Capítulo 5 5. Anne - ¿Dónde está el novio? 4
Si están aquí para llevarme con Dimitri, ¿eso significa que también trabajan para la Bratva?
Los observo de reojo, por debajo de las pestañas. Yuri tiene ahora sombra de barba y unos lentes apoyados sobre la nariz; le quedan bien. Antes era tímido, se sonrojaba cada vez que Isla le hablaba. Pero ese muchacho ya no existe. El hombre que está de pie frente a mí parece pasar horas en el gimnasio, con los músculos tensándose bajo su camiseta negra. Tiene los brazos y el cuello cubiertos de tinta, y solo puedo imaginar cuántos tatuajes más esconde bajo la tela.
Yuri no es el único con tatuajes. El brazo derecho de Ivan está cubierto por una manga de tatuajes, y tres aretes redondos de plata relucen en su oreja derecha. Debajo del cuello de su camiseta asoman más tatuajes, trepándole por el cuello. Él también lleva sombra de barba, más espesa que la de Yuri.
Como era de esperarse, Dominick también tiene barba, aunque la suya, de color castaño oscuro, es más larga que la barba negra de Yuri o de Ivan. También tiene tatuajes, aunque menos que los otros dos.
A pesar de su apariencia ruda, los tres son devastadoramente guapos.
El corazón me aletea en el pecho. Aunque hace tanto que no los veo, todavía hay amor en mi corazón, en mi alma, por ellos. Ellos fueron mis primeros amores, pero Isla era el amor de ellos. Yo no era nada para ellos, pero ellos lo eran todo para mí.
Qué patética fui al enamorarme de esos hombres —muchachos en ese entonces— que solo tenían ojos para mi hermana.
Ellos también me estudian.
Todavía puedo recordar las palabras que Yuri me dijo la última vez que me habló: haré que pagues por lo que le hiciste a Isla, aunque me tome toda la vida hacerlo.
No creo que Yuri, Dominick e Ivan estén aquí para llevarme con Dimitri. No. Están aquí para cumplir la promesa que me hicieron.
Ha llegado el momento de pagar por su muerte.
Debería tener miedo de morir, pero no lo tengo. Lo único que me pregunto es si dolerá o si serán rápidos. Espero que sea lo segundo. Pero estoy segura de que me harán sufrir hasta el final.
Dominick se pone de pie.
—Tenemos que irnos.
Yo también me levanto.
—¿Tan rápido? —no puedo evitar preguntar.
Se le tensa la mandíbula, pero se niega a mirarme. O incluso a hablarme directamente. Le dice a mi padre:
—Nuestro avión sale en dos horas. Tenemos que ir al aeropuerto ahora.
Un ceño fruncido marca la frente de mi padre.
—¿Al aeropuerto? Creí que Dimitri estaba en Veross City, retrasado por trabajo. Y nunca llamó para decir que no llegaría aquí a tiempo.
Ivan se pone de pie y se encoge de hombros.
—Surgió algo, y Dimitri tuvo que regresar a Rusia antes de lo planeado. —Inclina la barbilla en mi dirección—. Debemos llevarla a Moscú, donde Dimitri la estará esperando. Se casarán allí.
—Eso no fue lo que Dimitri me dijo —protesta mi padre.
Yuri mira fijamente a mi padre.
—En el momento en que aceptó que su hija se convirtiera en la esposa de Dimitri, pasó a formar parte de la Bratva. Ya no es asunto suyo. La llevaremos a Rusia. Fin de la discusión.
El rostro de mi padre se enrojece de rabia, pero dice:
—Muy bien.
Narcissa se levanta apenas lo suficiente para abrazarme y me susurra al oído:
—Sácale hasta la última gota de sangre a tu marido. Haz que gaste en ti hasta la última moneda.
Hago una mueca. Peor aún, estoy segura de que Dominick, Ivan y Yuri la oyeron, ya que ni siquiera se molestó en ser discreta. Puede que me odien, pero no quiero que piensen que me importa el dinero.
—Yo no... —empiezo a explicar, pero Ivan me interrumpe.
—Vamos —dice, con un tono frío. Impersonal.
Se me forma un nudo en la garganta.
