Capítulo 7 06

Barbra

Lo observé desde mi asiento. 

—Ah… sí, por supuesto —me levanté con parsimonia.

¿Será por lo que le sucedió al idiota de mi jefe?

Él echó a andar y yo lo seguí. Al llegar al despacho, entramos y él ocupó su lugar tras el escritorio.

—En la clínica informaron que el señor Masson sufrió una reacción alérgica debido a la canela que añadieron a su capuchino, señorita Evans. Y usted fue quien lo preparó —me miró con fijeza.

De inmediato, me llevé los dedos a la boca fingiendo asombro mientras abría mucho los ojos.

—¡No puedo creerlo! —bajé la mano a mi pecho—. Yo… le agregué solo un poco, pero no imaginé que le sentaría mal —continué con mi actuación.

—Travis es alérgico a la canela, señorita Evans —informó Jon con tono preocupado.

—De verdad lo lamento, no tenía ni idea… —me lamenté juntando las cejas con aire compungido y negando con la cabeza.

—Bueno, fue un error, es comprensible.

—Lo siento tanto, pobre señor Masson… —hice una breve pausa—. Pero, ¿se encuentra bien ese hombre? Ay, qué pena.

Jon se recostó en el respaldo del sillón y entrelazó los dedos. —Por suerte sí, ya está estable. No pasó a mayores porque la porción fue mínima.

Asentí lentamente. —Entiendo. Espero que se recupere; por favor, envíele mis saludos y disculpas.

—Por supuesto —asintió Jon con suavidad.

—Bueno, debo regresar al trabajo. Nos vemos luego.

—Entendido, adelante.

Me di la vuelta y salí del lugar, cerrando la puerta tras de mí. En cuanto estuve fuera, hice un pequeño baile festejando que, con suerte, no lo vería más por aquí. La cocina aún estaba vacía, así que caminé hacia el comedor moviendo las caderas con júbilo.

—Vaya, parece que alguien está muy animada hoy —escuché una voz grave y masculina a mis espaldas.

¡Maldición!

Me detuve en seco, quedando petrificada. Me giré sobre mis talones para encarar a mi jefe. Tenía el rostro tenso y sus ojos azules lucían oscurecidos. Parecía que no le hubiera pasado nada. ¿Tan poca canela le puse?

—Bueno… este… cuando una gana la lotería debe alegrarse, ¿no cree? —lo observé recuperando la seriedad—. Juego a menudo.

Él sonrió con amargura. —Quisiste matarme. Qué oportuno encontrarte, pues iba a buscarte; me has ahorrado el camino —se acercó con rapidez y me sujetó del brazo—. Venga conmigo a la oficina, señorita Evans —me tironeó de la muñeca sin pizca de gentileza.

Intenté zafarme con todas mis fuerzas, pero él era mucho más vigoroso.

—¡No! ¡Suélteme! ¡Qué falta de respeto! —me quejé mientras me arrastraba.

No me hizo caso, lo cual me enfureció sobremanera. ¿Qué le pasa a esta cucaracha asquerosa?

—¡Que me suelte! —exigí de nuevo.

Se detuvo frente a la puerta y me fulminó con la mirada. —No, usted y yo tenemos que hablar —soltó con cólera.

—Yo no hice nada —me defendí.

—Fuiste la única que preparó mi café, Barbra —me observó con el entrecejo fruncido, volviendo a tirar de mi brazo.

Sin pensarlo dos veces, le propiné una patada con toda mi potencia en sus partes bajas. De inmediato, él arrugó el rostro expresando un dolor agudo y soltó mi mano para llevarse las suyas a la entrepierna, cayendo de rodillas con un gemido de agonía.

La puerta se abrió en ese instante y mi jefe se desplomó hacia atrás. Jon miró al suelo y luego me miró a mí con el rostro desencajado.

—¡Barbra! ¿Qué has hecho? —inquiriere abriendo mucho los ojos.

—Está desquiciada… —escuché musitar al señor Masson mientras se retorcía en el suelo, protegiendo sus joyas.

¡Cielo santo! ¿Qué acabo de hacer? "Barbra, es tu jefe, ¿cómo llegas a esos extremos? Te pasaste de malvada".

Rápidamente di media vuelta y corrí hacia la hielera para traer una bolsa con hielo. Al regresar, vi que seguía con los ojos cerrados y una expresión de puro sufrimiento. Me puse en cuclillas y me arrodillé a su lado. Dejé la bolsa sobre su "amigo" y me incliné, quedando muy cerca de su rostro. Al sentir el frío sobre sus pelotas, abrió los ojos y me miró estupefacto.

—Para la inflamación —dije con voz calmada, arrugando las cejas.

Él echó la cabeza hacia atrás. —Ay, por Dios… ¿en serio estás tocando mis bolas? —pude notar el rostro encendido de Travis.

Avergonzada, lo observé y parpadeé. —Fue sin querer —elevé la vista hacia Jon, quien parecía encontrar la situación divertida.

—¿Un golpe ahí abajo? No creo que haya sido accidental, Barbra —expresó Jon con una leve sonrisa.

Me levanté y lo miré desde arriba. Jon lo ayudó a incorporarse; Travis se acomodó el cabello y me miró frunciendo los labios. —Entra —exigió.

Sin mediar palabra, accedí al despacho. El señor Masson me siguió, aún sosteniendo la bolsa de hielo, y se desplomó en su sillón.

—¿Por qué le pusiste canela?

—Travis, ella no sabía nada —intervino Jon.

—¡¿Que no sabía nada?! —soltó una risa sarcástica—. Todo el mundo en este restaurante sabe que soy alérgico, hasta Milo, el vigilante. ¿Y pretendes decirme que ella lo ignoraba? —frunció el ceño.

—No lo sabía —me defendí con firmeza.

Me miró fijamente. —No te creo, Evans. Sé perfectamente que no te agrado y, para ser sincero, tú tampoco eres de mi estima. No te despediré porque no tengo pruebas concluyentes —se levantó sin apartar la vista de mí—. Pero esta será la última vez que usted me prepara alimento alguno.

¡Sí! ¡Toma esa, Masson!

Quería reír, pero me contuve.

—Qué lástima —lo observé—. Pero somos adultos y agradezco su franqueza, señor. Sin embargo, quiero que sepa que para mí es el mejor jefe que he tenido —mentí con descaro.

Él tragó saliva y me miró con desconfianza. —No te creo ni una palabra, ahorrate el discurso. Ahora vuelve a tu puesto.

Elevé la barbilla. —Sí, señor —asentí.

Con paso pausado me dirigí a la salida. Ahora sí, Travis Masson, ya no volverás a amargarme la existencia.

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