
Almas Entrelazadas
Thammy · En curso · 36.2k Palabras
Introducción
Meses después, Mía trabaja para él. Su nuevo corazón late con un amor desesperado por su jefe. Alexander, perturbado por la extraña conexión, la atrapa en un estricto contrato que culmina en una apasionada noche.
Tras el rechazo cruel de un Alexander culpable, Mía descubre que está embarazada. Temiendo ser solo el fantasma de su pasado, rompe el pacto y huye lejos. Pero el despiadado CEO no se detendrá hasta encontrar a la mujer que se llevó su última oportunidad de amar.
Capítulo 1
Mía Montenegro.
La lluvia de Nueva York golpeaba los cristales de la sala de emergencias con una fuerza salvaje, como si el cielo compartiera la misma agonía que me estaba consumiendo por dentro. El aire no me alcanzaba. Cada bocanada que intentaba dar se sentía como tragar vidrio molido, y el pitido incesante del monitor a mi lado me recordaba que a mi propio cuerpo se le estaban acabando las excusas para seguir luchando.
A mis veintidós años, mi vida se reducía a esa camilla fría de un hospital público, al olor a antiséptico y a las manos de una enfermera anciana que me sostenía con lástima. Yo era solo una joven humilde costurera que vivía al día; no tenía dinero, no tenía influencias y, según el médico que acababa de entrar a la sala con el rostro sombrío, tampoco tenía tiempo.
—Mía... —el doctor se inclinó hacia mí, ajustándome la máscara de oxígeno—. Tu miocardiopatía ha entrado en la fase terminal. Tus pulmones se están llenando de líquido porque tu corazón ya no tiene fuerzas para bombear. Los medicamentos dejaron de hacer efecto.
Me quité la máscara un centímetro con los dedos temblorosos. La piel me ardía de la fiebre y el cansancio.
—¿Cuánto... cuánto me queda, doctor? —mi voz no fue más que un hilo de voz, un susurro frágil que casi se ahogó en el ruido de la tormenta.
El médico evitó mi mirada por un segundo antes de hablar con una crudeza que me heló la sangre.
—Horas, Mía. Quizás un par de días si tu cuerpo resiste. Necesitamos un milagro. Un trasplante urgente, pero estás muy abajo en la lista de espera pública y no tienes los recursos para un traslado privado...
Una lágrima ardiente resbaló por mi mejilla, perdiéndose en el plástico de la máscara. Pensé en mi pequeño cuarto, en los vestidos a medio coser que se quedarían sobre la mesa, en lo mucho que quería vivir, viajar, conocer el amor... en todo lo que se me estaba escapando de las manos por el simple hecho de ser pobre. Cerré los ojos con fuerza y, desde lo más profundo de mi alma rota, lancé una sutil súplica al vacío.
«No quiero morir... Dios, por favor. Quiero vivir. Déjame vivir».
De repente, un sonido estridente rompió el ambiente fúnebre. El teléfono del doctor vibró con violencia en su bolsillo. Él contestó a toda prisa, frustrado, pero a los pocos segundos vi cómo sus ojos se abrían de par en par. Se giró para mirarme con una mezcla de shock y absoluta incredulidad.
—¿Un donante compatible? ¿En el hospital presbiteriano? —el doctor casi gritó por encima del ruido de las máquinas—. Sí, sí, entiendo. Preparen el quirófano de inmediato. Trasladen a la paciente Montenegro ahora mismo. ¡Muévanse!
El médico colgó y se arrodilló al nivel de mi camilla, tomándome de los hombros con una emoción que me hizo temblar.
—Mía, mírame. Alguien acaba de morir... una mujer joven en una clínica privada, y sus padres acaban de autorizar la donación de sus órganos. Eres compatible con ella en un noventa y un por ciento. Tu milagro está aquí. Te van a operar ahora mismo.
El corazón que me estaba matando dio un vuelco violento, como si supiera que eran sus últimos minutos dentro de mi pecho. Los camilleros entrararon corriendo, el techo del hospital comenzó a pasar a toda velocidad sobre mis ojos y el caos de las sirenas se apoderó de la noche.
Mientras me deslizaban hacia el quirófano, me llevé la mano temblorosa al centro del pecho. Sentí esos latidos agónicos, débiles, y pensé en esa persona desconocida que, al apagarse, me estaba encendiendo a mí.
—Gracias... —susurré hacia la nada, con los ojos empañados en lágrimas—. Te prometo que voy a cuidar de tu corazón. Lo haré latir con todas mis fuerzas. Por las dos.
