Capítulo 4 CAPÍTULO 3: EL BAUTISMO DE SANGRE

El ambiente en la mansión se ha vuelto irrespirable. Llevo una semana sin ver a Pablo, y lo que es peor, sin ver a Dominic. Es como si las paredes de esta casa estuvieran sudando secretos. Las empleadas bajan la mirada cuando paso y Lucas, que suele ser el único que me dedica una sonrisa de lado, desapareció por completo.

—Se han ido al muelle sur —me susurró una de las chicas de limpieza esta mañana, temblando—. El señor Pablo salió con una cara... que Dios nos ampare.

Sentí un vacío en el estómago. El muelle sur es donde mi padre manda a "arreglar" las cosas que no tienen solución legal.

Me pasé la tarde dando vueltas en mi habitación, lanzando mis pinceles contra el lienzo en blanco. Estaba furiosa. Furiosa porque me dejaran fuera, furiosa porque sabía que Javier —ese tipo baboso que siempre me miraba el escote— estaba involucrado en algo turbio que me incluía a mí. Solo recordaba el derrape del coche, el olor a goma quemada y el golpe seco en mi cabeza antes de que todo se volviera negro en aquel "accidente" del que nadie me dejaba hablar.

Cuando escuché los motores de las camionetas entrar por el pórtico principal, corrí al balcón. La lluvia caía con una fuerza brutal, lavando el asfalto, pero no podía lavar la oscuridad que traían esos hombres.

Vi a Pablo bajar primero. Caminaba con una suficiencia que me dio náuseas. Pero fue cuando vi a Dominic que se me detuvo el corazón.

Bajó de la camioneta con los hombros caídos, pero no por cansancio, sino por una carga que parecía pesarle más que el mundo entero. Tenía las manos manchadas. No era barro. Era esa sustancia oscura y espesa que siempre parece seguir a mi familia. Dominic se quedó bajo la lluvia, dejando que el agua le empapara la camisa blanca, ahora pegada a su cuerpo, revelando una musculatura tensa y vibrante.

—¿Qué has hecho, Dominic? —susurré tras el cristal, apoyando la frente en el frío vidrio.

Quise bajar, quise gritarle que me dijera la verdad, pero me quedé paralizada cuando lo vi levantar la vista hacia mi ventana. Sus ojos... Dios, sus ojos. Ya no eran grises tormentosos; eran pozos de una culpa tan profunda que sentí que me ahogaba con él. No había odio en su mirada hacia mí, había algo que se parecía a la derrota.

Poco después, escuché a Pablo entrar en el despacho de mi padre. Me pegué a la puerta, conteniendo la respiración.

—Javier ya no es un problema —la voz de Pablo sonaba metálica, carente de cualquier rastro de remordimiento—. Black se encargó. El tipo tiene estómago, padre. Lo hizo pedazos antes de tirarlo al río. Ahora confío en él para cuidar de Cloe. Es el único que no dudó.

Me tapé la boca con las manos para no soltar un grito. ¿Dominic? ¿El hombre que me miraba con esa intensidad silenciosa había matado a Javier? ¿Lo había "hecho pedazos"?

Sentí que las rodillas me fallaban. Javier era un idiota, pero era un ser humano. Y Dominic... Dominic acababa de vender su alma a mi hermano por un puesto en esta casa. Me sentí sucia, cómplice de un asesinato que se cometió "en mi nombre".

Me encerré en mi habitación, negándome a cenar. No podía dejar de ver las manos de Dominic en mi mente. Manos que Pablo decía que eran de un ejecutor, pero que yo, en mi tonta fantasía, había imaginado acariciando mi mejilla alguna vez.

—Eres un monstruo más, Dominic Black —dije al espejo, mientras las lágrimas me quemaban los ojos—. Igual que mi hermano. Igual que todos ellos.

Mañana vendría a verme. Mañana sería mi sombra. Y me juré a mí misma que lo haría pagar por cada gota de sangre que derramó hoy. Si él quería ser mi guardián después de haberse convertido en un asesino, yo me encargaría de que su estancia en este infierno fuera un tormento eterno.

No sabía que, en realidad, Dominic estaba más cerca de la justicia de lo que yo jamás estaría. Solo sabía que el hombre que me atraía ahora me daba pánico, y que la guerra en la mansión Brown acababa de cruzar el punto de no retorno.

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