Capítulo 3 Hueles mejor que ayer

Alessia despertó con un sobresalto. No sabía si era por la ansiedad acumulada de la noche anterior o por la sensación de que algo se movía dentro de ella desde que la familia Volkov la observó como si fuera un intruso en su territorio. Se sentó lentamente en la cama, masajeando sus sienes, cuando escuchó la vibración de su teléfono.

Un mensaje.

El nombre no aparecía; solo un número desconocido que ella ya reconocía demasiado bien.

Clase a las 11. No llegues tarde, preciosa.

El pecho le dio un pequeño vuelco.

Era él.

Su “maestro”.

El mismo hombre detrás de la máscara.

El hombre con quien perdió su virginidad.

El secreto que jamás podría salir a la luz.

Se levantó con rapidez, se duchó, se vistió con ropa discreta y bajó al comedor tratando de que nada en su rostro revelara lo que sentía. Su familia ya estaba reunida: la abuela Eleonore en la cabecera, Giovanni leyendo correos en el teléfono y su tía comía un pan; el resto de la familia se habían ido antes.

—Buenos días, cariño —dijo la abuela, levantando la vista—. Cuéntame, ¿cómo te fue anoche con los Volkov?

Alessia se tensó, pero esbozó una sonrisa tranquila.

—Muy bien, abuela. Fueron… amables.

Eleonore soltó un pequeño resoplido incrédulo.

—Si te tratan con amabilidad, desconfía. Esa gente no es amable por naturaleza —Ella bebió un sorbo de té—. Pero supongo que, por ahora, eso es suficiente. ¿Vladimir te trató bien?

Alessia tragó saliva.

—Sí… fue respetuoso.

Su abuela la analizó unos segundos, como si quisiera atravesar sus defensas. Finalmente asintió.

—Me alegra. Eres una Accardi. No permitas que te intimide.

Giovanni alzó la vista de su teléfono.

—Si sucede algo más, avísanos, Ale.

Después del desayuno, Alessia avisó que tenía una cita importante de trabajo. Su tía le deseó suerte. Nadie sospechó nada.

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El lugar de encuentro era un departamento privado en el centro financiero. Ella subió al piso indicado y, al abrirse las puertas del elevador, lo vio.

Él ya la esperaba.

Máscara negra. Camisa abierta. Manos firmes.

—Llegaste tarde —dijo con voz baja.

—Perdón… tuve que desayunar con mi familia.

Él sonrió apenas.

—Ven aquí.

Ella avanzó.

Él la tomó de la cintura.

Y el resto del mundo desapareció.

Lo que ocurrió ahí no fue suave. Tampoco fue torpe. Fue intenso, directo, como si él conociera cada rincón que la hacía arder y cada punto donde ella perdía el control. Durante casi una hora, Alessia se aferró a él como si quisiera olvidar la cena con los Volkov, el peso del compromiso… todo.

Pero entonces, él se detuvo abruptamente.

—Espera.

Ella lo miró confundida.

—¿Qué pasa?

Él revisó el preservativo.

Cerró los ojos.

Y soltó una maldición en un idioma que parecía similar al ruso.

—Se rompió.

Alessia sintió el pulso acelerársele.

—¿Qué?

—Tranquila —dijo él, intentando calmarla—. No es probable que pase nada. —Acarició su mejilla—. Solo relájate. No suele ocurrir.

Ella trató de respirar, pero su corazón se apretaba.

—Prométeme que no pasará nada —susurró.

—Te lo prometo —respondió él, aunque la tensión en su mandíbula decía que no estaba del todo seguro.

Ella se vistió con manos temblorosas.

Él se acercó y la tomó del mentón.

—No pienses en eso. Nos vemos en dos días.

Ella solo asintió antes de marcharse.

Ya en el auto, camino a su casa, recibió otro mensaje.

Te espero a las 8. Cena privada. —V.

Alessia cerró los ojos un momento.

¿Cena con Vladimir?

Justo hoy.

Justo después de… eso.

Quería gritar.

Pero no tenía opción.

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El restaurante donde la citó era uno de los más exclusivos de Ciudad Vasett, reservado solo para magnates de alto perfil. Vladimir ya estaba sentado, impecable como siempre, mirándola con una expresión indescifrable.

Cuando ella llegó, él se puso de pie y le acomodó la silla.

—Llegaste justo a tiempo.

—Tenía una reunión —dijo ella, fingiendo serenidad.

Él no respondió. Solo la observó con esos ojos grises que parecían leerla. Después, abrió una carpeta de cuero negro y la deslizó hacia ella.

—Este es el contrato prenupcial. Quiero que lo revises con calma en casa. Si hay algo que no te convence, lo discutiremos. No tienes que firmarlo hoy.

Ella lo tomó entre las manos.

—Gracias. Lo leeré.

La cena transcurrió tranquila. Hablaron de la ceremonia, del traslado de ella a la mansión Volkov, de los eventos sociales que comenzarían a compartir. Todo normal.

Hasta que él frunció ligeramente el ceño.

—Alessia…

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

Él se inclinó un poco hacia adelante, entrecerrando los ojos.

—Hoy tienes un olor distinto.

Su corazón casi se detuvo.

Lo sabe.

Lo sabe.

Lo sabe.

Ella tragó saliva tan fuerte que casi dolió.

—¿Distinto… cómo?

En ese momento, Vladimir se acercó más, bajó la voz y la rodeó con su presencia como si quisiera encerrar sus sentidos alrededor de ella.

Acercó sus labios a su oído.

Y murmuró:

—Hueles mejor que ayer.

Un escalofrío la recorrió por completo.

Ella parpadeó, confundida, tensa, incapaz de responder.

Él se apartó apenas, sonriendo con ese gesto arrogante y seguro que la inquietaba profundamente.

—Quizás te sientas nerviosa, Alessia. Pero no tienes por qué estarlo conmigo.

Ella asintió, fingiendo calma.

Pero por dentro, algo se desmoronaba.

Porque sabía exactamente lo que estaba en juego.

Si Vladimir descubría la verdad… no solo acabaría el compromiso.

También podría destruir su apellido. Y a ella.

Porque un Volkov no comparte.

Y ese hombre detrás de la máscara… no era el que estaba frente a ella. Así que le era infiel, literalmente.

Mientras regresaba a casa, su respiración temblaba.

El condón se rompió.

El “maestro” e

speraba verla en dos días.

Y Vladimir…

había notado algo.

¿Qué pasaría si algún día ese CEO despiadado descubría que Alessia Accardi no llegó a él tan “pura” como todos creían?

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