Capítulo 7 Capítulo sin título

Reescritura: Tensión romántica reforzada y protagonismo de las decisiones de Mía

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El hilo se tensó entre mis dedos. Una puntada perfecta. Otra. Otra más. El vestido blanco comenzaba a tomar forma bajo mis manos, pero mi mente seguía atrapada en el rostro de Alexander. En sus ojos grises. En la forma en que su voz se quebró al decir Katherine.

Llevaba veinte minutos cosiendo en piloto automático cuando noté que mis dedos se movían con una precisión que no recordaba haber aprendido. El diseño que estaba bordando en el dobladillo no era mío. Nunca lo había visto antes. Un patrón de hojas de olivo entrelazadas con pequeñas flores que parecían susurrar un secreto.

—¿Qué es esto? —pregunté en voz alta, deteniéndome a observar mi propio trabajo.

El bordado estaba impecable. Demasiado impecable para alguien que llevaba apenas años cosiendo. Y sin embargo, mis manos lo habían hecho solas. Como la canción. Como el nombre que ardía en mi lengua.

Algo se movió en mi pecho. Una presión suave, como si alguien hubiera colocado una mano sobre mi corazón desde dentro. Y entonces, sin previo aviso, el dolor llegó.

—Ah —jadeé, llevándome la mano al esternón.

No era un dolor físico. Era peor. Era un vacío. Una ausencia. La sensación de haber perdido algo que ni siquiera sabía que poseía. El corazón de Katherine latía con fuerza dentro de mí, y por un instante, sentí su angustia. Su desesperación. Su amor inmenso por ese hombre que había visto llorar.

—Katherine —dije, y esta vez mi voz era un ruego—. ¿Qué te pasó? ¿Cómo... cómo terminaste aquí?

Los recuerdos no llegaban. Solo emociones. Oleadas de alegría, de miedo, de una ternura tan profunda que me hacía temblar.

Y de repente el timbre de la entrada principal sonó. Luego otro timbre, más insistente. Alguien llamaba a la puerta del taller con urgencia.

Me levanté con las piernas aún temblorosas. Pero no caminé hacia la entrada. Me quedé quieta, con las manos apoyadas en la mesa de costura, respirando hondo.

Piensa, Mía. Piensa antes de abrir esa puerta.

Podía no abrir. Podía dejar que se cansara de tocar el timbre y se marchara. Podía volver a sentarme, retomar el dobladillo y fingir que nada de esto estaba pasando. Era lo sensato. Era lo que haría una mujer cuerda.

Pero mis pies ya se movían.

—No porque él me lo pida —murmuré, agarrando el pomo con fuerza—. Porque yo necesito saber qué quiere.

Abrí la puerta.

Alexander Vance estaba allí, con el abrigo aún húmedo por la lluvia fina y el cabello despeinado. Mi corazón latió tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo, que pudiera adivinar todo lo que no me atrevía a decir.

—Mía —su voz sonaba diferente. Más humana. Más frágil—. ¿Estás bien? He estado... he estado pensando en usted.

—Señor Vance. —Di un paso atrás, pero no bajé la mirada—. Soy su empleada. Una costurera. ¿Por qué está pensando en mí?

Mis manos temblaban. Y él lo notó. Siempre lo notaba.

—Mía —dijo mi nombre con una dulzura que me partió el alma—. ¿Por qué tiemblas?

—Porque usted me asusta —respondí, y era verdad, pero no de la forma que él creía—. Me asusta que me mire como si yo fuera algo especial. Me asusta que espere encontrar en mí algo que no existe.

Él dio un paso adelante. Yo no retrocedí.

—¿Qué le ocurre? —solté, y mi voz se quebró—. Katherine, su prometida, murió. Y yo no soy un fantasma, señor Vance. Yo estoy viva. Con mis propias penas, con mi propia historia.

Hice una pausa. Respiré. Y tomé una decisión.

