Capítulo 5 04

Barbra

—Buenas noches, señorita.

—¿No ha llegado el camión?

—Todavía no —responde con una sonrisa amable.

Asiento y me cruzo de brazos. —Deberíamos esperar en el estacionamiento, ¿no cree?

—Me parece bien, sígame.

Lo sigo mientras atravesamos el salón de mesas, que se ve inmenso y tétrico en la oscuridad. El señor Milo camina con lentitud, así que nos toma varios minutos llegar al aparcamiento, que afortunadamente está bien iluminado. Me quedo de pie, esperando la entrega.

En estos momentos, maldigo mentalmente a Travis Masson. Mi moto está al otro lado del edificio y solo espero que no se la roben. Me obligaron a venir de madrugada cuando podría haber estado ganando dinero en el club.

El señor Milo y yo esperamos pacientemente. Él silba la melodía de Popeye, tratando de matar el tiempo. Definitivamente no me gustaría ser guardia; hay demasiada soledad en ese empleo.

Llega un punto en que el cansancio me vence y me siento en el suelo. Intento distraerme con el Candy Crush, pero mi batería se agota y me quedo mirando a la nada hasta que mis párpados se cierran.

—Señorita —escucho una voz lejana mientras siento unos golpecitos en el hombro.

Me despierto sobresaltada. —¿Qué hora es? —pregunto frotándome los ojos mientras me pongo en pie.

—Son las 05:30, señorita.

Abro los ojos de par en par. —¡Por el cielo! —exclamo tomándome la cabeza—. Debo irme.

—La acompaño.

Caminamos rápido. Me hierve la sangre de la rabia.

—Gracias, señor Milo. Que tenga un buen día.

Me alivia ver que mi scooter sigue allí. Sin perder tiempo, arranco hacia casa. Travis Masson me las va a pagar.

La alarma me devuelve a la realidad. Estiro el brazo y la apago. Prácticamente no pegué el ojo; si dormí dos horas, fue mucho. Me siento agotada, como si hubiera corrido un maratón.

Me preparo para volver al trabajo. Me ducho rápido y me pongo el uniforme, esta vez con el pantalón negro reglamentario. Mi jefe tenía razón al reprenderme; es una norma y yo la incumplí. Desayuno unos huevos revueltos en la sala mientras veo las noticias. Tengo los ojos pesados y las ojeras son visibles a kilómetros de distancia.

Maldito Masson, maldito camión, maldito Jon.

Horas después, conduzco hacia el restaurante. Tras lidiar con el tráfico, aparco y entro al local. En el camino me topo con Scarlett.

—Buenos días, Barbra —saluda con una sonrisa y sus ojos verdosos.

—Buenos días, Scarlett. ¿Cómo amaneciste?

—Con una pereza contagiosa.

—No lo creo, yo ya la tengo toda —respondo.

Es la verdad. Entre el camión que nunca apareció y la siesta con los "fantasmas" del restaurante, estoy muerta. Entramos a la cocina y ya casi todos están en sus puestos. Me lavo las manos y salgo a buscar a Ricardo; Naomi no ha llegado y no tengo confianza con los demás para entablar conversación. Además, tengo tanto sueño que hasta hablar me agota.

En el callejón trasero encuentro a Ric fumando. Está apoyado en la pared de ladrillos.

—Este lugar es asqueroso —comento mirando los desperdicios a los lados.

—Hola, Barbri —saluda él soltando el humo—. ¿Cómo amaneciste?

Miro hacia la pared de enfrente y veo un graffiti obsceno de un pene enorme. En lugar de pintar algo artístico, la gente prefiere las morbosidades.

—Estoy bien —ladeo la cabeza observando el dibujo—. Vaya, es el miembro más grande que he visto.

Ricardo ríe y termina tosiendo por el tabaco.

—Si sigues así, vas a morir pronto, amigo —le digo preocupada.

—Ya no puedo dejarlo —da otra calada—. ¿Qué tal ayer en el club?