En ese momento, anestesiada y al borde del desmayo, yo no tenía idea de que a solo unos kilómetros de distancia, un frío y amargado magnate llamado Alexander Vance lloraba con rabia ciega sobre el cuerpo sin vida de su prometida. No sabía que el corazón que estaba a punto de salvarme la vida traería consigo sus propios recuerdos, sus propios secretos y una atracción magnética hacia un hombre de hielo que jamás había visto.
Yo solo sabía que quería vivir. No me imaginaba que el precio de mi salvación sería quedar encadenada al destino de un monstruo corporativo que me amaría y me destruiría con la fuerza de un corazón que, antes de ser mío, ya le pertenecía a él.
Alexander (Xander) Vance.
La lluvia de Nueva York golpeaba con una fuerza salvaje los cristales de mi oficina en el último piso de la Torre Vance. Las luces de la ciudad abajo se desdibujaban, borrosas, como si el mundo entero se estuviera deshaciendo. En mi mano derecha sostenía un vaso de whisky intacto; en la izquierda, un informe médico que amenazaba con destrozar entre mis dedos.
A mis treinta y dos años, se decía en Wall Street que yo era un hombre implacable, el depredador definitivo del mundo corporativo. Pero esa noche, mis miles de millones no servían para nada. No podían comprar lo único que le suplicaba al maldito universo: tiempo.
La puerta se abrió con un roce suave. Marcus, mi abogado y único amigo, entró con el rostro sombrío. No necesité que hablara para sentir el primer hachazo de hielo en el pecho.
—Alexander —su voz sonó baja, arrastrando una lástima que me revolvió el estómago—. Los médicos del hospital presbiteriano acaban de llamar. La situación de Katherine no ha cambiado. El daño cerebral tras el accidente es irreversible. Está en estado vegetal... puramente mecánico.
No me moví. No parpadeé. Mi mandíbula se tensó tanto que dolió, sintiendo cómo el frío empezaba a invadirme el cuerpo. Katherine. Mi prometida. La mujer con la que iba a casarme en un mes.
—Los padres de Katherine están ahí —continuó Marcus, midiendo cada palabra como si temiera detonar una bomba—. Ellos... ellos recordaron el documento que ella firmó. Quieren cumplir su última voluntad, Alexander. Quieren donar sus órganos. Quieren desconectarla esta misma noche.
El vaso de whisky estalló contra el suelo de mármol. El sonido del cristal rompiéndose rompió mi autocontrol. Me giré hacia él con una furia ciega, sintiendo la sangre arder en mis ojos.
—¡No! —rugí, avanzando hacia él, acorralándolo—. ¡No van a tocarla! ¡Mientras yo respire, nadie va a apagar esas malditas máquinas! ¡Voy a pagar a mejores especialistas! ¡Traigan médicos de Europa, de Asia, de donde sea! ¡Me importa un demonio el dinero!
—¡Alexander, escúchame! —Marcus me tomó de los hombros, obligándome a mirarlo con una crudeza destructiva—. No hay tratamiento médico en el mundo que devuelva la vida a un cerebro muerto. Katherine se ha ido. Lo único que queda en esa cama es un cuerpo sostenido por cables. Sus padres quieren que su muerte sirva para algo. Ella quería salvar vidas. Déjala ir.
Solté una risa amarga, un sonido desgarrado que no tenía nada de humano. El dolor me estaba rompiendo por dentro, y de las piezas rotas solo estaba quedando un bloque de hielo indomable.
—¿Salvar vidas? ¿A cambio de dejarme a mí en este maldito infierno? —mi voz descendió a un susurro peligroso, gélido—. El amor es una debilidad, Marcus. Mira lo que me ha hecho. No volveré a ser débil. Si ella se apaga esta noche, mi capacidad de sentir se apaga con ella. A partir de mañana, solo existirá el negocio. No habrá espacio para nada más.
Apenas a unos kilómetros de distancia, el destino se burlaba de mi desgracia en la sala de emergencias de un hospital público. Allí, el olor a antiséptico y el pitido agónico de los monitores envolvían a una chica que no conocía, una joven humilde llamada Mía Montenegro que luchaba por dar su último suspiro.
Mientras yo me encontraba en una suite de lujo de ese mismo complejo hospitalario, viendo cómo los médicos cubrían el rostro sin vida de Katherine. Vi cómo se llevaban su cuerpo hacia el quirófano de donaciones, dándole un cierre maldito y trágico a mi existencia.
Mía tampoco sabía que el órgano que estaba a punto de entrar en su pecho la encadenaría para siempre a mí. Un corazón que, incluso latiendo en un cuerpo ajeno y viviendo una vida humilde, recordaba perfectamente a quién le pertenecía, obligándome a buscarla, a odiarla y a amarla con la fuerza de un fantasma del que nunca podré escapar.
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Última actualización: 7/16/2026
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