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Amor Bajo Fuego Cruzado

Amor Bajo Fuego Cruzado

Jk Jeon · En curso · 61.4k Palabras

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Introducción

Él entró en su casa para destruirlos a todos. Ella le entregó su corazón sin saber que era su verdugo.

Cloe Brown lo tiene todo: belleza, poder y el apellido más temido de Nueva York. Pero detrás de su máscara de princesa mimada y caprichosa, se esconde un alma solitaria que solo busca una razón para sentir. Esa razón llega con nombre y apellido: Dominic Black, la nueva mano derecha de su hermano y el hombre que parece disfrutar desafiando cada uno de sus caprichos.

Entre discusiones cargadas de tensión y risas compartidas bajo la nieve, Cloe cree haber encontrado su refugio. Lo que no sospecha es que Dominic es un infiltrado de élite con una sola misión: hacer que los Brown paguen por sus crímenes.

Él busca venganza por un pasado sangriento.
Ella busca un amor que la rescate de su jaula de oro.

Cuando la verdad estalle, el fuego cruzado no solo vendrá de las armas. Una traición devastadora, una subasta clandestina en Londres y un secreto médico que Cloe guarda bajo llave, los obligarán a elegir: ¿Se puede amar al hombre que te envió al infierno? ¿Se puede proteger a la mujer que juraste destruir?

En un mundo donde la lealtad se escribe con sangre y el perdón es un lujo mortal, Dominic tendrá que decidir si cumple con su placa... o si se quema vivo por la mujer que ya no puede llamar suya.

"Te rescaté de la oscuridad, Cloe..."
"No, Dominic. Tú me lanzaste a ella. Ahora, solo mira cómo me convierto en el hielo que te va a destruir."

Capítulo 1

El olor a salitre y metal oxidado en el muelle 47 era tan espeso que se podía masticar. La lluvia de Nueva York no limpiaba el pecado; solo lo empapaba, haciendo que el asfalto brillara como la piel de una serpiente bajo las luces de neón. Dominic Black apretó el agarre de su SIG Sauer, sintiendo cómo el frío le calaba los huesos a través de su traje táctico. A su lado, agazapado tras un contenedor de carga abollado, estaba Benjamín Evans.

Benjamín no era solo su compañero de promoción; era el hermano que la vida le había permitido elegir. Esa noche, ambos estaban a un paso de dar el golpe final contra la logística de los Brown, la familia que movía los hilos de la ciudad como si fuera su propio tablero de ajedrez.

—¿Escuchas eso, Dom? —susurró Benjamín. Su voz sonaba extrañamente tranquila, casi melódica, a pesar del caos que estaba a punto de desatarse—. Es el sonido del dinero quemándose. Hoy los dejamos sin nada.

Dominic asintió, ajustándose el pinganillo.

—Mantén la posición, Ben. No te hagas el héroe antes de tiempo. Lucas y el equipo de asalto están a dos minutos por el flanco sur. Solo necesitamos confirmar la mercancía y salir.

—Dos minutos es mucho tiempo en este negocio, hermano —respondió Benjamín con una sonrisa que Dominic no pudo ver en la oscuridad, pero que sentiría grabada en su memoria por el resto de su vida.

De repente, un estruendo desgarró el silencio del puerto. Una explosión en la parte trasera del almacén iluminó el cielo de un naranja furioso. El fuego comenzó a lamer las paredes de madera vieja, y con la luz, llegaron los gritos. Pero no eran gritos de pánico, eran órdenes de ejecución.

—¡Emboscada! —rugió Dominic por la radio—. ¡Lucas, aborta! ¡Nos tienen fijados!

El fuego cruzado comenzó como un estallido de estrellas mortales. Las balas rebotaban contra el contenedor, arrancando chispas y esquirlas de pintura. Dominic devolvió el fuego con precisión quirúrgica, abatiendo a dos hombres que avanzaban con ametralladoras ligeras. Pero los atacantes no eran pandilleros comunes; se movían con la disciplina de un ejército privado. Llevaban el sello de los Brown impreso en su frialdad.

—¡Dom, muévete! ¡Voy a rodearlos! —gritó Benjamín, saliendo de su cobertura antes de que Dominic pudiera sujetarlo del chaleco.

—¡No! ¡Benjamín, vuelve aquí, maldita sea!

Fue como ver una película en cámara lenta de la que no puedes escapar. Benjamín corrió hacia una pila de palés, buscando un ángulo de tiro, cuando una ráfaga de fusil atravesó la bruma. El cuerpo de su amigo se sacudió violentamente, como una marioneta a la que le cortan los hilos. Tres impactos en el pecho. Uno en el cuello.

