Capítulo 6 CAPÍTULO 5: GATOS, PISCINAS Y OTRAS CATÁSTROFES
Mi misión de la mañana era simple: destruir la paciencia de Dominic Black. Si él creía que después de lo que hizo en el muelle iba a caminar por esta casa como si fuera un héroe de película, estaba muy equivocado. Empecé con Lucas; el pobre "Teniente Purpurina" fue una víctima colateral necesaria. Verlo cubierto de rosa y brillo mientras Dominic lo miraba con esa cara de "no me pagan lo suficiente para esto" fue la primera victoria del día.
—Eres un aburrido, Black —le solté mientras me encerraba en mi cuarto. Pero por dentro, mi corazón latía con una emoción que no quería admitir. Me gustaba que me mirara, aunque fuera para regañarme.
Pasé el resto del día ideando mi "Gran Final". Había preparado un cubo de agua helada cerca de la piscina. Quería verlo empapado, perdiendo esa compostura militar que tanto me irritaba. Lo vigilé desde los arbustos, esperando el momento exacto en que sus botas impecables pasaran por mi zona de ataque.
Pero entonces, lo oí.
Un maullido pequeño, roto, que me hizo olvidar cualquier broma. Entre las plantas, cerca del borde de la piscina, vi a un gatito gris. Estaba temblando, con una patita torcida. Mi corazón, ese traidor sensible que Pablo dice que es mi debilidad, se encogió de inmediato.
—Oh, pequeño... ven aquí —susurré.
Olvidé el cubo, olvidé a Dominic y olvidé que el suelo de mármol de la piscina siempre está resbaladizo. Me estiré para alcanzarlo, pero mis sandalias traicioneras patinaron. El mundo se inclinó. El cielo azul desapareció y fue reemplazado por un golpe de frío helado que me robó el aire de los pulmones.
El pánico me invadió al instante. No sé nadar. El agua me rodeaba, pesada, silenciosa, tirando de mi ropa hacia el fondo. Intenté gritar, pero solo tragué agua clorada. Vi la silueta de Dominic en el borde, borrosa, cruzado de brazos.
"Muy gracioso, señorita Brown...", lo escuché decir. ¡El idiota pensaba que era una broma! Quise insultarlo, pero mis pulmones ardían. Me hundí, viendo las burbujas subir mientras la luz de la superficie se alejaba. "Voy a morir por un gato", fue lo último que pensé antes de que la oscuridad me rodeara.
De repente, unos brazos fuertes me rodearon la cintura. Sentí un tirón violento y, de un segundo a otro, el aire volvió a mis pulmones. Me aferré a su cuello como si fuera la única cosa sólida en un mundo de cristal. Tosí, tiritando de terror, mientras él me arrastraba hacia los escalones.
—¿Está loca? —su voz rugió en mi oído, cargada de una furia que me hizo temblar más que el frío—. ¡Casi se ahoga por un estúpido juego!
—¡No era... un juego! —le grité entre sollozos, mientras intentaba recuperar el aliento—. ¡No sé nadar, idiota!
Dominic se quedó mudo. Estábamos sentados en el borde, ambos empapados. Su camisa blanca se pegaba a su pecho, dejando ver cada músculo tenso, y su cabello oscuro goteaba sobre su frente. Por primera vez, no vi al guardaespaldas frío; vi a un hombre que estaba genuinamente asustado por mí.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz bajó una octava, volviéndose suave, casi... dulce. Su mano seguía en mi hombro, y el calor que desprendía me quemaba la piel mojada.
Lo miré a los ojos. Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas. Por un momento, el ruido del mundo desapareció. Quise decirle que tenía miedo, quise decirle que gracias, quise... besarlo. Sí, lo admito. En ese momento, quería que me besara.
—Yo... sí —susurré, bajando la mirada a sus labios.
—¡Miren lo que encontré! —la voz de Lucas rompió la burbuja.
Apareció con el gatito en brazos, gritando que era ciego. Me puse de pie de un salto, intentando recuperar mi dignidad, aunque parecía una rata mojada envuelta en un vestido de seda. Le arrebaté al gato, decidida a protegerlo, pero mi cuerpo tenía otros planes.
—¡Achoo! ¡Achoo! —los estornudos empezaron a sacudirme como terremotos.
Mis ojos picaban, mi garganta se cerraba y mi nariz se puso roja como un tomate. ¡Maldita sea! Había olvidado que los gatos son mi kriptonita.
—¡Es... achoo... mi hijo! —grité dramáticamente mientras Dominic intentaba quitarme al animal. Me sentía ridícula, asfixiándome y peleando por un gato ciego mientras mi hermano me gritaba desde la terraza.
Más tarde, envuelta en una manta y con la nariz hinchada por los antihistamínicos, lo vi apoyado en la pared de mi sala. Se veía irritantemente guapo, incluso con la ropa mojada.
—Eres un monstruo —le dije, intentando sonar digna a pesar de mi voz gangosa—. Me salvaste la vida para luego robarme a mi gato.
Él sonrió de lado. Una sonrisa real. No una profesional, sino una que iluminó sus ojos grises. —Debería darnos las gracias en lugar de planear cómo llenarnos de purpurina.
—No te daré las gracias —mentí, escondiéndome más en la manta—. Pero... gracias por no dejar que me ahogara. Aunque tu técnica de rescate fue muy tosca.
Lo vi alejarse y sentí un vacío extraño. Dominic Black me había salvado la vida dos veces hoy: del agua y del vacío que sentía en esta casa. Me toqué los labios, todavía sintiendo el sabor a cloro y el recuerdo de su cercanía. Estaba en problemas. Grandes problemas. Porque por primera vez en mi vida, no quería que mi guardaespaldas se fuera de mi habitación.
—Mañana —susurré, cerrando los ojos mientras el medicamento hacía efecto—. Mañana encontraré otra forma de hacer que me mires así otra vez.