Estoy a punto de regresar a Rusia, un lugar que una vez amé por culpa de los tres hombres que están de pie frente a mí. Un lugar que juré no volver a pisar jamás y, sin embargo, aquí estoy, a punto de ser arrastrada de vuelta.
—Voy a ir por mi equipaje —digo.
—Genial. Más retrasos —murmura Ivan mientras me apresuro hacia la escalera.
Subo deprisa, sin querer darles otra razón para despreciarme. Solo tengo una mochila y una sola maleta… llena de libros.
Me aseguro de que Arthur esté bien guardado dentro de mi mochila y de que mi pasaporte y mi cartera estén en mi bolso. Incluso reviso el teléfono que mi padre no sabe que tengo, oculto muy al fondo entre mi ropa.
Después de colgarme la mochila a los hombros y agarrar mi bolso, rodeo con ambas manos el asa de la maleta. Pesa más de lo que esperaba, y enseguida me doy cuenta de que quizá empaqué demasiados libros.
Estoy debatiéndome si dejar algunos cuando Dominick aparece en lo alto de las escaleras, seguramente enviado a ver qué me pasa.
Se burla al verme forcejear.
—¿Qué carajos te está tomando tanto tiempo?
—Yo… mi maleta… —murmuro, intentando explicarme.
—¿Qué pasa con ella? —me espeta.
Bajo la mirada a mis tenis gastados.
—No creo poder bajarla por las escaleras —trago saliva antes de atreverme a preguntar—. ¿Crees que puedes ayudarme?
Da un paso y se planta justo frente a mí.
—No soy tu mandadero —dice condescendiente mientras me arranca la maleta de las manos. Alza las cejas—. ¿Qué demonios tienes aquí?
—Libros —respondo automáticamente.
Resopla y se dirige escaleras abajo, llevándose la maleta. Yo voy detrás.
Yuri e Ivan ya no están en la sala. Narcissa también se fue. Solo queda mi padre, esperándome.
—¿Puedo decirle unas palabras a mi hija antes de que se vaya? —pregunta—. ¿Quién sabe cuándo la volveré a ver? —Finge ser un padre cariñoso cuando no lo es.
La comisura de la boca de Dominick se curva en una media sonrisa helada.
—Tienes un minuto —dice antes de salir con mi maleta.
—No tienes idea de lo feliz que estoy de no tener que ver tu cara asquerosa nunca más —escupe mi padre, veneno en cada palabra—. Eres la única responsable de la muerte de tu hermana. Si no la hubieras empujado al lago ese día, todavía estaría aquí.
Se inclina hacia mí; sus ojos relucen con malicia.
—Todo porque Dominick, Yuri e Ivan no te dieron la atención que querías. Espero que jamás te perdonen. Yo nunca lo haré. Ellos son parte de la Bratva. Por lo que he oído, no tienen piedad. No les importa quién salga lastimado. Mujeres, niños, hombres… para ellos es lo mismo. Y te van a hacer daño.
Algo extraño me sube por la garganta.
—Creí que me iba a casar con Dimitri —susurro.
Por supuesto, mi padre me golpea. Esta vez, su puño me pega debajo de las costillas derechas. Aspiro el aire y me doblo hacia adelante, sin aliento.
—¿Para quién crees que trabajan Dominick, Yuri e Ivan? Para Dimitri —se burla, luego me da la espalda y se va.
Me tiemblan las manos. Necesito a Arthur, pero no me atrevo a sacarlo de la mochila. Las lágrimas me bailan en los ojos. No puedo hacer esto. No puedo ir a Rusia.
Aprieto las correas de mi mochila. Necesito a Arthur. Solo por un par de segundos.
Respira.
Mantengo la mirada clavada en mis zapatos.
Concéntrate en cosas que puedas ver.
El piso de caoba.
Bien. Otra.
Mis pies empiezan a moverse.
La puerta principal.
Ya van dos. Una más.
Agarro la manija y abro la puerta.
El pavimento.
Bien.
Una SUV negra está estacionada frente a la casa. Ivan, Dominick y Yuri están dentro.
—Mete el trasero. Tenemos que irnos, ya —ladra Dominick.
Me deslizo al asiento trasero junto a Yuri; está tecleando furiosamente en su teléfono, fingiendo que no existo. Me pongo el cinturón, luego coloco mi mochila sobre el regazo.
—Тупая сука —murmura Ivan mientras enciende el motor.
