Capítulo 4 03
Barbra
Al salir del restaurante, me dirijo al edificio. Estaciono mi scooter y subo al piso donde resido. Deslizo la tarjeta magnética para acceder a mi dulce hogar.
Vivo sola desde que comencé la universidad, ya que mis padres se encuentran en Alaska. Solo hablo con ellos cuando dispongo de tiempo libre, por lo que nuestras llamadas son esporádicas. Es la razón por la que, a veces, la nostalgia me golpea.
Camino hacia la cocina, tomo una rebanada de pan y extraigo el frasco de mantequilla de maní del armario. Con una cuchara, unto una porción generosa y comienzo a comer sin perder un segundo.
Tras el refrigerio, entro en la habitación y reviso el armario en busca del atuendo para hoy. Tras buscar un rato, encuentro el adecuado. Lo guardo en mi bolso junto a los tacones, dejo el equipaje sobre la cama y me desvisto para ducharme y espabilarme.
Minutos después, me pongo un vestido holgado de color rosa y unas zapatillas. Tomo mis cosas y bajo al estacionamiento; arranco la moto y acelero con rumbo al club.
Al llegar, aparco y entro por el acceso trasero. El estruendo de la música ya se percibe. A esta hora los clientes empiezan a llegar y algunas chicas ya están sobre el escenario. Entro al camerino y ocupo mi sitio. En el lugar se encuentran Pilar, Axia, Britney, Lola y varias más cuyos nombres no recuerdo entre tanta gente.
—Hola, Ax —digo dejando el bolso sobre mis piernas. Ella sostiene un labial rosado—. ¿Cómo te encuentras?
—Súper —responde tras pintarse los labios y presionar la boca con sensualidad—. ¿Y tú? —me lanza una mirada.
Observo mi reflejo en el espejo. —Muy bien, gracias por preguntar.
Axia viste un conjunto de dos piezas: un sujetador de tiras y un bikini fucsia con lentejuelas. Su cabello rubio luce trenzas dobles que, gracias a las extensiones, rozan sus glúteos. La veo levantarse.
—Nos vemos —se despide antes de salir.
—Adiós —murmuro mientras inicio mi maquillaje.
Hace aproximadamente tres meses comencé este trabajo como bailarina exótica. Fue sencillo entrar; a la dueña le gustó mi perfil y mi estilo al bailar. Tras una audición exitosa, fui seleccionada. El baile no me supone un reto, ya que desde pequeña asistí a una academia de danza árabe, lo cual es una gran ventaja competitiva. Un requisito indispensable en este oficio es mantener la figura; debo estar siempre en forma.
Mi labor consiste únicamente en bailar en la pista con la ayuda del tubo metálico o pole dance. Hay que derrochar sensualidad y usar prendas reveladoras; el objetivo es destilar originalidad y ser extremadamente sexy.
Aquí todas adoptamos otra identidad; usamos nombres artísticos y es así como nos conocen los clientes. Está estrictamente prohibido que los asistentes soliciten información personal; ellos pagan por el espectáculo y nosotras estamos para brindar el show, nada más. También está vetado salir con clientes o ejercer la prostitución; este es un club de baile, no un burdel, aunque existan otros lugares que sí ofrezcan esos servicios bajo cuerda.
Los clientes no deben tocarnos mientras bailamos. La única excepción ocurre en los reservados para los lap dances (bailes de regazo), e incluso ahí, el contacto físico depende de la voluntad de la bailarina y tiene un costo adicional. Yo me limito a mis rutinas de baile. He realizado varios privados de pole dance porque pagan muy bien, pero suelo rechazar muchas solicitudes porque la mayoría solo busca toqueteos o sexo.
Mi nombre artístico es Black Angel. Por la noche, Barbra desaparece y solo existo bajo ese pseudónimo. La única persona que conoce mi secreto es Ricardo. Muchos consideran este trabajo indecente, pero para mí es un oficio como cualquier otro, similar al de una enfermera o camarera. La diferencia es que nosotras somos animadoras.
Elegí ese nombre porque siempre visto de negro; es mi sello. A veces uso antifaz, otras veces solo un maquillaje cargado; todo depende del vestuario. Hay que ser creativas.
Me coloco un brasier strapless metalizado que realza mi busto, un bikini y una falda plisada diminuta, todo a juego. Finalizo con unos tacones de aguja de diez centímetros. Es vital que la ropa sea de calidad y cómoda; un accidente con una prenda rota en plena rutina sería un desastre. Dejo mi cabello castaño suelto con rizos suaves, me aplico sombras oscuras en los ojos y un labial rojo cereza. Para terminar, el toque final: unas gotas de Good Girl de Carolina Herrera.
—Es tu turno —anuncia Katy, la encargada.
Asiento de inmediato. —Voy en camino.
Salgo a la pista y me enfrento al murmullo y a los espectadores. Aunque hay mujeres, el público es mayoritariamente masculino: hombres de todas las edades, razas y estados civiles. Solteros, casados, padres de familia... de todo.
El club está sumido en esa penumbra típica. En cuanto empieza la música, inicio mi rutina. Al finalizar, el suelo está tapizado de billetes. Los clientes no pueden entregar el dinero en mano; deben dejarlo en el piso para que el recolector lo recoja de inmediato.
Terminado el turno, me desvisto y me pongo la ropa de civil. Tuve que pedir permiso para salir antes por el compromiso de hoy, así que no recaudé tanto como quería. Mañana será mejor. Me despido de las chicas y me dirijo a mi scooter.
Conduzco por las calles solitarias de Boston. El frío hace que se me erice la piel; debí traer un abrigo. Al llegar al restaurante, no entro por el estacionamiento principal; estaciono en el callejón donde está la puerta trasera que da a la cocina.
Alerta, miro a ambos lados, saco el manojo de llaves y abro los candados. Al entrar, el sitio está en absoluta oscuridad. Enciendo la linterna de mi móvil, cierro tras de mí y avanzo por el pasillo hasta que las luces de la cocina se activan.
En ese momento aparece el vigilante. Es un señor de unos cincuenta y cinco años, más bajo que yo, de ojos grises y uniforme azul marino.
—Buenas noches, señor Milo —saludo. Consulto la hora en el teléfono: son las 01:03.
