quien un día fue al congelador por agua y escuchó sus gemidos. Dedujimos que eran ellos porque eran los únicos que faltaban en el comedor.

Pero como no es mi problema, me da igual lo que hagan con sus vidas.

En ese instante, el jefe entra en la cocina. Viste uno de sus impecables trajes grises de dos piezas. Travis Masson: un empresario célebre y acaudalado. Es todo lo que sé de él, pues su vida no me interesa.

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