Suspiro. —Muy bien, hubo mucha gente.

—Me lo imagino. ¿Cómo está mi tía?

—Katy está bien —respondo.

Él asiente y vuelve a mirar la pared. —No me había fijado en lo grueso que es —dice refiriéndose al graffiti.

Suelto una carcajada. —Vamos, es hora de entrar —lo tomo del brazo.

Entramos y comenzamos la rutina diaria, pero me muevo como un extra de The Walking Dead. Todo me irrita y mi mal humor es evidente, aunque intento no pagarlo con los demás.

Durante el almuerzo, trato de descansar.

—¿No pegaste el ojo? —inquiere Scarlett.

—Dormí aquí anoche, con los fantasmas —respondo sin moverme de mi posición de descanso.

—¿En serio? ¿Por qué? —pregunta Ricardo sorprendido.

—Órdenes del hijo de puta de Masson —mascullo con rabia.

—Lo siento... ¿Por qué tú? —pregunta Naomi.

—Porque me odia —confieso.

—Se acabó el descanso —anuncia Ricardo mirando su móvil.

Me levanto con pesadez. Al entrar a la cocina, Jon sale de la oficina y me clava la vista.

—Evans —pronuncia mi apellido.

Me acerco lentamente. —Hola —intento no sonar hostil.

—Lamento haberte hecho venir. Al jefe se le olvidó comunicarte que el camión canceló la entrega —dice con una mueca de supuesta preocupación.

¿Qué?

Sonrío con cinismo. —¿Es en serio?

Jon me mira con comprensión. —Sí, lo lamento de verdad. Disculpa.

"Qué lindo...", pienso. Ahora sí que le declaro la guerra.

—No te preocupes, está bien —digo fingiendo despreocupación, mientras mentalmente le muestro el dedo corazón. Le entrego las llaves—. Ten.

—Gracias, Barbra.

Me giro y mi rostro se transforma en una mueca de furia. ¡Bastardo, idiota! ¡Se le olvidó! No lo soporto.

Regreso a mi puesto, pero la rabia me va a dar un infarto. En ese momento, veo que Rupert se acerca a Esmé para pedirle un capuchino para el jefe. Me interpongo de inmediato.

—Yo lo preparo —sonrío con dulzura fingida.

Rupert me mira aliviado. —Bien, llévaselo al señor Masson.

Preparo la bebida y, como toque final, le agrego un poco de canela. Me encamino a la oficina; el jefe está solo.

Al entrar, él levanta sus ojos azules. —Buenos días, señorita Evans —saluda educadamente.

—Buenos días, jefe. Aquí tiene su capuchino; el señor Rupert me pidió que se lo trajera —lo dejo sobre el escritorio.

—Gracias —toma la taza sin dejar de mirarme—. Lamento lo de anoche...

"Yo también", pienso.

—¡Oh! No se preocupe, son cosas que pasan —respondo parpadeando con una sonrisita.

Él asiente y da un trago largo.

—Hasta luego, si necesita algo estaré en la cocina —me doy la vuelta y camino hacia la puerta mientras cuento mentalmente: 1... 2... 3... 4... 5...

De repente, comienza a toser de forma violenta. Una sonrisa malvada asoma a mi rostro. Me giro y pongo cara de preocupación.

—¿Se encuentra bien, señor?

Su rostro, antes pálido, ahora está de un rojo intenso.

—Llama... una ambulancia —logra decir con dificultad entre la tos.

Salgo de la oficina casi estallando en carcajadas y grito alarmada para que todos escuchen:

—¡Rápido! ¡El señor Travis está en problemas!

Jon sale corriendo hacia el despacho. —¡Está teniendo una reacción alérgica! ¡Llamen a emergencias!

Dije que me las pagaría. No es algo para matarlo, solo una pequeña venganza. Solo puse un poco de canela para que se le hinchara la garganta. Nada grave, pero inolvidable.

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