—Pero no voy a dejar que usted decida por mí quién soy o qué siento. —Mi voz se hizo más firme—. Así que le voy a hacer una pregunta, y quiero la verdad. ¿Qué busca en mí? ¿A ella... o a alguien nuevo?

Alexander se quedó inmóvil. Sus ojos grises se encontraron con los míos, y por un instante, vi algo que no esperaba: miedo. El mismo miedo que yo sentía.

—No lo sé —admitió, y su honestidad me desarmó más que cualquier mentira—. Cuando la vi por primera vez en ese taller, sentí que algo en mí se reconocía en usted. Y me aterra. Porque no quiero usar la para llenar un vacío. No quiero convertirla en un sustituto.

—Entonces no lo haga —dije, y di un paso hacia él, acortando la distancia—. Pero tampoco me pida que sea su fantasma. Si quiere conocerme, tendrá que aceptar que soy Mía. Solo Mía. Con mis manos que cosen sin permiso y mis sueños que no son míos. Con todo lo extraño que eso conlleva.

Él me miró como si acabara de decirle algo extraordinario.

—¿Y si no quiero? —preguntó, devolviéndome mi propia pregunta.

—Entonces váyase —respondí, y esta vez no tembló mi voz—. Y no vuelva a molestarme. Pero antes quiero que sepa una cosa.

—¿Qué?

—Que yo también siento algo cuando toca mi mano. Y no sé qué es. Pero duele. Duele no saber por qué.

Un nudo apretó mi garganta. Y odié la sensación. Odié que sus palabras encontraran un lugar en mi pecho. Pero no lo odié a él. Odié no tener el control.

—No voy a firmar su contrato mañana —dije, y él abrió la boca para protestar—. No todavía. Primero quiero saber qué es esto. Qué somos. Qué quiere de verdad. Y si la respuesta me convence, entonces hablaremos.

—¿Y si no te convence?

—Entonces al menos habré decidido yo. No usted. No Katherine. No el fantasma de lo que pudo haber sido.

Alexander me sostuvo la mirada un largo segundo. Luego asintió lentamente.

—Está bien —dijo—. Entonces tendrá que darme la oportunidad de convencerla. ¿Cenamos mañana? No en mi casa. No aquí. En un lugar neutral, donde pueda verla sin que ninguno de los dos tenga ventaja.

Lo miré, sorprendida de que hubiera entendido exactamente lo que necesitaba.

—A las siete —dije—. Y si llega tarde, se va.

—A las siete —repitió, y por primera vez en toda la semana, vi algo parecido a una sonrisa en sus labios—. No llegaré tarde.

Giró y caminó hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo.

—Mía.

—¿Sí?

—Gracias. Por no dejarme entrar sin más. Por hacerme preguntar. —Se volvió, y sus ojos brillaban con algo que no supe nombrar—. Hacía mucho tiempo que nadie me obligaba a pensar antes de actuar.

La puerta se cerró con un click suave. Y esta vez, el sonido no resonó como un disparo, sino como una promesa.

Me quedé inmóvil, con el corazón desbocado y las manos ya no tan temblorosas. Había tomado el control. Por primera vez desde que Alexander Vance apareció en mi taller, había decidido yo.

—Qué ridícula soy —murmuré, pero esta vez con una sonrisa.

Volví a la mesa, tomé el vestido inconcluso, y mis dedos encontraron el hilo sin dudar. La aguja se deslizó por la tela con una precisión que ya no me asustaba. Y mientras cosía, sentí algo nuevo en el pecho: no un eco ajeno, sino una voz propia. Una voz que decía:

Esto es mío. Y nadie más va a decidirlo.

El silencio del taller fue mi única respuesta. Pero en algún lugar, en lo más profundo de mi pecho, el latido que no me pertenecía se hizo más suave. Como si Katherine, dondequiera que estuviera, hubiera escuchado mi decisión. Y la aprobara.

Apoyé la mano sobre mi corazón y cerré los ojos. Y por primera vez en una semana, no me sobresalté al abrirlos.

—Mañana a las siete —susurré al vacío—. Y esta vez, las reglas las pongo yo.

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