Capítulo 4 Limpieza de deudas
El lujo del interior del auto era abrumador, una burbuja de cuero costoso, olor a limpio y silencio hermético que se sentía obscena en comparación con el aire pesado de la noche caraqueña. A esa hora las calles parecían más peligrosas y vacías que nunca. Carlos conducía con calma, como si la ciudad le perteneciera por completo.
—Estás pensando en las deudas de tu madre, ¿cierto? —preguntó Carlos. Su voz era baja y modulada.
Ariel apretó las manos sobre su regazo, tragando seco para disimular el temblor de sus dedos. Intentó aferrarse a la calma mental que practicaba en sus guardias de los hospitales, tratando de sonar más segura de lo que realmente estaba.
—Es lo único que me importa ahora —respondió, mirando de reojo el perfil afilado del hombre—. Necesito saber que el señor Alberto y los demás van a cobrar lo que se les debe. Quiero que ella pueda caminar por la calle sin agachar la cabeza ante nadie.
Carlos soltó una pequeña risa, un sonido seco que le erizó la piel a Ariel de inmediato.
—Por supuesto. Y te diré una cosa, tu madre tiene más deudas de las que crees, Ariel. Por eso estaba tan preocupada por ti y no quería involucrarte en esto. Pero ahora que has firmado, el panorama cambia. Me dedicaré personalmente a eliminar a cada uno de ellos, uno por uno, sin excepción alguna.
Ariel sintió que el corazón se le detenía en el pecho, congelándosele la sangre en las venas. La palabra "eliminar" había salido de la boca de Carlos con una naturalidad tan pasmosa, tan desprovista de peso moral, que le revolvió el estómago al instante. En un segundo, su mente se convirtió en una galería de horror: la imagen del señor Alberto —el hombre viejo y cansado que le había fiado el pan con una sonrisa cuando ella era una niña— siendo ejecutado por un matón en su bodega, se volvió una tortura instantánea.
El tema de la muerte siempre había sido una herida abierta para Ariel; la ausencia de su padre era un vacío negro que arrastraba desde la infancia, un dolor que nunca había aprendido a sanar. Para ella, el final de la vida era algo terrorífico, un abismo absoluto, y sentir que otras personas, gente inocente de su pasado, podrían cruzar de manera violenta por culpa de su firma le generó un terror enorme.
—¿Qué? ¡No! —gritó, perdiendo por completo los papeles. Estiró la mano con desesperación y agarró el brazo de Carlos, hincando las uñas en la tela de su chaqueta—. ¿Cómo puedes decir algo tan cruel? ¡Eso no es lo que pedí! Solo quiero que les pagues, que cierres las cuentas legalmente. ¡No hay necesidad de violencia!
Carlos ni se inmutó por el agarre. No desvió la camioneta ni un milímetro de la vía.
—Qué lástima, Ariel. Ya he dado las órdenes —respondió él con una frialdad que la dejó completamente muda—. En mi mundo, las deudas no se pagan solo con billetes. Se pagan con silencio. Si alguien se atrevió a humillar a la hija de Brenda por un puñado de dólares, ese alguien ya no tiene un lugar en mi ciudad.
Ariel soltó el brazo del chofer y se hundió en el asiento de cuero, atrapada en un pánico paralizante que le impedía respirar. El auto seguía avanzando rápido por las avenidas oscuras, convirtiéndose en una celda en movimiento. Mientras ella intentaba procesar el horror del monstruo con el que acababa de pactar, Carlos estiró el brazo derecho y, sin mirarla, le extendió una carpeta oscura.
—Lee esto antes de juzgarme —le ordenó
Con las manos torpes por el miedo, Ariel abrió la carpeta. La luz iluminó las páginas, y en ese instante, el mundo pequeño y ordenado que la enfermera creía proteger se fragmentó en mil pedazos. Su madre no era inocente, abnegada y víctima de las circunstancias que ella había adorado toda su vida.
Frente a sus ojos desfilaron registros de transferencias bancarias millonarias a cuentas puente en el extranjero, fotografías nítidas de Brenda compartiendo mesas VIP y reuniones privadas con hombres de rostros duros y armados, y documentos oficiales que probaban, sin margen de error, que su madre había sido la contadora principal de la misma organización criminal que Carlos ahora lideraba. Las "deudas" de las que hablaba Brenda no eran facturas atrasadas de comida ni préstamos de barrio; eran el saldo pendiente por un dinero gigante que se había perdido bajo su custodia, fondos que pertenecían a la familia de Carlos.
Ariel cerró la carpeta lentamente, sintiendo el peso de la traición más amarga. Brenda no la había mantenido al margen para protegerla. La había estado usando como un escudo humano de última hora, sabiendo perfectamente que el extraño y oscuro interés que Carlos sentía por Ariel sería la única carta disponible en el mundo para limpiar su propio pasado manchado de sangre.
