Capítulo 3 3. Anne - ¿Dónde está el novio? 2
Después de que ha pasado una hora, está más que claro que Dimitri o llega tarde o no va a venir. Espero que sea lo segundo.
El oficiante de la boda no deja de mirar su reloj, mientras mi padre se pone de pie y empieza a caminar de un lado a otro por la habitación. Está furioso. Y eso nunca es buena señal, porque cuando se enfurece es impredecible. Pero por una vez no me importa, porque en el fondo siento que Dios por fin ha escuchado mis oraciones y ha puesto fin a este ridículo matrimonio —si es que puedo llamarlo así— antes de que siquiera tuviera la oportunidad de empezar.
Al final, el oficiante se levanta.
—Me temo que no puedo esperar más. Tengo otra cita.
Mi padre intenta detenerlo.
—Estoy seguro de que el novio estará aquí en cualquier momento.
El oficiante pasa junto a mi padre.
—Pueden reprogramarlo para otro día —dice antes de irse.
Debería sentir alivio porque Dimitri no se presentó, pero ahora me asusta cómo va a reaccionar mi padre.
Para mi sorpresa, solo me dice:
—Ve a tu cuarto mientras hago unas llamadas.
Se dirige a su oficina mientras yo salgo de la sala. Mientras subo las escaleras hacia mi habitación, rezo para que algo haya intervenido, haciendo imposible que Dimitri venga hoy. O nunca.
Mis oraciones nunca han sido respondidas, pero aun así nunca he dejado de creer que algún día Dios se apiadaría de mí y me permitiría saber lo que es la felicidad. Yo solo conozco la tristeza. Dudo que haya habido un momento en mi vida en el que haya sentido otra cosa que no fuera tristeza.
Ya en mi habitación, me cambio el vestido por algo más cómodo. Luego tomo uno de mis libros —sobre los antiguos mayas— y me siento en mi escritorio a leer.
Rayan entra en mi habitación un par de horas después. Yo sigo leyendo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta, asomándose por encima de mi hombro—. ¿Leyendo? Qué aburrido.
—No es aburrido —lo contradigo.
Él me arrebata el libro y se sienta en mi cama, hojeándolo.
—Sí lo es cuando es sobre historia.
Se detiene para mirar la portada.
—¿Antiguos mayas?
Me mira.
—¿Por qué no puedes leer lo que leen las otras mujeres? Libros cochinos —añade con una sonrisa.
Parpadeo.
—¿Libros cochinos?
¿Así les llama a las historias románticas?
—Porquería. Es lo único que lee Lucy. Está obsesionada con un autor. ¿Cómo se llama?
Se toma un par de segundos para pensar. Luego chasquea los dedos.
—Tyson St. Clair. Siempre anda caliente después de leer uno de sus libros. Me acaba de hacer una mamada en el cuarto de lavado.
Una sonrisa le tira de las comisuras de la boca.
—Deberías haber visto cómo se atragantaba con mi verga.
¡Qué asco! No quiero oír sobre su vida sexual.
Suelto un suspiro.
—¿Por qué estás aquí, Rayan?
Se ve sorprendido por mi pregunta.
—Le prometí a Lucy que la sacaría esta noche. ¿Puedo pedirte dinero prestado?
—No tengo —digo.
Su sonrisa se desvanece.
—Vamos. Sabes que te lo voy a devolver.
—Siempre dices eso, pero nunca cumples tu promesa.
Es mi culpa que Rayan siga pidiéndome dinero, porque siempre dejo que me use como si yo fuera un cajero automático.
Rayan nunca acepta un «no» por respuesta, así que empieza a explicar:
—Mira, ahorita estoy en un aprieto terrible.
—Siempre dices eso —le recuerdo.
—No es mi culpa que tu padre se niegue a darme más dinero... hasta que ponga mi vida en orden... sea lo que sea que eso signifique —murmura—. Vamos, Anne. Esta es la última vez que te pido dinero. El papá de Lucy me está ofreciendo un puesto en su empresa. Empiezo la próxima semana.
Dudo que aguante más de una semana. Lo despidieron de sus últimos tres trabajos, ya fuera por llegar tarde con demasiada frecuencia o por pasarse el día sentado en su escritorio sin hacer nada.
—Te pago en cuanto me llegue el primer cheque —insiste.
—Aunque quisiera prestarte dinero... —y la verdad es que no quiero—, no tengo —miento.
Por supuesto, Rayan no me cree.
—Tú siempre tienes dinero.
Mi pasión por la historia me ha llevado a estudiar artefactos históricos y a descubrir cuánto está dispuesta a pagar la gente por ponerle las manos encima a un pedazo del pasado. Comprar y vender objetos históricos me ha permitido ganar un par de cientos de dólares al mes. A veces más que eso.
Solo empecé a trabajar en el refugio de animales para explicar por qué de pronto tengo dinero.
Rayan sigue hablando:
—Además, has estado trabajando en el mismo lugar por más de un año. Estoy seguro de que tienes ahorros.
Los tengo, pero nunca dejaré que Rayan lo sepa. Así que le miento otra vez:
—¿Cómo voy a tener algo ahorrado si me la paso dándote dinero?
—No entiendo por qué siempre tienes que estar fastidiando con eso —dice mientras se levanta de la cama y va hacia donde guardo mi bolso, saca mi cartera y la abre.
Me pongo de pie.
—¡Devuélveme eso!
—Relájate, hermanita. Al final somos familia, y la familia se cuida —dice, mientras saca trescientos dólares de mi cartera.
—¡Ese es todo mi dinero! —me quejo.
Él se ríe.
—¿Eso es todo lo que ganas en tu trabajo de porquería?
—Ayer fue mi último día. Papá me dijo que tenía que renunciar porque... me voy a casar.
Chasquea la lengua.
—Qué lástima que el novio nunca apareció.
No le digo lo aliviada que me siento en realidad.
Se coloca frente a mí y alarga una mano para tocarme la cara, pero me aparto antes de que sus dedos puedan rozar mis cicatrices.
—¿Crees que se enteró de que un perro casi te arrancó la cara de un mordisco, que te dejó como Frankenstein, y por eso se largó y te dejó plantada?
