Capítulo 6 La señora Volkov
El día de la boda amaneció sereno, como si Ciudad Vasett hubiese decidido contener el aliento para darle paso al acontecimiento social del año. Desde temprano, la catedral principal estaba rodeada de fotógrafos, invitados distinguidos y los inevitables curiosos que esperaban ver llegar a los Volkov y a los Accardi unidos en matrimonio. Las calles habían sido acordonadas y la alfombra blanca se extendía desde las escaleras de mármol hasta el borde de la avenida.
Dentro de la limosina, Alessia respiraba profundamente mientras Jenna ajustaba el velo por última vez. La tela de encaje caía en una cascada fina que brillaba con las luces del interior del auto. El vestido, de corte sirena y pedrería discreta pero exquisita, abrazaba su figura con la firmeza suficiente para recordar su sensualidad y la delicadeza de una novia tradicional.
—Estás preciosa —murmuró Jenna, intentando evitar que su propia emoción la traicionara.
Alessia sonrió con nervios que apenas podía disimular. Nunca creyó que sentiría ese vértigo al casarse; después de todo, era una unión de conveniencia, un pacto entre imperios, un acuerdo más que un romance. Pero la noche que pasó con Vladimir en su casa de playa seguía fresca en su memoria. Y cada vez que recordaba sus manos, su voz, sus miradas… algo se movía dentro de ella sin permiso.
—Ya llegamos —avisó el chofer.
La limosina se detuvo frente a la catedral. Apenas se abrió la puerta, un mar de flashes la golpeó. Alessia levantó la vista con la serenidad que había entrenado desde niña. Era hermosa, sí, pero aquella mañana tenía un aire de realeza que nadie podía reducir a una fotografía. El viento movió su velo haciendo que la escena pareciera casi cinematográfica.
Un murmullo recorrió a los presentes.
La novia Accardi ha llegado.
El coordinador del evento le ofreció el brazo y ella avanzó hacia la entrada, donde las puertas se abrieron lentamente. La música comenzó a llenar el templo con una solemnidad que calaba los huesos.
Vladimir estaba al final del pasillo, esperando.
Su postura era rígida, impecable, pero su rostro… ese rostro de hombre acostumbrado al control absoluto… perdió toda compostura durante un segundo. Sus ojos recorrieron a Alessia con tanta intensidad que ella sintió la piel erizarse bajo el vestido.
Estaba estupefacto.
Sorprendido.
Impactado.
Y aunque no lo dijo —Vladimir nunca era de decir más de lo necesario—, su mirada lo gritó.
Ella llegó frente a él. Él tomó su mano y entrelazó sus dedos con un gesto seguro que no dejaba espacio a dudas: la quería así, por completo.
El sacerdote comenzó a hablar, pero Alessia solo escuchaba el ritmo acelerado de su propio corazón. Las palabras del ritual se sucedieron con la formalidad que ameritaba la ocasión. Los anillos brillaron cuando fueron intercambiados. Las promesas se sellaron sin temblores. Y finalmente, cuando llegó el momento del beso, Vladimir no esperó una señal. La atrajo hacia sí y la besó con pasión contenida, un beso profundo que hizo que parte del público suspirara y que los fotógrafos casi se pelearan por capturar el ángulo perfecto.
La boda podría haber terminado ahí como un sueño perfecto…
Pero un grito cortó la armonía.
—¡Vladimir! ¡Tú no puedes casarte con ella!
Las puertas se abrieron abruptamente y apareció Vanessa Baldrich, vestida de negro, con la expresión desencajada de quien no acepta la derrota. Intentó correr hacia el altar, pero dos guardaespaldas la detuvieron antes de que pudiera avanzar más de tres pasos.
—¡Tú eres mío! ¡Esto es un error! ¡Mi familia te va a destruir, Vladimir! —chilló mientras forcejeaba.
Los invitados murmuraban entre sí. La familia Volkov contenía el gesto de vergüenza. Eleonore Accardi observaba con el ceño fruncido, completamente indignada.
Pero Vladimir no reaccionó.
Solo apretó un poco más la mano de Alessia.
—Sácala de aquí —ordenó sin elevar la voz.
La escena terminó tan rápido como comenzó. Y cuando Vanessa fue retirada de la iglesia entre gritos histéricos, la ceremonia continuó. El esposo y la esposa fueron declarados oficialmente como tales.
──────༻❀༺──────
La recepción fue un despliegue de lujo incluso para los estándares de Ciudad Vasett. El salón más grande de la costa se había decorado con miles de luces suspendidas, como si un cielo artificial hubiera descendido para celebrar su unión. El mar se escuchaba detrás de los ventanales abiertos y la brisa mezclaba el aroma de las flores blancas con el salitre de la playa.
Los invitados bailaban, brindaban, conversaban y admiraban cada detalle. La mesa principal destacaba como un pequeño palacio rodeado de cristales y dorados. Alessia lucía radiante mientras iba de mano en mano agradeciendo felicitaciones. Vladimir la acompañaba de cerca, atento a cada gesto, cada comentario, cada mirada ajena que se desviaba demasiado hacia su esposa.
Durante la tradicional ronda del ramo, Alessia lanzó el arreglo hacia atrás sin mirar. Un grito y varias risas la hicieron voltearse.
Jenna lo había atrapado.
La pobre estaba roja hasta las orejas.
La celebración duró horas. Entre bailes, brindis, música y luces, la tensión entre los recién casados crecía como un hilo invisible que se acumulaba entre miradas cada vez más intensas. Cuando finalmente partieron hacia la suite nupcial, no hicieron nada por disimular su urgencia. Apenas cerraron la puerta, las manos de Vladimir rodearon su cintura y la atrajeron con un deseo firme que ella respondió sin reservas.
La noche avanzó entre besos, caricias y susurros que solo ellos podían entender.
Y cuando sus cuerpos se calmaron por fin, Vladimir rozó su mejilla con la nariz mientras la sostenía contra su pecho.
—Si me llevas al infierno, Alessia… —susurró con una voz que la estremeció— …yo te bajo el cielo.
Ella cerró los ojos, sintiéndose por primera vez reivindicada, deseada y, sobre todo, elegida.
Su vida había cambiado para siempre. Ahora era la señora Volkov.
Y apenas comenzaba a darse cuenta que no todos estarían contentos por su unión.
¿Quién era esa mujer que entró a impedir la boda, y por qué carajos decía que él era suyo?
Una cosa era seguro: Vladimir sería suyo para siempre.
