Capítulo 4 Capítulo 4. NO SOY TUYA.

POV Elena.

Llegamos a la mansión pasadas las doce, y justo cuando bajo del coche de Tomás las luces del garaje se encienden solas, como si alguien hubiera montado el escenario para humillarme. Mi madre y Alexander bajan del Mercedes riéndose bajito, ella con el vestido negro que le queda de muerte, él con un botón de más abierto, oliendo a colonia cara y a cena de dos. Me quedo clavada en la acera.

—¡Hija! ¿Llegando a esta hora? —Mi madre se acerca encantada, sin una gota de sospecha, y me besa la mejilla.

—Estudiando con un compañero —miento, y noto el calor subirme a la cara—. Mamá, Alexander… este es Tomás, de la uni.

Tomás les da la mano, educado. Mi madre le sonríe con ese coqueteo que le sale sin querer. Alexander solo asiente, pero sus ojos me recorren enteros y se paran en mi boca, y entiendo el mensaje sin que diga una palabra. Me despido de Tomás con dos besos castos que me queman más por quién los mira que por quién me los da, y entro en la casa casi corriendo.

Subo, echo el pestillo y me meto en la ducha con el agua tan fría que me corta la respiración. Bien. Que corte. Salí una noche con un chico decente, guapo, que no está casado con mi madre, y ni así pude besarlo sin que la boca de Alexander se me metiera en la cabeza. Patético. Y lo peor es que lo sé.

Me pongo el pijama gris, el que me hace sentir invisible, y ya voy a dejar el móvil en la mesilla cuando vibra.

Alexander. Recuerda que eres mía. Y no me gusta que toquen lo que es mío.

Lo leo dos veces. Suya. Como el Mercedes, como la mansión, como el reloj que le costó más que mi carrera entera. Escribo tres respuestas con veneno y las borro todas. Apago el teléfono de un golpe, me trago un somnífero de la cajita del baño y me hundo en la almohada antes de darle tiempo a la culpa a acomodarse.

Me despierto a las seis y media con una sola idea fija: hoy no lo veo. Me visto a oscuras, falda negra, blusa blanca, coleta tirante, y salgo sin desayunar y sin cruzarme con nadie. En la oficina me encierro en mi puesto y finjo que los correos me importan, aunque los dedos me tiemblan sobre el teclado y no engaño ni al ratón.

A las diez en punto entra el mazazo. De: Alexander Valverde. Asunto: Ahora mismo. Mi despacho.

Entro. Está de pie junto a la puerta y la cierra en cuanto paso; el pestillo hace clic y el sonido me recorre entera.

—¿Por qué ignoraste mi mensaje? —Voz baja, peligrosa, esa que me desarma—. ¿Qué te pasa, Elena?

Y por fin exploto. —No quería fastidiaros la noche romántica con mi madre —escupo—. Además, ¿con qué derecho me reclamas nada? Cenas con ella, le sonríes, subís juntos… y a mí me mandas mensajes de dueño. Eres un cínico, Alexander. Un hipócrita.

Da un paso. Me agarra del cuello, sin apretar, lo justo para que sienta su pulso contra el mío, y me pega a la pared.

—Con este derecho —susurra, y me besa.

Y ahí se me cae el teatro entero. El beso es rabioso, sin aire, lleno de todo lo que no nos decimos. Me sube la falda de un tirón, me arranca las bragas, me levanta como si no pesara y caemos sobre la alfombra. Se coloca encima, me abre las piernas con la rodilla.

—No eres mía, ¿verdad? —gruñe, soltándose el cinturón—. Pues ahora lo vas a recordar.

Me penetra de una sola embestida, sin piedad, y el grito se me ahoga contra su mano. Me folla duro, hondo, cada golpe un reclamo, y las lágrimas me resbalan por las sienes; no de dolor, de esta culpa que no se me quita ni corriéndome.

—Dilo —ordena, sin bajar el ritmo, la boca en mi oreja—. De quién eres.

—No… —Le clavo las uñas en la espalda, aguanto un segundo más. Me muerde el cuello y acelera, justo en el punto que me hace ver blanco.

—Dilo, joder. Dilo o paro.

—Soy tuya… —Me rindo, el cuerpo traicionándome en oleadas—. Maldita sea. Soy tuya.

Me sube las caderas del suelo para clavarse más hondo, y me rompe y me arma otra vez con cada embestida, hasta que me corro gritando su nombre contra su palma. Él me sigue segundos después, derramándose dentro con un gruñido que le sale del alma.

Se queda encima, respirando en mi cuello, todavía dentro, como si soltarme le costara la vida.

—No vuelvas a salir con otro —murmura, y ya no suena a dueño, suena a súplica—. No lo soportaría.

Y ese es el problema. Que lo dijo él, pero la que acaba de confesar en voz alta que es suya fui yo, sin que me obligara del todo. Cierro los ojos contra el suelo de su despacho y hago la única cuenta que me importa: llevo meses perdiendo cada pelea contra él. Y por primera vez me da más miedo el día en que deje de pelear.

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