Capítulo 3 CAPÍTULO 2: EL PRECIO DE LA CONFIANZA

Seis meses.

Ese es el tiempo que ha pasado desde que el "bloque de hielo" cruzó el umbral de mi casa, y juro por mi colección de zapatos de diseñador que nunca me había sentido tan invisible. Se supone que soy Cloe Brown, la mujer por la que los hombres de esta ciudad se batirían a duelo, pero para Dominic Black, parece que soy parte del mobiliario. O peor, una mancha en el mármol que prefiere no mirar.

Lo observo desde mi ventana, como siempre. Él está abajo, en el patio, revisando el perímetro con esa rigidez militar que me saca de mis casillas. Lucas, su amigo, al menos sonríe de vez en cuando y me saluda con la mano cuando Pablo no mira, pero Dominic... Dominic es una estatua de granito.

—¿Sigue ahí? —preguntó Lilian, recostada en mi cama mientras limaba sus uñas.

—No sé de qué hablas —mentí, soltando la cortina de seda con un gesto brusco—. Solo miraba si el jardinero había podado las rosas.

—Claro, Cloe. Y yo soy monja. Llevas seis meses obsesionada con el guardaespaldas nuevo que ni siquiera te dirige la palabra. Es humillante, querida.

Sentí que las mejillas me ardían. Tenía razón. Era humillante. He intentado de todo: pasar por su lado dejando una estela de mi perfume más caro, derramar "accidentalmente" mi café cerca de sus botas impecables, incluso reírme a carcajadas con otros hombres por teléfono cerca de él. ¿Su reacción? Un asentimiento de cabeza profesional y un "Buenos días, señorita Brown" que suena más frío que un bloque de hielo en el Ártico.

—No estoy obsesionada —mascullé, sentándome frente a mi tocador—. Solo me molesta su arrogancia. Se cree mejor que nosotros.

Pero la verdad era más complicada. Había algo en la forma en que Dominic caminaba, algo en la oscuridad de sus ojos cuando creía que nadie lo veía, que me gritaba que estaba roto. Y yo, con mi estúpido corazón sensible que me empeño en esconder, quería saber por qué. Quería saber qué fuego había quemado toda la alegría de ese hombre.

Esa noche, la mansión se sentía especialmente vacía. Pablo se había ido con Dominic y Lucas a una "reunión de negocios" en los muelles. Odiaba cuando hacían eso. El ambiente se volvía pesado, cargado de un presagio que me revolvía el estómago.

Me pasé las horas dando vueltas por mi habitación, ignorando las llamadas de mis amigos. Mi intuición, esa que mi padre decía que era una maldición, me decía que algo andaba mal. Dominic no era un simple mercenario. Había una precisión en sus movimientos que no cuadraba con un "ex-militar deshonroso".

—¿Quién eres realmente, Black? —susurré al aire frío de la noche.

Cuando finalmente escuché los motores de las camionetas regresar de madrugada, corrí hacia el pasillo, pero me detuve antes de que me vieran. Desde las sombras de la escalera, vi a Pablo entrar. Su rostro era de pura satisfacción, una sonrisa depredadora que me dio escalofríos. Pero lo que me detuvo el corazón fue ver a Dominic y Lucas entrar detrás de él.

Estaban destrozados.

Dominic cojeaba ligeramente y tenía la camisa manchada de sangre seca, con un corte profundo sobre la ceja que le deformaba ese rostro perfecto. Lucas parecía estar aguantando el aire con dificultad. Mi primer impulso fue correr hacia ellos, preguntarles qué había pasado, limpiarles las heridas... pero me congelé.

Vi cómo Dominic miraba a mi hermano. No había dolor en sus ojos, solo una determinación feroz, algo que se parecía peligrosamente a la lealtad... o a la sed de sangre.

—Mañana empezamos con el círculo interno —escuché decir a Pablo—. Descansen. Se lo ganaron.

Dominic asintió, y por un breve segundo, levantó la vista hacia las sombras donde yo estaba escondida. Juraría que me vio. Juraría que sintió mi respiración agitada. Pero no dijo nada. Se dio la vuelta y se marchó a su habitación, dejándome allí, temblando de rabia y de una extraña forma de miedo.

Esa noche entendí dos cosas: primero, que Dominic Black estaba dispuesto a morir por entrar en nuestra familia. Y segundo, que yo estaba dispuesta a todo por descubrir su secreto, aunque eso significara quemarme con el hielo que desprendía.

—Mañana, Dominic —susurré para mis adentros, apretando los puños—. Mañana vas a tener que mirarme.

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