
Amor por Decreto
eleymalu4 · En curso · 155.0k Palabras
Introducción
A veces tomamos decisiones sin pensarlo; otras veces la presión de la familia y el miedo nos obligan a elegir.
Cuando no puedes tenerlo todo, elegir duele. Yo tuve que decidir entre la tranquilidad de un matrimonio arreglado y el amor verdadero que me esperaba al otro lado de la mentira.
Sacrifiqué sueños, palabras y silencios para complacer a quienes me criaron, pero el corazón no entiende de órdenes. ¿Hasta dónde estás dispuesto a ceder por mantener la paz familiar? ¿Cuánto estás dispuesto a perder por seguir a quien amas?
Capítulo 1
—No me voy a casar con él.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía por dentro. Aun así, el silencio que quedó en la sala fue tan pesado que pude escuchar el tic-tac del reloj sobre la pared.
Mi madre dejó la taza de café sobre la mesa con cuidado. Mi padre, en cambio, no apartó la mirada de mí. Estaba sentado en su sillón de cuero, con las manos entrelazadas sobre el abdomen y esa expresión que siempre utilizaba cuando ya había tomado una decisión.
—No te estamos preguntando si quieres casarte, Valentina —dijo.
—Entonces, ¿qué están haciendo?
—Informándote.
Solté una risa nerviosa.
—¿Informándome? Me están diciendo que dentro de tres meses voy a casarme con un hombre al que no amo.
—Sebastián es un buen hombre, eso te lo aseguro—intervino mi madre.
—¿Lo conoces siquiera?
—Lo suficiente para reafirmarte que tienes que casarte con él..
—Mamá, tú ni siquiera sabes qué música le gusta.
—Eso no es importante para un matrimonio.
—¿Y qué sí lo es? ¿El dinero? ¿El apellido? ¿Los negocios?
Mi padre se levantó lentamente. Nunca necesitaba gritar para intimidarme. Le bastaba con ponerse de pie.
—Mide tus palabras muchachita malcriada tienesque obedecernos y respetarnos.
—Estoy cansada de medirlas.
Mi madre palideció.
—Valentina…
—No. Hoy no voy a disculparme por decir lo que pienso. Toda mi vida han decidido por mí. Qué estudiar, con quién salir, dónde vivir, cómo vestirme… Y ahora también decidieron con quién debo casarme.
—Lo hacemos por tu bien —dijo mi padre.
—¿Por mi bien o por el de esta familia?
Su rostro cambió apenas. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero lo conocía demasiado bien. Había tocado un punto sensible.
—No sabes de lo que estás hablando.
—Entonces explícamelo.
—No tienes edad para entender asuntos de adultos.
—Tengo veintiséis años, papá. Soy lo bastante adulta para saber cuándo están vendiendo mi vida.
Mi madre se acercó a mí y me tomó de las manos.
—No es así, hija. Sebastián te dará estabilidad. Podrás vivir tranquila, sin preocuparte por nada.
—Yo no quiero que me mantengan tranquila. Quiero ser feliz.
—La felicidad no paga las deudas.
La frase de mi padre me dejó inmóvil.
—¿Qué deudas?
Nadie respondió.
Miré a mi madre. Después a mi padre. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no fue incómodo. Fue una confesión que ninguno se atrevía a pronunciar.
—¿Qué deudas? —repetí.
Mi padre caminó hasta el ventanal. Afuera, Barquisimeto comenzaba a llenarse de luces. La ciudad seguía su ritmo, indiferente a que mi mundo acabara de detenerse.
—La empresa atraviesa una situación complicada.
—¿Complicada?
—Tenemos problemas financieros.
—¿Qué tipo de problemas?
—Los suficientes para perderlo todo si no encontramos una solución.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en el pecho.
—¿Y la solución es que me case con Sebastián?
—La familia Montenegro puede ayudarnos.
—¿A cambio de mí?
—A cambio de una alianza.
—¡Soy su hija, no una alianza comercial!
Mi madre empezó a llorar en silencio. Ese llanto me desarmó durante un segundo, porque era exactamente lo que siempre hacía: dejar que sus lágrimas hablaran por ella.
—Tu padre no quiere hacerte daño —susurró.
—Pero lo está haciendo.
—Si cancelas el compromiso, podríamos perder la casa —dijo mi padre.
