
Atada a un Matrimonio con el CEO MAFIOSO
Francis Wil · Completado · 109.6k Palabras
Introducción
Lorena, la hija de Enzo, fue secuestrada siendo una niña y obligada a presenciar el asesinato de su madre. Pasó años cautiva en manos de una familia mafiosa rival, hasta que su padre logró dar con su paradero. Cuando las negociaciones fracasaron, Enzo envió a Franco como último recurso. El rescate fue exitoso, pero la libertad de Lorena no lo fue: quedó atrapada bajo las reglas de su propio padre. Temiendo por su legado, Enzo forzó el matrimonio entre su hija y Franco, asegurándose así de que él la protegiera, bajo la amenaza de perder la fortuna que heredaría tras su muerte.
Obligada a casarse con el hombre que la rescató , y la encerró, Lorena apenas conoce a Franco. Entre ellos hay desconfianza, resentimiento y secretos. En un mundo donde el deber pesa más que los deseos, deberán descubrir si es posible construir algo real… o si sus pasados los destruirán antes de intentarlo.
Capítulo 1
Capítulo 1 —Mia, en cuerpo y alma
Narrador:
Lorena estaba de pie frente a él, sus manos temblaban ligeramente a los costados de su vestido. La habitación del hotel, lujosa y sofocante, parecía encerrar cada respiro entre sus paredes doradas. Franco, de pie junto a la cama, la observaba con una intensidad que hacía que su piel se erizara. Había algo en él, algo oscuro y dominante, que la hacía retroceder un paso sin darse cuenta.
Franco avanzó, despacio, sin prisa, dejando que el sonido de sus zapatos sobre el suelo llenara el silencio. Cada paso hacia ella era como un golpe en su pecho. Lorena apretó los labios, intentando controlar su respiración, pero esta se volvía cada vez más entrecortada. Él lo notó.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano y tomó su cuello. No fue un agarre violento, pero tampoco dejaba lugar a dudas sobre quién tenía el control. Su pulgar rozó la piel suave de su garganta, y Lorena cerró los ojos, como si al hacerlo pudiera desaparecer de esa realidad.
—Mírame —ordenó Franco, su voz grave resonando en la habitación. Ella negó con un leve movimiento de cabeza, los ojos apretados con fuerza. Franco apretó un poco más, solo un poco, lo suficiente para que sintiera su dominio. —¡Te dije que me mires! —Lorena abrió los ojos lentamente, su mirada se clavó en la de él. Había miedo, lo podía ver claramente. Una emoción cruda que la hacía temblar y que, por un instante, también lo hizo flaquear. Franco sintió algo atravesarlo, una sensación desconocida que estuvo a punto de hacer que la soltara. Pero no podía permitirse esa debilidad. Se inclinó un poco más hacia ella, su aliento chocando contra sus labios. —Ahora eres mía, Lorena. Lo eres por completo. Y harás exactamente lo que yo diga. ¿Entendido?
Ella no respondió al principio, sus ojos intentando encontrar una salida que no existía. Pero cuando vio la firmeza en la mirada de Franco, supo que no tenía opción. Asintió, aunque su cuerpo seguía temblando.
Franco la soltó con suavidad, dejando que el aire volviera a llenar sus pulmones. Dio un paso atrás, observándola con una mezcla de satisfacción y algo más. Sabía que había ganado esa pequeña batalla, pero también sabía que la guerra apenas había comenzado. Lorena respiró profundamente, tratando de recuperar algo de compostura. Reuniendo el poco valor que le quedaba, alzó la cabeza y lo enfrentó con la voz temblorosa pero cargada de desafío.
—No te sientas tan cómodo ejerciendo tu dominio, Franco. Esto será solo hasta que nos divorciemos.
Franco soltó una carcajada seca, cruzándose de brazos mientras la miraba con una mezcla de diversión y burla.
—¿Divorciarnos? —repitió, como si fuera el chiste más absurdo que hubiera escuchado —Eso no pasará, al menos no hasta dentro de cinco años.
Los ojos de Lorena se abrieron de par en par, su sorpresa palpable.
—¿Cinco años? —repitió, incrédula.
—Sí, querida. Estaba claramente estipulado en el contrato que firmaste.
Lorena lo miró fijamente, con una mezcla de ira y vergüenza. Tragó saliva antes de responder:
—Yo… no leí el contrato.
Franco arqueó una ceja, incrédulo por un momento. Luego, su sonrisa volvió, esta vez cargada de satisfacción.
—¿No lo leíste? —dijo, su tono entre burla y asombro —¿De verdad firmaste algo sin leerlo?
—No tenía sentido —respondió Lorena, levantando la barbilla con obstinación —Sabía que no tendría opción de cambiar nada, así que no vi el caso.
Franco la observó en silencio por un momento, como si evaluara la lógica en sus palabras. Luego asintió ligeramente, sin borrar la sonrisa de su rostro.