—¡BENJAMÍN! —el grito de Dominic fue un desgarro animal que superó el sonido de los disparos.

Dominic se lanzó al vacío, ignorando las balas que silbaban a centímetros de su cabeza. Llegó hasta él y lo arrastró detrás de una columna de hormigón. Sus manos, siempre firmes, temblaban mientras intentaba presionar las heridas. La sangre, caliente y oscura, se filtraba entre sus dedos, mezclándose con el agua de lluvia que caía del techo roto.

—Mírame, Ben. ¡Mírame! Respira, joder, respira —suplicaba Dominic. Su voz se quebró, perdiendo toda la autoridad militar que lo caracterizaba.

Benjamín tosió, y un hilo de carmesí escapó de sus labios. Sus ojos, que siempre habían brillado con una chispa de rebeldía, se estaban volviendo opacos, como cristales empañados.

—D-Dom… —logró articular con un esfuerzo sobrehumano. Su mano ensangrentada agarró con fuerza la muñeca de Dominic—. No dejes que… que ganen. Los Brown… no tienen alma.

—No hables. El equipo médico está llegando. Lucas está aquí. Aguanta, hermano, por lo que más quieras, aguanta.

—Ya es… tarde —susurró Benjamín. Sus dedos perdieron fuerza, resbalando de la muñeca de Dominic. Su último suspiro fue un silbido corto que se perdió en el estruendo de una nueva explosión cercana—. Haz que… paguen.

El silencio que siguió en el interior de Dominic fue más ruidoso que cualquier disparo. Benjamín Evans estaba muerto. El hombre con el que había compartido guardias interminables, el que iba a ser el padrino de sus futuros hijos, ahora era solo carne fría bajo la lluvia de un muelle podrido.

Dominic se quedó allí, arrodillado sobre el charco de sangre, mientras las luces azules y rojas de las patrullas comenzaban a inundar el perímetro. El teniente Lucas James llegó corriendo, con el arma en alto y el rostro desencajado por el horror al ver la escena.

—¡Dominic! ¡Tenemos que salir de aquí, el almacén va a colapsar! —gritó Lucas, tratando de levantar a su amigo—. ¡Dom, muévete! ¡Ya no puedes hacer nada por él!

Dominic no respondió de inmediato. Lentamente, cerró los párpados de Benjamín con una delicadeza que contrastaba con la furia volcánica que empezaba a hervir en sus venas. Se puso de pie, dejando que la lluvia lavara parte de la sangre de sus manos, aunque sabía que esa mancha nunca se iría de su conciencia.

Miró hacia la profundidad del almacén, donde los últimos hombres de los Brown escapaban en lanchas rápidas a través del río Hudson. En su mente, los rostros que solo conocía por expedientes policiales empezaron a tomar una relevancia mortal. Bastian Brown. Pablo Brown. La "realeza" de Nueva York.

—¿Viste quiénes eran, Dominic? —preguntó Lucas, con la voz temblorosa mientras aseguraba la zona.

Dominic miró su placa de capitán, tirada en el suelo y salpicada de barro. No la recogió. Su mirada se volvió de piedra, una mirada que no pertenecía a un oficial de la ley, sino a un hombre que acababa de aceptar su descenso al infierno.

—Sé exactamente quiénes son —dijo Dominic. Su voz era ahora un susurro gélido, una promesa de muerte que hizo que incluso Lucas retrocediera un paso—. Y juro por el cadáver de mi hermano que no quedará ni uno solo de ellos en pie. Voy a quemar su imperio, Lucas. Voy a entrar en sus vidas, voy a desmantelar sus defensas y, cuando menos lo esperen, los veré suplicando mientras les arrebato todo lo que aman.

Dominic dio un último vistazo al cuerpo inerte de Benjamín antes de que los forenses lo cubrieran con una manta térmica. En ese momento, el hombre que creía en la justicia murió allí mismo, en el muelle 47. Lo que quedaba era un arma cargada de odio, lista para ser disparada al corazón de la familia Brown.

—Bastian, Pablo… —masculló entre dientes mientras se alejaba hacia la oscuridad, dejando atrás el cordón policial—. Disfruten de su última noche de paz. Porque voy por ustedes. Y no habrá ley, ni cielo, ni infierno que me detenga.

El eco de sus pasos se perdió en la tormenta, dejando tras de sí una pregunta que ningún detective podría responder: ¿Hasta dónde es capaz de llegar un hombre cuando ya no tiene nada que perder, excepto su propia alma?

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