Capítulo 6 Capítulo seis

Elena

Claus abre la puerta del auto y bajo con lentitud, como si el simple hecho de poner un pie en este suelo desconocido fuera a dejarme marcada de por vida con algo que no quiero, aunque en el fondo ya sé que eso es exactamente lo que está pasando. Apenas termino de girarme, la boca se me abre un poco sin querer, porque lo primero que veo no es una casa, es una residencia que parece sacada de otro mundo, de esos que uno solo mira en revistas o películas y nunca piensa que le va a tocar pisar.

Me aprieto el bolso contra el pecho casi por instinto, como si eso pudiera darme algún tipo de seguridad, y levanto la vista otra vez, intentando procesar la magnitud de la mansión que tengo frente a mí sin quedarme sin aire en el intento. Un jardín enorme, perfectamente cuidado, lleno de rosas, orquídeas y arbustos tan verdes y simétricos que parecen colocados con regla, me recibe como si esto fuera normal, como si no estuviera entrando a algo que claramente está muy por encima de mi realidad. Detrás de Claus, varios jóvenes vestidos con uniforme oscuro se acercan a cargar mis maletas con una eficiencia casi automática, y yo solo los sigo con la mirada, sin terminar de asimilar del todo que esto es real.

El camino empedrado se extiende frente a nosotros como si fuera parte de una película antigua, con pequeñas estatuas de mármol a ambos lados que le dan a todo un aire todavía más exagerado, casi intimidante. A medida que avanzamos, la sensación de estar entrando en algo demasiado grande para mí se vuelve más intensa, porque no es solo la casa, es todo lo que la rodea, la forma en que cada detalle parece pensado para impresionar o para imponer respeto. Claus camina delante con total naturalidad, como si este lugar no le causara ningún tipo de asombro, y eso solo me hace sentir más fuera de lugar.

Subimos unos escalones amplios que terminan en un portón enorme de madera tallada, tan imponente que por un segundo me quedo quieta frente a él, sin saber muy bien qué estoy esperando. Claus se detiene, saca su teléfono y hace una llamada rápida mientras yo me quedo ahí, con las manos algo tensas y agarrando las esquinas de mi vestido sin darme cuenta, como si ese gesto pudiera anclarme al suelo y evitar que el nerviosismo me gane. El viento se cuela entre el jardín y me golpea el rostro, moviéndome el cabello sin cuidado, y siento una molestia absurda porque ni siquiera puedo acomodármelo bien sin perder la compostura.

Entonces, sin previo aviso, una voz grave rompe el silencio detrás de mí.

—¿Elena Jones?

El estómago se me encoge en el mismo instante en que escucho mi nombre completo, y durante una fracción de segundo me quedo completamente quieta, como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo reaccionar. Muerdo el interior de mis mejillas, porque no quiero girarme todavía, no quiero enfrentar lo que sea que viene detrás de esa voz, pero sé que no tengo otra opción. Siento cómo todo lo que venía acumulando en el camino hasta aquí se concentra en un solo punto, una mezcla rara entre rabia, miedo e impotencia que me sube por dentro sin darme espacio para respirar con normalidad.

Cuando finalmente me doy la vuelta, lo hago despacio, como si cada movimiento pesara más de lo normal, y lo primero que veo es a un hombre mayor, mucho mayor de lo que había imaginado en cualquier escenario posible. El aire se me queda a medio camino en el pecho porque, por un instante, mi mente se niega a aceptar lo que está viendo. Cabello completamente blanco, rostro lleno de arrugas profundas que delatan la edad, ojos color avellana que, aun así, tienen una claridad extraña, y una postura elegante que contrasta con todo lo que mi cabeza estaba preparando. Lleva un traje azul oscuro perfectamente ajustado y una corbata con rombos que parece demasiado cuidada para alguien de su edad.

Y yo, sinceramente, no sé qué sentir en este momento.

—¿Es usted el señor Clark? —suena mi voz antes de que pueda frenarla, demasiado directa, demasiado rápida, como si quisiera salir de esta incertidumbre cuanto antes.

Él no parece ofenderse ni alterarse, al contrario, su expresión se mantiene serena, incluso amable, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones. Entonces suelta una sonrisa tranquila y da un paso al frente con una educación casi perfecta.

—Bienvenida, señorita Jones —responde con calma—. Soy Monrue, el mayordomo de la mansión. Es un placer atenderla hasta que su novio llegue de Londres. Si me permite, puedo mostrarle su habitación. Y le pido disculpas por la confusión, no la esperábamos hoy, Claus debía llevarla al penthouse, pero no fue informado a tiempo.

La palabra “mayordomo” tarda un segundo en encajar en mi cabeza, pero cuando lo hace siento cómo algo dentro de mí se afloja sin previo aviso, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que bajé del auto. Suelto el aire despacio y mis hombros, que no me había dado cuenta de lo tensos que estaban, bajan un poco por fin.

Aun así, no puedo evitar pensar lo obvio, lo que no digo en voz alta pero que se queda ahí dando vueltas como una espina incómoda. Si este es el mayordomo, entonces el verdadero señor Clark sigue siendo una incógnita, y eso no necesariamente es algo tranquilizador.

—Por supuesto… no hay problema —respondo finalmente, intentando que mi voz suene lo más estable posible—. Gracias.

Él asiente con cortesía y me dedica una sonrisa amable que no logro devolver del todo, porque aunque ya haya pasado lo peor del primer impacto, sigo sintiendo que esto apenas está comenzando.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo