Capítulo 5 Capítulo 5: Huida.
POV Elena.
El placer todavía me tiembla en las piernas cuando la culpa me cae encima, y esta vez no viene despacio: me llena la boca, el pecho, hasta que casi no puedo respirar sobre la alfombra de su despacho. Su peso sigue encima de mí, su aliento en mi cuello, y de golpe todo huele a error, a lo que acabo de hacer, a lo que soy. Lo empujo con las dos manos.
—Elena, espera. —Alexander se incorpora rápido, la voz ronca, e intenta cogerme del brazo.
Me zafo como si me quemara. Me subo las bragas, me bajo la falda arrugada y me pongo de pie tambaleándome, buscando los zapatos que ni recuerdo haberme quitado.
—No. —Me sale entre dientes, con las lágrimas ya cayendo—. Se acabó, Alexander. Aquí. Otra vez.
Él dice mi nombre una vez más, pero yo ya no lo escucho.
Salgo corriendo sin mirar atrás, sin importarme que su secretaria levante la vista de la pantalla y me vea con el pelo revuelto, la blusa mal abrochada y la cara ardiendo. Los tacones me suenan como disparos por el pasillo enmoquetado. Alexander me sigue, llamándome bajito para no montar un número delante de todos, pero llego al ascensor justo cuando se abre y aporreo el botón de la planta baja como si me fuera la vida en ello. Las puertas empiezan a cerrarse. Él llega un segundo tarde, con la mano estirada, y alcanzo a ver el pánico puro en su cara antes de que el metal nos separe. Bien. Que se joda. Que sepa por una vez lo que es quedarse del otro lado de una puerta.
El ascensor baja y me apoyo en el espejo, mirándome hecha un desastre. Ahí está: la otra. La amante. La que se acuesta con el marido de su madre en horario de oficina.
Salgo a la calle y el mediodía de Madrid me recibe con un rugido de tráfico y un sol que ciega. Camino rápido, sin rumbo, como si se pudiera dejar atrás algo que llevas dentro. No puedo volver a la mansión. No puedo sentarme a cenar frente a mi madre con él en la cabecera, pasándome el pan como si nada. Solo se me ocurre un sitio en toda la ciudad donde no tenga que fingir.
Los pies me llevan solos al edificio de Marcos, ese rascacielos del centro donde vive en el ático que heredó de su padre. La portera me conoce de tantas veces que me deja subir con una sonrisa, sin preguntar por qué vengo hecha unos zorros. Entro y el silencio del apartamento me traga entero. Vistas de toda la ciudad, muebles que parecen de revista, y a mí todo ese lujo solo me sirve de escondite.
Saco el móvil con las manos temblando y le escribo lo único que soy capaz de teclear: Crisis existencial. Me voy a acabar tu reserva de cerveza. Y lo apago antes de leer la avalancha de Alexander que ya noto vibrar debajo: los «¿dónde estás?», los «háblame», los «no me hagas esto». Hoy no. Hoy no puedo con su voz metida en la cabeza.
Abro su nevera, que conozco mejor que la mía, y saco una cerveza. La primera baja amarga, como un castigo merecido. La segunda ya no la saboreo. La tercera pierdo la cuenta, y para cuando el cielo de Madrid se pone naranja tras los ventanales ya estoy hecha un ovillo en el sofá de cuero, rodeada de latas vacías, hablándole a un techo que no contesta.
Marcos llega pasadas las ocho. Oigo la puerta, sus pasos, y luego el silencio de golpe cuando me ve.
—Elena… —Suelta el maletín en el suelo, se agacha a mi altura y me quita de la mano la lata a medias—. ¿Hasta cuándo te vas a hacer esto? Ni cuando Emilio te engañó y te dejó tirada te vi tan hecha polvo. ¿Qué coño pasa ahora?
Se me escapa un eructo ridículo que me hace reír como una histérica un segundo entero, justo antes de romper otra vez a llorar, esta vez sin poder parar.
—Soy lo peor que hay, Marcos —consigo decir entre hipidos—. Me estoy acostando con el marido de mi madre. Con mi padrastro. Llevo meses. Y no soy capaz de parar. No merezco que nadie me llame hija.
No hay juicio en su cara. Solo pena, que a veces duele más que el desprecio. No me suelta un sermón, no me pregunta cómo he podido. Me levanta con cuidado, me sostiene cuando me tambaleo y me mete bajo una ducha fría sin soltarme el brazo ni un segundo, aguantando que le empape la camisa. Después me pone un pijama suyo que me queda enorme, me acuesta en la cama de invitados y se queda hasta que me duermo, como cuando éramos críos y el mundo era mucho más pequeño.
Por la mañana la resaca me parte la cabeza en dos. Huelo el caldo antes de ver a Marcos entrar con una bandeja: caldo, un analgésico, un vaso de agua bien frío.
—Tu madre llamó anoche —dice, sentándose en el borde de la cama—. Le conté que salimos de fiesta y que dormías la mona. Se lo tragó enterito. —Me revuelve el pelo—. Hoy cancelo todo. Nos quedamos aquí viendo pelis malas y comiendo porquerías, y te quejas de la vida todo lo que te dé la gana.
—No sé qué haría sin ti —murmuro, y lo digo de verdad.
—Morirte de hambre, seguramente. Come.
Y eso hacemos. Yo picoteo, él devora, y ponemos una de esas comedias que acaban en boda y que hoy me saben a burla privada. Por un par de horas casi me lo creo: que estoy a salvo, que esto es un fin de semana cualquiera, que basta con apagar el móvil para que Alexander deje de existir.
Pero lo conozco. Sé cómo mira lo que considera suyo. Y los hombres como él no se quedan nunca al otro lado de una puerta cerrada: esperan, con paciencia, a que la abras tú misma.
