Capítulo 3 02
Barbra
¿Mi aversión hacia él? Simple. El señor Masson cree que soy su recadera. Desde que entré, cada vez que viene, me ordena caprichos. Debo llevarle el café o la bebida que se le antoje; si llega a almorzar, me elige a mí para servirle; si necesita algo externo, Barbra debe ir. Me tiene harta. Cree que por ser nueva puede pisotearme, pero esa costumbre se le va a acabar.
Se detiene frente a los fogones, mete las manos en los bolsillos de su pantalón fino y nos examina. Tiene el ceño fruncido y la mandíbula tensa. El chef se acerca y se saludan cordialmente.
Travis es unos centímetros más alto que yo y está en excelente forma, algo que se nota incluso bajo el chaleco ceñido. Es de tez clara pero algo bronceada, con ojos de un azul intenso. Siempre luce impecable y con una sonrisa pícara. Debo admitir que es sumamente atractivo.
Rupert y el señor Masson entran en la oficina, donde Jon los espera.
Sigo con mis tareas. Tomo un tomate, lo coloco en la tabla y lo rebano con precisión. Luego continúo con los pimientos, cortándolos en juliana. En ese momento, Rupert sale del despacho y se dirige a Naomi.
—El señor Masson quiere de almuerzo chuletas de cerdo, ensalada César y puré de papas —le informa.
—Claro, señor, enseguida —responde ella.
Luego se acerca a mí. —¿Qué haces?
"¿Estás ciego?", quise responderle.
—Como verá, estoy picando vegetales, estoy muy ocupada —contestó sin mirarlo, fingiendo secar sudor inexistente con la muñeca—. Luego debo...
—Ah, qué bien —me interrumpe—. El jefe quiere su capuchino. ¿Puedes prepararlo?
Sentí ganas de zapatear de la rabia. Lo observé un segundo, mordiéndome el labio para no contestar mal. ¿No ve que estoy trabajando? Pero el superior mandó y hay que obedecer.
—Sí, por supuesto —añado tras un silencio, sonriendo sin ganas.
—Gracias, Evans.
—De nada, señor.
Él se retira y yo me lavo las manos para preparar la bebida. Cuando está lista, me dirijo a la oficina. Toco dos veces y, al escuchar el "adelante" de Jon, entro. El aroma de los perfumes de ambos inunda el lugar.
La oficina es espaciosa, con persianas, un gran escritorio y una pequeña estancia con sofás de terciopelo negro. Jon está en un sofá hablando por teléfono, mientras el señor Masson trabaja en la computadora.
—Buenas tardes, señor. Aquí tiene su capuchino —apoyo la taza sobre el platillo.
No dice nada. Ni un gracias. Sigue absorto en la pantalla sin siquiera levantar la vista.
"Cálmate, Barbra", me digo.
Me doy la vuelta para irme, pero cuando toco la manilla, su voz me detiene. Aprieto el puño maldiciendo entre dientes.
—Señorita Evans —dice con su voz grave.
Me giro y le dedico una sonrisa falsa.
—Dígame, jefe.
—Le falta azúcar —comenta, clavando sus ojos azules en mí con gesto serio.
Me acerco y tomo la taza mientras él me vigila.
—Ya lo soluciono, señor —suelto de mala gana, conteniendo el impulso de poner los ojos en blanco.
—Bien. Que sea rápido —ordena volviendo a su labor.
—Por favor —murmuro, completando su frase.
Me mira de nuevo con severidad. Salgo de la oficina, le agrego el azúcar, revuelvo y entro de nuevo sin llamar. Dejo la taza en la mesa y lo miro desafiante.
—Espero que sea de su agrado, señor.
El pelinegro toma un sorbo sin dejar de mirarme. —Mucho mejor.
—Barbra, ¿estarás ocupada esta tarde? —pregunta Jon levantándose del sofá.
—Tengo una reunión con amigos —miento.
Jon asiente. —El señor Masson y yo debemos viajar hoy y volver mañana temprano. ¿Podrías hacernos un favor?
Miro a mi jefe con desconfianza. —¿Qué necesitan?
—Que te quedes a supervisar unos pedidos de suministros que llegan al restaurante —informa Jon.
"Barbra la supervisora, nuevo cargo", pienso con sarcasmo. —¿A qué hora llegan?
—A eso de la una y media de la madrugada. Te lo pedimos a ti porque eres de confianza.
Imbéciles. Tengo que madrugar aquí. Soy el burrito de carga.
—Está bien. Aquí estaré. Adiós.
—¿Estás molesta? —cuestiona Masson.
Me giro. —No, para nada. Estoy radiante. ¿Algo más, señores?
—Sí —insiste mi jefe escrutándome—. Debería usar el pantalón negro del uniforme, no vaqueros, señorita. Este es un restaurante prestigioso y los empleados deben dar el ejemplo.
Miro mis jeans y luego a él. —Bien —suelto con indiferencia antes de marcharme.
Al salir, me encuentro con Ricardo, que carga una cesta de zanahorias.
—Dios mío, Barbra —se ríe—. Te ves tan feliz como si te hubieran dado un aumento.
—¡Lo odio! —exclamo entre dientes—. Es un idiota, me dan ganas de aplastarlo como a una cucaracha.
—¿A quién odias? —escucho la voz de mi jefe justo detrás de mí.
Abro los ojos como platos y miro a Ricardo, quien se despide apresuradamente.
—El calor... es horrible... —trato de sonar convincente—. Nos vemos.
Empiezo a alejarme casi corriendo.
—Señorita Evans —me llama de nuevo.
Me detengo.
—Dígame.
—Las llaves de la puerta trasera —me muestra un manojo—. El camión entrará por el estacionamiento. Cualquier cosa, acuda a Milo.
Tomo las llaves y me retiro de su vista.
Debes aprender a decir que no, Barbra. Realmente sí estoy ocupada: tengo que ensayar mis rutinas de baile, algo vital para mis presentaciones. Me va a tocar partirme en dos.
