Capítulo 2 Elegiste el poder

El sol se filtraba apenas por las cortinas cuando Alessia abrió los ojos. Había dormido poco; la cabeza le daba vueltas con todo lo que vendría. En solo una semana, dejaría la mansión Accardi para mudarse con Vladimir Volkov. No sabía si llamarlo matrimonio o una alianza. O tal vez una guerra en preparación.

El cuarto estaba lleno de cajas abiertas y vestidos extendidos sobre la cama. Jenna, su asistente personal, la ayudaba a doblar la ropa mientras Alessia separaba las joyas y documentos importantes.

—No parece que te emocione mucho —comentó Jenna, observándola de reojo.

—No estoy segura de qué siento —respondió Alessia, guardando un vestido de gala en el maletín—. Tal vez miedo.

—¿Del señor Volkov? —preguntó con cautela.

Alessia levantó la vista. Pensó en su mirada, en su voz grave, en la forma en que la había desarmado con una sola frase aquella noche.

—De lo que representa —susurró.

El teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Vladimir: «Te pasaré a buscar a las once. Tenemos sesión de fotos para el anuncio del compromiso».

Alessia respiró hondo. No era un juego; su vida estaba cambiando frente a sus ojos.

El estudio estaba repleto de cámaras, luces y arreglos florales. Todo debía ser perfecto: el enlace entre los Accardi y los Volkov marcaría una nueva era de poder en Ciudad Vasett. Vladimir llegó primero, impecable en su traje gris, saludando al equipo con un gesto apenas cortés.

Cuando Alessia apareció, el fotógrafo detuvo lo que hacía. El vestido color marfil se ceñía a su figura como una segunda piel, y su cabello, suelto sobre los hombros, le daba un aire de elegancia natural.

—Señorita Accardi, señor Volkov, los necesito juntos —dijo el fotógrafo—. Que parezca auténtico.

Vladimir sonrió con ironía.

—¿Qué opinas, Alessia? ¿Podemos fingir ser felices por unas horas?

Ella mantuvo la postura.

—No necesito fingir, señor Volkov. La cámara sabe distinguir una sonrisa real.

Se miraron en silencio unos segundos. Luego, él la tomó suavemente de la cintura, y posaron frente al lente. En una de las tomas, sus manos se entrelazaron, y aunque era un gesto para el público, ella sintió un leve estremecimiento.

La sesión terminó con aplausos y comentarios del equipo. Los medios ya esperaban la portada: “La unión del siglo: Accardi y Volkov sellan su alianza”.

Pero para Alessia, cada flash se sentía como un sello. Estaba sellando su destino para siempre...

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Esa noche, la cena con la familia Volkov fue en la mansión principal, una estructura de piedra gris rodeada por cipreses. Desde el auto, Alessia observó las columnas, las estatuas, el lujo frío que dominaba todo. No era un hogar; era una fortaleza.

Vladimir la ayudó a bajar del coche y, como si pudiera leer su mente, murmuró:

—No necesitas impresionar a nadie.

—No lo haré —respondió ella, sin levantar la vista.

El mayordomo los condujo al comedor. En la cabecera, la madre de Vladimir, Irina Volkov, los esperaba con una sonrisa tensa. Su vestido negro y su peinado perfecto le daban un aire de reina… o de verdugo.

—Así que tú eres la famosa Alessia Accardi —dijo apenas con cortesía—. Esperaba a alguien más… imponente.

Alessia le devolvió una sonrisa diplomática.

—A veces la apariencia engaña, señora Volkov.

El padre, Sergei, la miró con frialdad.

—Los Accardi eran una familia importante. Hasta que dejaron de serlo. Espero que no busques recuperar su gloria a través de mi hijo.

Alessia tragó saliva.

—No necesito aprovecharme de nadie. Mi nombre vale por sí mismo.

Vladimir permanecía en silencio, observando cada palabra como si evaluara un tablero de ajedrez. Sus hermanos, Anton y Mila, intercambiaban miradas cargadas de desdén.

—¿Y qué opinas del compromiso, Alessia? —preguntó Anton con sarcasmo—. ¿Lista para dar el primer heredero Volkov?

La madre soltó una risa baja.

—Eso si logra adaptarse a nuestro ritmo de vida. Aquí no hay espacio para caprichos de niña rica.

El comentario cayó como un golpe. Alessia apretó el cubierto, pero no respondió.

Fue entonces cuando Vladimir habló, con la voz grave y controlada que imponía silencio.

—Suficiente.

Todos se quedaron quietos.

—A partir de hoy, Alessia será mi esposa —continuó él, sin apartar la vista de su madre—. Y cualquiera que la irrespete, me irrespeta a mí.

La tensión fue inmediata. Irina entrecerró los ojos, Sergei carraspeó incómodo, y los hermanos desviaron la mirada. Solo los abuelos, sentados al otro extremo, sonrieron con sinceridad.

—Nos alegra ver a Vladimir tan decidido —dijo el abuelo, alzando su copa—. Alessia, tus abuelos hablaron maravillas de ti. Esta unión devolverá la fuerza a nuestras familias.

Ella asintió, agradecida.

—Haré mi mejor esfuerzo, señor Volkov.

Vladimir apoyó una mano sobre la suya, un gesto sutil pero lleno de poder.

—Eso ya lo estás haciendo.

Durante el resto de la cena, Alessia apenas comió. Respondía con educación, pero su mente estaba en otra parte. No dejaba de pensar que se estaba metiendo en un nido de víboras.

Cuando subieron al auto de regreso, la respiración le temblaba.

—Tu familia me odia —dijo sin rodeos.

—Te temen —corrigió Vladimir—. Y eso es mejor.

—No sé si quiero vivir entre personas que me temen.

—No elegiste una familia, Alessia. Elegiste poder. Y el poder nunca viene sin enemigos.

Ella lo miró de reojo.

—¿Y tú? ¿Eres mi enemigo también?

Vladimir giró lentamente el rostro hacia ella, con una sonrisa apenas perceptible.

—Soy el único que te va a proteger de ellos. Pero para eso… tendrás que aprender a no temerme.

El auto se perdió entre la oscuridad de la carretera, y Alessia comprendió que, sin darse cuenta, había cruzado el umbral de un mundo del que ya no podría escapar.

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