Capítulo 5 ¿Tienes una amante?

Alessia despertó con esa sensación desagradable que aprieta el pecho incluso antes de abrir los ojos. Sabía exactamente de dónde venía.

La imagen de esa mujer apoyándose en el mostrador de la joyería, preciosa, radiante, inclinándose hacia Vladimir como si fuera su lugar natural.

Y él… tan calmado. Tan impasible. Tan poderoso.

Se llevó una mano a la frente y exhaló con frustración. No podía permitirse ese tipo de emociones.

«Es un matrimonio arreglado»,, se recordó. «No te pertenece. No le perteneces, olvídalo ya».

Pero el dolor estaba ahí, terco, pulsante.

Tenía que distraerse.

Se levantó, se arregló y ordenó que le prepararan el auto. Hoy debía presentarse en las oficinas del Grupo Accardi. Solo faltaba una semana para su boda y quería dejar todo cerrado antes de irse a la luna de miel.

Su oficina era amplia, elegante, decorada con flores frescas y una vista panorámica de Ciudad Vasett. Como directora de Relaciones Públicas, tenía siempre una montaña de pendientes, pero ese día… agradecía tenerlos. Le evitaban pensar.

Jenna entró cargando dos carpetas gruesas.

—Ya están los documentos de los inversionistas suizos —informó, sentándose frente a ella—. La reunión está programada a las doce.

—Perfecto. ¿Y los comerciales? ¿Ya aprobaron la campaña final?

—Sí. Solo falta tu visto bueno para enviarla a los canales.

Trabajaron toda la mañana entre análisis de imagen, corrección de guiones, revisión de propuestas de publicidad y una presentación completa para fortalecer las acciones del conglomerado.

A las cinco de la tarde, Alessia estaba agotada, pero por fin tenía la sensación de que su vida profesional quedaba ordenada antes del matrimonio.

Cerró su laptop, guardó documentos y salió con Jenna… hasta que se detuvo en seco.

Vladimir la esperaba apoyado en su coche, impecable con su traje oscuro, como si fuera parte del paisaje y todo girara a su alrededor sin permiso.

Jenna se despidió discretamente.

—Te estuve esperando —dijo él con esa voz profunda que siempre hacía que su piel reaccionara.

—No sabía que vendrías —respondió ella, escondiendo su sorpresa.

—Vamos a cenar.

No era una invitación. Era una instrucción.

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La cena fue en un exclusivo restaurante frente al mar, uno de esos lugares donde las olas parecían hechas para acompañar conversaciones importantes.

Pero Alessia no tenía ganas de conversar. No después de lo que seguía rondándole en la mente.

El vino no ayudó. El segundo vaso tampoco. Para el tercer trago, ese nudo en su pecho explotó.

—¿Es tu amante? —soltó, mirándolo fijamente.

Vladimir la observó como si acabara de decir algo absurdo.

—¿Quién?

—La mujer de la joyería —escupió ella.

El gesto de él no cambió, pero su silencio encendió más el enojo contenido.

—Te vi con ella… tan felices… en una joyería. ¿Qué quieres que piense?

Él dejó su copa lentamente.

—Quiero que pienses —respondió con calma peligrosa— que si estuviera con otra mujer, no tendría que esconderlo. No soy un cobarde.

—¿Ah, no? Pues parecía muy cómodo con ella. Muy cercano. Muy—

—Alessia —interrumpió él, con voz grave—. Deja de hablar antes de que digas algo que no puedas retirar.

Ella se levantó abruptamente.

—No tienes derecho a decirme qué hacer. No soy tu esclava.

—No —asintió él, poniéndose de pie—. Pero serás mi esposa.

Su mirada ardía, no de enojo sino de un deseo que siempre aparecía sin aviso.

Demasiado fuerte.

Demasiado dominante.

Ella dio un paso atrás… él dio dos hacia adelante.

—No hagamos una escena —susurró él, inclinándose a su oído—. Vamos a otro lugar.

Caminaron por la arena de la playa, alejándose del restaurante, del ruido y de los flashes de los paparazzi que siempre rondaban.

La noche era cálida, el viento les revolvía el cabello, y Alessia sintió que algo dentro de ella se rompía… o se liberaba.

—No soy una espía —dijo ella, con voz temblorosa.

Vladimir la sujetó del rostro.

—Nunca dije que lo fueras.

—Pero lo piensas.

—No, Alessia —sus ojos brillaban con intensidad—. Te deseo.

Y ahí, en la parte más aislada de la playa, donde solo las olas podían ser testigo, él la arrastró contra su cuerpo y la besó con una desesperación feroz.

Ella le respondió igual.

Como si estuviera permitiéndose sentir por primera vez.

Como si todo lo reprimido —la duda, el enojo, el miedo— saliera convertido en fuego.

Hicieron el amor ahí, entre la arena tibia y la oscuridad.

Era rabia.

Era deseo.

Era necesidad.

Era posesión.

Y ninguno lo detuvo.

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Cuando él la levantó del suelo, ella aún temblaba. Vladimir la cargó en brazos —como si no pesara nada— y la llevó hasta una casa moderna con ventanales enormes frente al mar.

Su casa de descanso.

Su refugio personal.

La recostó en la cama y la cubrió con una sábana ligera.

Ella se quedó dormida de inmediato.

Al amanecer, Alessia despertó sobresaltada.

No reconocía el techo, las sábanas, la habitación.

Su corazón se aceleró.

—Buenos días.

La voz de Vladimir la hizo girar.

Llevaba una bandeja con café, fruta y pan caliente.

Y para colmo, sonreía.

Un gesto raro en él… y que la desarmaba por completo.

—¿Dónde… estoy? —preguntó ella, aún desorientada.

—En mi casa de la playa —respondió—. Te traje cuando te dormiste.

Comieron en silencio. Él observaba cada reacción de ella como si analizara un diamante desde todos los ángulos.

Cuando terminó, sacó una pequeña caja azul del bolsillo de su chaqueta.

—Esto era para dártelo otro día —dijo, entregándosela—. Pero ayer te adelantaste describiéndolo.

Alessia abrió la caja.

El collar.

El mismo que Vicky se había probado.

Solo que ahora brillaba distinto.

—Es tu “algo azul” —explicó—. Para la boda.

Ella sintió una mezcla de vergüenza, alivio y derrota.

—Vicky no es mi amante —añadió él, serio—. Es solo la hija del socio de mi padre. Me estaba ayudando. Nada más.

Alessia bajó la mirada.

Vladimir se inclinó hacia ella.

—Escúchame bien.

Desde hoy hasta la boda y después de ella… ninguno de los dos estará con nadie más.

El honor de nuestras familias depende de esto.

Ella lo miró fijamente.

—¿Lo dices como promesa… o como amenaza?

Él rozó su mentón con el pulgar.

—Como un pacto.

La dejó en la mansión Accardi al mediodía.

Ni un beso.

Ni un roce.

Pero cuando cerró la puerta del auto, Alessia comprendió algo:

Vladimir Volkov no era un marido decorativo.

No era un accesorio de poder.

No era un compromiso vacío.

Era peligroso.

Era posesivo.

Era fuego.

Y ahora… era suyo.

De una forma que ya nunca iba a borrarse.

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