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Amor bajo Fianza

Amor bajo Fianza

Romer Labrador · Completado · 137.1k Palabras

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Introducción

En una Caracas asfixiante, Ariel Mendoza intenta sostener el hogar que comparte con su madre mientras lidia con las demandas de sus estudios de enfermería. Sin embargo, el peso del silencio y las deudas terminan por acorralarla. Buscando una salida, Ariel cruza la puerta de vidrio de un mundo desconocido y acepta una propuesta tan fría como peligrosa: un matrimonio por contrato con Carlos, "El León", un hermético hombre del asfalto y los talleres de Guarenas.

El contrato de la discordia establece las reglas: ella aporta su perfil civil intachable para blindar los movimientos de una exportadora y, a cambio, obtiene la limpieza de deudas que asegura la estabilidad de su madre. Pero en la frontera de la legalidad, el dinero nunca es gratis. Al firmar, Ariel asume el peso de la corona como la esposa de fachada de una estructura que mueve el mineral del sur del país en las sombras.

Lo que comenzó como un pacto de conveniencia estalla cuando el Ministerio desata una cacería humana para enterrar los registros de la empresa. Obligados a convivir en la intimidad forzada de una pick-up en fuga por la Troncal del Caribe, el uniforme clínico queda atrás y el contrato se convierte en un chaleco antibalas. Entre alcabalas corruptas y una tregua de treinta días que se desangra, Box31 es su última defensa en una ruta donde la fianza de su libertad se pagará con plomo o con papeles limpios.

Capítulo 1

—¡No hay nada, mamá! Ni siquiera para un café —sentenció Ariel, cerrando la puerta de la alacena con un golpe fuerte que retumbó en las paredes de la cocina.

El sonido fue seguido de un silencio denso, esos silencios incómodos y desesperantes. Ariel se quedó de espaldas, tratando de controlar el temblor de sus manos. La ciudad de Caracas seguía su ritmo caótico, todos en sus vidas, donde cada persona vive para sí y su familia, pero dentro de esa pequeña casa, nadie sabía lo que se estaba viviendo. Esa mañana, la realidad de los años de abandono de su padre y la precariedad del sueldo de maestra de su madre, Brenda, habían colapsado finalmente sobre ellas.

Ariel no solo acababa de descubrir que no cenarían; había descubierto que la dignidad de su familia estaba en riesgo. Brenda, sentada a la mesa con una taza de agua tibia entre las manos, no levantó la mirada. Su silencio era la confirmación de una derrota que venía gestándose desde hacía meses.

—Lo siento, hija. El pago del salario se retrasó de nuevo —susurró Brenda, con una voz triste.

Pero Ariel ya sabía que no era solo el retraso del pago. Esa misma mañana, de camino a la universidad, se había encontrado con la realidad de frente. El señor Alberto, el dueño de la bodega del barrio donde siempre habían comprado, la llamó desde la entrada de su local.

—Ariel, ven acá un momento, por favor —le dijo el hombre. No había malicia en su tono, pero sí preocupación.

—¿Qué pasa, señor Alberto? ¿Algún problema? —preguntó ella, tratando de mantener la compostura.

—Tu mamá... Brenda ya me debe demasiado, hija. Mira la libreta —le mostró el cuaderno con una lista de tachaduras y números que hacían que a Ariel se le nublara la vista—. Casi me va a entregar el sueldo completo cuando le paguen solo para ponerse al día, y aún así no va a alcanzar. Te lo digo porque te aprecio, pero ya no puedo fiarle más. Los proveedores no me esperan a mí. — Dijo con tono serio, pero colmado de compasion.

Ariel sintió frustración y furia. La vergüenza era algo muy notorio en su rostro. Ella, la estudiante ejemplar de enfermería, la que ahorraba cada céntimo, estaba viviendo de la caridad de un hombre que también apenas sobrevivía.

— Ya vengo — Fue lo que pudo decir, en ese momento se regresó rápidamente a su casa, fue hasta su cuarto inmediatamente buscando algo entre su ropa, con la voz de su madre de fondo, preguntando qué ocurría y porqué había regresado. Ariel no le dio respuesta, solo una mirada seria y dura que desvió cuando salía nuevamente de su casa.

— Señor Alberto — Sin pensarlo dos veces, metió la mano en su bolso y sacó un sobre pequeño. Eran sus ahorros de casi un año; el dinero destinado a comprarse un teléfono celular para poder estudiar mejor y comunicarse en sus guardias.

