Capítulo 5 CAPÍTULO 4: EL HURACÁN DE OJOS ÁMBAR
No pegué ojo en toda la noche. El sonido de la lluvia contra el cristal me recordaba constantemente la imagen de Dominic bajo la tormenta, con las manos manchadas de la vida de Javier. Me sentía asqueada, atrapada en esta villa de cristal que de repente parecía una morgue de lujo. Si Pablo decía la verdad, el hombre que ahora dormiría en la habitación de al lado era un ejecutor. Un monstruo con rostro de ángel caído.
—Si quiere ser un animal, lo trataré como a uno —me juré frente al espejo mientras me ponía mi vestido más caro y me pintaba los labios de un rojo desafiante.
Cuando las puertas del salón se abrieron y vi a Pablo entrar con esa sonrisa de suficiencia, sentí que la bilis me subía por la garganta. ¿Cómo podía reírse después de lo que hizo? La rabia me cegó. Agarré lo primero que tuve a mano —un jarrón de porcelana que probablemente valía más que el sueldo anual de cualquier mortal— y lo lancé con todas mis fuerzas hacia su cabeza.
—¡ERES UN ANIMAL, PABLO BROWN! —le grité, y juro que sentí un placer amargo al ver cómo el jarrón estallaba contra la pared.
Me acerqué a él y le crucé la cara con una bofetada que me dejó la mano ardiendo. Esperaba que me gritara, que me devolviera el golpe, pero Pablo solo se rió. Esa risa me dolió más que cualquier insulto; me trataba como a una niña haciendo un berrinche, no como a una mujer que repudiaba su violencia.
Entonces los vi a ellos. Dominic y Lucas.
Lucas se veía fatal, como si apenas pudiera mantenerse en pie, pero Dominic... Dominic estaba allí, de pie, impasible. Me miraba con esos ojos grises que parecían leer cada uno de mis secretos. Sabía lo que había hecho por la noche. Sabía que sus manos habían desgarrado a un hombre por órdenes de mi hermano.
—¿Estos dos? —solté con todo el desprecio que pude reunir, señalando a Lucas—. El de la izquierda parece que se va a desmayar si estornudo.
El tal Lucas intentó defenderse mencionando sus costillas rotas, pero no le di importancia. Mi guerra era con el otro. Me acerqué a Dominic hasta que su sombra me cubrió por completo. Olía a jabón neutro, a lluvia y a algo metálico que mi mente identificó como peligro.
—Y tú... —le dije, rodeándolo como si fuera una mercancía defectuosa—. Tienes cara de que no te han contado un chiste en diez años. ¿Eres mudo o solo te pagan por lucir ese ceño fruncido?
Esperaba que bajara la mirada. Esperaba que se disculpara. Pero el "bloque de hielo" me respondió con una voz plana que me erizó los vellos de la nuca. Me llamó "mimada". Dijo que mis sentimientos eran "berrinches".
—¿Berrinches? —le siseé, sintiendo que el aire se volvía eléctrico entre nosotros—. ¿Acabas de decir que mi legítima furia por casi morir es un berrinche, soldado de juguete?
—Dije que mi prioridad es su seguridad —respondió él, y juro que vi un destello de burla en sus ojos—. Y si quiere seguir lanzando jarrones de diez mil dólares, le sugiero que mejore su puntería. El anterior falló por mucho.
Sentí que la sangre me hervía. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía a desafiarme de esa manera, y mucho menos un empleado que acababa de cometer un asesinato. Me acerqué tanto que pude sentir el calor que emanaba de su pecho. Le clavé el dedo en el esternón, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la camisa.
—Escúchame bien, Black —le advertí con la voz temblorosa de pura rabia—. Voy a hacer que ruegues por volver al ejército. Vas a cargar mis bolsas, vas a aguantar mis compras de cinco horas y te vas a arrepentir del día en que decidiste que podías darme órdenes.
Él no se movió ni un milímetro. Bajó la vista hacia mi dedo y luego me sostuvo la mirada con una confianza que me desarmó por completo.
—Estoy deseando ver cómo lo intenta —respondió con una media sonrisa que me hizo querer abofetearlo y besarlo al mismo tiempo.
Salí de allí gritando, exigiendo mi desayuno en la cama solo para humillarlo, pero mientras subía las escaleras, mi corazón latía de una forma que me asustaba. Dominic Black no era como los otros. No le tenía miedo a mi apellido, ni a mi hermano, ni a mí. Y eso lo hacía el hombre más peligroso que jamás había entrado en mi vida.
—Vas a sufrir, Dominic —susurré al cerrar la puerta de mi cuarto—. Te juro que vas a sufrir por ser tan malditamente perfecto