Lo miré sin entender.
—¿La casa?
—Y las oficinas. Las cuentas están embargadas. Tenemos acreedores esperando cobrar. Si los Montenegro retiran su apoyo, no podremos sostenernos.
—¿Desde cuándo lo saben?
—Hace seis meses.
Seis meses.
Mientras yo escogía vestidos, celebraba cenas familiares y fingía que todo estaba bien, ellos llevaban medio año ocultándome que estaban a punto de perderlo todo.
—¿Y pensaban decírmelo cuándo? ¿Después de la boda?
—Pensábamos protegerte.
—No me protegieron. Me mintieron.
—Te dimos una salida.
—Me dieron una condena.
Mi padre apretó la mandíbula.
—Si amas tanto a Alejandro, pídele que nos ayude.
El nombre de Alejandro cayó sobre la sala como un vaso rompiéndose contra el suelo.
—No lo metas en esto.
—¿Por qué no? Si es tan importante para ti, que demuestre cuánto te ama.
—Alejandro no tiene nada que ver con sus negocios.
—Tiene que ver contigo. Y si de verdad piensa construir una vida a tu lado, debería estar dispuesto a asumir las consecuencias.
—No le pediré que salve una empresa que ustedes mismos llevaron a la ruina.
Mi padre golpeó el escritorio con la palma de la mano.
—¡Basta!
Mi madre dio un respingo.
Yo también sentí miedo, pero no retrocedí. Había pasado demasiados años retrocediendo.
—No voy a casarme con Sebastián —dije, más despacio—. Prefiero empezar de cero antes que vender mi futuro.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—Si te niegas, tu madre y yo iremos a prisión.
La habitación comenzó a girar.
—¿Qué?
Mi padre apartó la mirada.
—Hay irregularidades en los libros contables. Operaciones que no fueron declaradas. Si la empresa quiebra, todo saldrá a la luz.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tenía que hacer para mantener a esta familia.
—¿Cometiste un delito?
—¡Lo hice por ustedes!
—No uses a la familia para justificar tus decisiones.
Mi madre se acercó a mí, desesperada.
—Por favor, Valentina. No nos abandones.
—Mamá…
—No tenemos a quién más acudir.
Sus palabras me atravesaron. Quería decirle que yo tampoco tenía a quién acudir. Quería gritarle que no podía pedirme que entregara mi vida para reparar los errores de otros.
Pero entonces vi sus manos temblando.
Y odié que mi corazón todavía pudiera sentir compasión.
—¿Qué esperan de mí? —pregunté.
Mi padre volvió a mirarme.
—Que te cases con Sebastián. La firma del acuerdo se hará después de la boda. Los Montenegro pagarán las deudas y retirarán las denuncias.
—¿Y si no lo hago?
—Perderemos todo.
—¿Y si me caso?
—Tendrás una vida segura.
—No te pregunté eso.
Él guardó silencio.
No habría amor. No habría libertad. Ni siquiera la posibilidad de escapar si Sebastián se convertía en alguien peor después de la boda.
Solo habría una casa bonita, un apellido poderoso y una jaula con ventanas grandes.
—Necesito tiempo —dije.
—No lo tienes.
—Entonces invéntatelo.
Me di la vuelta antes de que pudieran ver mis lágrimas.
—Valentina —me llamó mi padre.
No me detuve.
—La familia Montenegro viene a cenar esta noche. Quiero que estés presente.
—No.
—No es una invitación.
Subí las escaleras sin responder. Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave. Apenas tuve tiempo de apoyar la espalda contra ella cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Un mensaje.
De Alejandro.
Necesito verte. Es urgente. No le digas a nadie.
Sentí un nudo en la garganta. Mis dedos temblaron mientras escribía:
¿Qué pasó?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Encontré algo sobre tu familia. Algo que puede cambiarlo todo.
Antes de poder contestar, escuché unos pasos al otro lado de la puerta.
—Valentina —dijo mi madre—. Abre, por favor.
Miré nuevamente la pantalla.
Otro mensaje de Alejandro apareció.
Y hay algo más. Sebastián sabe que seguimos viéndonos.
La manija de la puerta comenzó a moverse.
Yo contuve la respiración.
Por primera vez, comprendí que la boda no era el verdadero problema.
El verdadero problema era que alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para obligarme a llegar hasta el altar.
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