Capítulo 2 CAPÍTULO 1: EL CABALLO DE TROYA
El aire en la mansión Brown siempre olía a lo mismo: cera para muebles cara, flores frescas que yo no había pedido y el rastro metálico del miedo que los empleados intentaban ocultar. Estaba aburrida. Cruelmente aburrida. Ser la hija de Bastian Brown significaba vivir en una jaula de oro donde los barrotes eran hombres con pinganillos y ametralladoras que ni siquiera se atrevían a mirarme a los ojos.
Me asomé al balcón de mi habitación, jugueteando con un mechón de mi cabello castaño. Abajo, en el patio de entrada, el rugido de una motocicleta rompió la monotonía matutina. Era un sonido sucio, rebelde, nada parecido a los sedanes negros y silenciosos que solían cruzar esos portones.
—¿Quién es ese, Lilian? —le pregunté a mi mejor amiga por el altavoz del celular, aunque sabía que ella no podía verme—. Pablo trajo juguetes nuevos.
—Seguro son más guardaespaldas, Cloe. Tu hermano está paranoico desde lo de Jersey —respondió Lilian con un bostezo—. No les des importancia. Son todos iguales: aburridos y calvos.
Pero este no era calvo.
Me incliné un poco más sobre la barandilla de mármol. El hombre que bajó de la moto se quitó el casco con una lentitud que me pareció casi un insulto a la seguridad de mi casa. Tenía el cabello oscuro y una mandíbula tan afilada que parecía cortada con un bisturí. Incluso desde el segundo piso, pude notar que su postura no era la de un empleado que viene a pedir trabajo; era la de un hombre que ya era dueño del lugar.
—Este no es igual a los otros —susurré, sintiendo una extraña punzada de curiosidad en el pecho.
Bajé las escaleras casi corriendo, aunque al llegar al gran salón recuperé mi paso de "princesa indiferente". Me detuve justo detrás de las pesadas puertas dobles, escuchando la voz de Pablo. Mi hermano mayor siempre hablaba como si estuviera dictando una sentencia de muerte, pero el extraño le respondía con una calma que me hizo fruncir el ceño.
"No nos gusta seguir órdenes estúpidas de hombres que nunca han pisado el barro, señor Brown", escuché decir al desconocido.
—Vaya —pensé—, este tiene ganas de morir joven.
Me asomé lo justo para verlo de frente. Sus ojos eran lo peor. Eran de un gris tormentoso, cargados de una oscuridad que no lograba descifrar. No me miró, pero sentí que su presencia robaba todo el oxígeno de la habitación. Pablo le dio una palmada en el hombro, aceptándolo en nuestra "familia".
Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron por un microsegundo a través de la rendija de la puerta. Él no se inmutó. No hubo la mirada de deseo que solía recibir de los hombres, ni el temor sumiso de los empleados. Solo hubo... nada. Una indiferencia gélida que me hirió el orgullo más que cualquier bofetada.
—¿Quién te crees que eres? —mascullé para mis adentros.
Me retiré hacia las sombras del pasillo mientras ellos avanzaban. Mi corazón, ese traidor que siempre intentaba recordarme que debajo de mi frialdad había algo sensible, dio un vuelco innecesario.
Pablo decía que eran ex-militares, hombres sin nada que perder. Pero yo, que había crecido rodeada de mentirosos profesionales, sentí que algo en él no encajaba. Era demasiado perfecto, demasiado rígido, demasiado... peligroso.
—Así que Dominic Black —repetí su nombre en un susurro, saboreando el peligro—. Bienvenido a mi casa, soldado. No tienes idea de la guerra que acabas de empezar.
Me prometí a mí misma que antes de que terminara la semana, rompería esa expresión de piedra. No sabía que él estaba allí para romper algo mucho más importante: mi vida entera. Pero en ese momento, bajo el sol de la mañana, solo era una niña rica buscando un nuevo juguete al que atormentar, sin saber que acababa de dejar pasar al lobo al corazón de su hogar.
