Capítulo 5 El peso de la corona

—Esa es mi forma de amar, Ariel —concluyó Carlos cuando se detuvieron frente a la mansión principal—. Yo quito los obstáculos, limpio las manchas. Si tu madre te causó dolor con sus secretos, yo me encargo de que esos secretos mueran con quienes los conocen. Así es como se hacen realmente las cosas en esta ciudad.

Ariel bajó del auto con las piernas débiles, sintiendo que le faltaba el aire. Sus manos estaban entrenadas para tomar el pulso en las salas de emergencia, pero esto superaba los niveles de nervios que podía sentir en esos momentos. Al entrar en el gran salón de la propiedad, se encontró con una escena que terminó de romper su realidad.

Brenda estaba allí, sentada con total comodidad en un sillón de cuero, rodeada de hombres con trajes oscuros y armas largas colgando del hombro. No quedaba ni un rastro de las lágrimas de la tarde, ni parecía la mujer indefensa que Ariel había dejado horas antes. Brenda sostenía una copa de vino con elegancia y miraba a Carlos entrar con una fría mezcla de respeto y desafío en los ojos.

—Veo que finalmente trajiste a la niña —dijo Brenda. Su voz no era la de la madre dulce que Ariel conocía; era un tono duro, curtido por los años de ambición y cuentas ocultas—. Te dije que vendría por su cuenta si la presión era la suficiente.

Ariel retrocedió dos pasos hasta chocar contra el pecho de Carlos.

—¿Tú... tú planeaste esto? —preguntó Ariel, con lágrimas de pura rabia quemándole los ojos—. ¿Toda esa actuación de que pasábamos hambre, el miedo fingido en el restaurante... todo era un maldito montaje para que yo viniera aquí y firmara ese contrato?

Brenda se levantó del sillón, dejando la copa sobre una mesa de cristal, y se acercó a ella con paso lento. Intentó tocarle la mejilla en un gesto maternal, pero Ariel le quitó la mano de un golpe seco que resonó en las paredes de la mansión.

—Lo hice por nosotras, Ariel. Carlos es el único que puede protegernos de lo que dejé atrás —respondió Brenda, sin inmutarse por el rechazo—. El dinero que supuestamente "perdí" no era mío, era del padre de Carlos. Al entregarte a él, la deuda familiar queda saldada por completo y tú tendrás una vida de reina que yo jamás hubiera podido darte con un sueldo de escuela.

Carlos caminó en silencio hacia un escritorio al fondo del salón. Abrió el cajón superior y sacó una pequeña pistola de plata, un objeto compacto pero letal. Se acercó a ambas mujeres y forzó el arma en la mano de Ariel de manera rígida. Ahora le tocaba a ella tomar una decisión.

—Tu madre te ha vendido, Ariel. Eso es un hecho —le susurró Carlos al oído, su aliento rozándole la oreja hizo que alejara su cabeza un poco—. El contrato dice que tú pondrás el precio de tu afecto de ahora en adelante. Ahora tú tienes el poder en esta casa. Puedes perdonarla y aceptar este destino de lujos y sombras, o puedes terminar aquí mismo con la mujer que te usó como moneda de cambio. Toma la decisión en este momento.

Ariel bajó la vista hacia el arma de plata y luego miró fijamente a su madre, quien por primera vez en toda la noche flaqueó, mostrando un atisbo de miedo real en su postura rígida. En ese instante de silencio, Ariel comprendió con absoluta crudeza que la chica buena que estudiaba enfermería, la que pasaba noches en vela repasando anatomía y ahorraba centavos para comprarse un teléfono celular, había muerto en el momento exacto en que cruzó la puerta de vidrio de aquel restaurante. Ya no había un camino de regreso hacia la inocencia.

—No voy a disparar —dijo Ariel. Dejó el arma sobre la mesa con un golpe y cortó la tensión del salón—. Pero el contrato se va a cumplir a mi manera, Carlos. Madre, te vas de esta ciudad mañana mismo en el primer vuelo o transporte que consigas. No quiero volver a ver tu cara en mi vida. Y tú, Carlos... si de verdad quieres mi "amor", prepárate para descubrir que el amor real duele muchísimo más que una puta bala.

Sin esperar una respuesta de ninguno de los dos, Ariel giró y caminó hacia el gran balcón de la mansión. Apoyó las manos en el borde de piedra, mirando la inmensidad de las luces de Caracas esparcidas por el valle. Había salvado la vida de su madre de las garras de la organización, pero al hacerlo se había condenado a sí misma a una jaula de oro donde cada caricia y cada beso serían un doloroso recordatorio del precio que tuvo que pagar. La historia de la chica desvalida había terminado; la de la mujer que gobernaría los hilos de la ciudad junto al León apenas estaba comenzando.

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