—Eso explica mucho... —dijo finalmente —Pero déjame dejar algo claro, Lorena, mientras dure este matrimonio, me pertences, así que vete olvidando de esas ideas romaticas, que seguros tiene en la cabeza. —Ella lo fulminó con la mirada, pero no respondió. En el fondo, sabía que Franco tenía razón: había firmado sin leer, y ahora estaba atrapada. La habitación se llenó de un silencio pesado, roto solo por el ritmo irregular de sus respiraciones. Cuando Lorena intentó moverse hacia el baño, Franco la tomó del brazo, deteniéndola con firmeza. Con un movimiento rápido, la giró y la empujó suavemente contra la pared, quedando ella de espaldas a él. Lorena dejó escapar un jadeo, sus manos buscaban apoyo en la fría superficie mientras su respiración volvía a acelerarse. —No recordaba que fueras tan hermosa —murmuró Franco, inclinándose hacia ella. Su aliento cálido rozó la nuca de Lorena, haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo.
—No juegues conmigo, Franco. Déjame ir —pidió ella, con un hilo de voz.
—Eso no va a suceder —respondió, su tono bajo y grave —Ya te lo dejé claro; me perteneces. En cuerpo y alma. Pero la parte que más me gusta es esa... la del cuerpo.
Lorena cerró los ojos con fuerza, su pecho subía y bajaba con espasmos. Franco notó el leve temblor de su cuerpo y lo interpretó como una mezcla de miedo y algo más. Con una calma perturbadora, apartó su cabello hacia un lado, dejando su hombro y cuello completamente expuestos. —Mira cómo reaccionas —susurró, mientras deslizaba la yema de sus dedos por la piel desnuda de su cuello y su hombro. La suavidad de su roce era deliberada, casi tortuosa. Observó con fascinación cómo la piel de Lorena se erizaba bajo su toque. El silencio entre ellos se llenó de una tensión casi tangible, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso. Franco se tomó su tiempo, trazando pequeños círculos sobre su piel mientras estudiaba cada una de sus reacciones. Lorena apretó los labios, intentando contener cualquier sonido, pero su respiración traicionaba su intento de parecer indiferente. El vestido de novia cayó al suelo con un movimiento lento, casi ceremonial, dejando su figura expuesta en un conjunto de encaje blanco que acentuaba cada curva. Franco retrocedió un paso para observarla. El contraste de su piel con la tela inmaculada lo dejó sin palabras por un instante. Se inclinó nuevamente, rozando su cuello con los labios mientras sus manos recorrían la línea de sus hombros y su espalda con una suavidad que parecía calculada. Cada centímetro de piel que tocaba respondía a él, como si estuviera diseñada para su contacto. —Ahora me perteneces, y te lo haré sentir —murmuró contra su oído.
Lorena se estremeció, su voz quebrada interrumpió el momento.
—Franco, por favor… no. Yo nunca… no me obligues, por lo que más quieras.
Franco se detuvo. Las palabras de Lorena parecieron atravesarlo como un cuchillo. Había estado dispuesto a ignorar cualquier súplica, había estado seguro de que su derecho como esposo estaba por encima de todo. Pero esa súplica, esa fragilidad en su voz, lo hizo flaquear. Apoyó sus manos en las caderas de Lorena, acercándola más a él, lo suficiente para que sintiera la dureza de su deseo. La obligó a levantar la cabeza, tomándola suavemente de la barbilla hasta que sus miradas se encontraron. Una lágrima rodó por la mejilla de Lorena, y algo dentro de Franco se rompió. Por un instante, recordó a la niña asustada que rescató, y se horrorizó por lo que estaba a punto de hacer. Nunca había tenido escrúpulos. Pero en ese momento, con Lorena era diferente. Retrocedió bruscamente, soltándola como si su piel quemara. Lorena comenzó a llorar, su cuerpo sacudido por sollozos. Franco quiso abrazarla, consolarla, pero en lugar de eso, el orgullo y la rabia hacia sí mismo lo dominaron.
—Eso fue solo una muestra de lo que vendrá —dijo Franco, su voz grave y cargada de una amenaza silenciosa. Lorena, aún de espaldas, apretó los brazos contra su pecho como un escudo improvisado. El aire a su alrededor se volvía pesado, sofocante, mientras el silencio se alargaba entre ambos. Franco avanzó un paso, apenas un movimiento, pero suficiente para hacerla tensarse. Su mirada recorrió su espalda, deteniéndose en el leve temblor de sus hombros. Su propia respiración era un eco profundo que llenaba la habitación. —Te dije que ahora eres mía —murmuró, su tono bajo pero cargado de intenciones. La habitación parecía reducirse, atrapándola junto con él. Lentamente, inclinó la cabeza, como si midiera cada palabra antes de decirla—Y lo sentirás… tarde o temprano. —Lorena quiso responder, decir algo que rompiera la tensión que le oprimía el pecho, pero las palabras no salieron. Franco se mantuvo quieto por un instante más, sus ojos oscuros fijos en ella, antes de dar media vuelta hacia el baño. —Voy a darme una ducha. No te muevas —ordenó, sin volverse a mirarla, pero con un tono que no admitía réplica. Al cerrar la puerta tras de sí, el sonido del agua comenzando a correr hizo que Lorena respirara por primera vez desde que él habló. Pero incluso entonces, la sensación de su mirada seguía clavada en su piel.
El cuarto quedó en un silencio inquietante, salvo por el eco del agua que se filtraba desde el baño. Y aunque Franco estaba del otro lado de la puerta, su presencia seguía envolviendo la habitación, dejando en el aire la promesa de lo que podría ocurrir cuando él volviera a salir.
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