Dulces sueños, imbécil.

Para cuando llegamos a los dormitorios, Evander parecía menos una tormenta de fuego y más un hombre otra vez, aunque el humo aún se aferraba débilmente a su piel. Empujé la puerta con el hombro, le hice una seña para que entrara y la cerré detrás de nosotros. El silencio se sentía pesado entre nosot...

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