—Tome, señor Alberto. Aquí hay algo. No es mucho, pero es todo lo que tengo —dijo entregándole los billetes.

El hombre los contó lentamente, con una mueca de lástima que Ariel odió profundamente. —Esto apenas cubre la mitad de la deuda de tu madre, Ariel. Dile que venga a hablar conmigo.

Ariel fue a la Universidad aun con vergüenza, fue difícil concentrarse ese día en sus estudios y cuando regresó a la casa, se encontró a su madre haciendo la limpieza del hogar.

En ese momento recordó lo acontecido temprano con el señor Alberto, esa escena se repetía en la cabeza de Ariel mientras miraba a su madre en la cocina. El sacrificio del teléfono no había servido de nada. La deuda seguía ahí, acechando como una sombra. Fue en ese momento cuando la resignación se transformó en rabia y determinación. 

—He dejado la cafetería, mamá. El sueldo era una miseria y no me servía de nada —anunció Ariel, mirando a su madre fijamente para enfrentarla—. Y ya sé lo de Alberto. Le di mis ahorros, pero no fue suficiente.

Brenda palideció, dejando caer la escoba con la que barría. —¿Tus ahorros para el teléfono? ¡Ariel, no debiste! Yo lo iba a solucionar...

—¿Cómo, mamá? ¿Esperando un milagro? —la interrumpió Ariel

— ¡Hija! Esa no es tu responsabilidad, es mía y esa no era ni siquiera la deuda más importante y grande que tenemos... — mencionó accidentalmente Brenda, quien se arrepentiría a partir de ese momento de haberlo dicho

— ¿Mamá, cómo que no es la deuda más grande e importante? ¡¿Acaso hay más?! — preguntó levantando la voz, sorprendida y airada.

— Hija.., No te preocu... — Trató de decir Brenda

— ¡No mamá! ¿Cómo dices que no me preocupe? Sabes lo tanto que odio deber dinero, no me gusta vivir de la miseria de los demás y tampoco que la gente me tenga compasión. ¿De donde y por qué tenemos mas deudas? ¿De cuánto estamos hablando?

— Ariel... Mucho... — dijo Brenda, con una voz entrecortada a punto de llorar

— ¡¿Cuánto es mucho mamá?! ¿¡Cuánto!? — Dijo levantando la voz furiosa 

— ¡Mucho Ariel! — Respondió levantando la voz al mismo tiempo, comenzando a derramar lagrimas de frustación— Es una deuda que jamás podré pagar, ni siquiera trabajando el resto de años de vida que me quedan, siendo una señora, es muy dificil para mí encontrar un trabajo con un salario digno

— Pues yo no planeo quedarme con los brazos cruzados como tú, esperando morirme debiendo ese dinero. Yo sí voy a hacer algo para cambiar la situación, contigo viva o muerta — Replicó Ariel con determinación —He visto un cartel de "se busca personal" en el restaurante de la esquina. Voy a ir hoy mismo. Dicen que las propinas son buenas y el horario me permite seguir yendo a clases en la mañana.

Lo que Ariel esperaba era una discusión sobre sus estudios, o quizás un agradecimiento lloroso. Pero la reacción de Brenda fue algo que nunca habría podido predecir. Su madre se levantó de la silla con una agilidad sorprendente.

—¡No, Ariel! ¡En ese restaurante no! ¡Tienes prohibido entrar ahí! —gritó Brenda. No era el grito de una madre autoritaria, era el grito de alguien que acababa de ver un fantasma. El terror en sus ojos era genuino, un pavor que nacía de su interior.

—¿Por qué? Es un trabajo decente, mamá. Hay gente con dinero, políticos, empresarios... —argumentó Ariel, confundida por la forma en la que su madre respondió.

—¡Esa gente no es buena! —insistió Brenda, tomándola por los hombros y sacudiéndola levemente—. Prométemelo, Ariel. Prométeme que no te acercarás a ese lugar. Prefiero que pasemos hambre mil veces antes de que cruces esa puerta.

Ariel no prometió nada.Se soltó del agarre de su madre y se encerró en su habitación. El hambre, la vergüenza frente al señor Alberto, la noticia de las deudas que desconocía y la visión de su madre desmoronándose en el suelo de la cocina fueron más fuertes que cualquier advertencia.

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