Capítulo 7 Respetarán a mi esposa
Llevaba un rato despierta, pero no quería salir de la comodidad de la cama.
Alessia abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso suave del brazo de Vladimir sobre su cintura. Por un momento se quedó ahí, contemplando el techo, consciente de que el mundo que conocía había cambiado para siempre. Ya no era Alessia Accardi. Era Alessia Volkov.
Vladimir aún dormía, o fingía hacerlo. Se veía distinto en ese estado de calma, sin la dureza típica en su mirada ni el porte intimidante de un CEO forjado entre tiburones financieros. Él era poder desde cualquier ángulo, pero ahí, con el cabello ligeramente revuelto y el pecho desnudo bajo las sábanas, tenía algo casi humano que ella rara vez conseguía ver.
Cuando él abrió los ojos, la observó sin hablar, como si quisiera grabar en su memoria este primer amanecer como marido y mujer.
—Buenos días, Alessia —murmuró, acercándose a besarle la frente.
Ella sonrió apenas.
—Buenos días, Vladimir.
Él no soltó su cintura de inmediato. Se quedó así, respirando despacio, como si apreciara ese breve instante de intimidad antes de que el mundo exterior volviera a exigirles su papel.
—Deberíamos prepararnos —dijo ella después de unos segundos—. Tu familia querrá vernos antes de que vayamos a la mansión.
—Que esperen —respondió él, sin moverse, y la atrajo un poco más—. Hoy no tengo prisa.
La besó con una lentitud que la dejó conmovida, como si no hubiese ninguna duda de que ella ahora era parte de su vida, de su territorio, de sus prioridades.
Más tarde, después de una larga ducha compartida y del desayuno enviado por el hotel, Alessia se vistió con un vestido crema y sandalias altas. Vladímir la contempló un momento antes de extenderle la mano.
—¿Lista para tu nueva vida?
—Espero que no intentes asustarme —respondió ella, tomando su mano con elegancia.
—No necesito asustarte —dijo con un destello en los ojos—. Solo necesito que no huyas.
Bajaron a la entrada del salón de eventos donde aún se veían los restos de la celebración de la noche anterior. Las flores se mantenían frescas, las luces seguían encendidas y el personal caminaba apresurado desmontando escenarios.
La familia Accardi esperaba fuera, conversando con algunos miembros de los Volkov. Alessia saludó con cortesía, aunque sintió la tensión en el aire apenas pisó la alfombra.
La madre de Vladimir la observó como si quisiera encontrar fallas en su vestido, en su postura o en su existencia. Su padre la evaluó de arriba abajo con frialdad calculadora. La hermana de Vladimir suspiró con desgano, mientras que su hermano apenas inclinó la cabeza en formalidad. No había cariño en ninguno de ellos, sino un reconocimiento obligado.
Aun así, los abuelos de Vladimir se acercaron, abrazándola con emoción sincera.
—Te ves preciosa, querida —dijo la abuela Volkov, apretándole las manos—. Sabíamos que nuestro nieto no podría haber elegido mejor.
—Gracias —respondió Alessia con una sonrisa suave.
Vladimir intervino, adelantándose medio paso hacia ella para demostrar sin palabras que era suya, que nadie tenía derecho a cuestionarla.
—Alessia es mi esposa —dijo con voz firme—. Y quiero dejar algo claro desde ahora. La respetarán. La escucharán. Y ninguno de ustedes volverá a hablar de ella con condescendencia.
El aire se tensó. Nadie protestó, pero todos comprendieron el mensaje.
La madre de Vladimir levantó la barbilla.
—No sabía que necesitabas protegerla tanto, hijo.
—No la protejo porque sea débil —corrigió él, sin mirarla—. La protejo porque es importante.
La abuela Accardi se mostró satisfecha por esa respuesta. Eleonore, orgullosa como siempre, tomó el brazo de su nieta.
—Ahora que el protocolo terminó, necesitamos hablar de tu mudanza, Alessia. La mansión Volkov tiene sus propias reglas.
—Ya hablamos de eso —intervino Vladimir—. Ella tendrá sus propios espacios. Sus asistentes. Su autonomía. No se mezclará en los asuntos domésticos que no le corresponden.
La madre de Vladimir apretó los labios con fuerza, pero no discutió.
Alessia respiró más tranquila. Con cada palabra de Vladimir, entendía mejor que su matrimonio no sería un adorno político. Él la había elegido como su igual, incluso si el amor aún no era parte de la ecuación.
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Esa noche, en la mansión Volkov, la recién casada recorrió los pasillos silenciosos acompañada por su esposo. Era un lugar imponente, lleno de obras de arte de valor incalculable y arquitectura moderna que se fusionaba con detalles clásicos. Todo hablaba de poder, tradición y disciplina.
—Este será tu hogar —dijo Vladimir, abriendo las puertas dobles que daban a la suite principal. El cuarto era inmenso, elegante, con una vista completa al mar y una terraza con piscina privada—. Y tienes acceso a todo lo que necesites. Lo que no te guste, lo cambiamos.
—¿Incluido tu humor? —bromeó ella suavemente.
Él arqueó una ceja.
—Inténtalo y verás.
Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.
Vladimir cerró la puerta. Caminó hacia ella con paso lento, pero seguro, como si todo lo que había esperado desde la noche anterior se concentrara en ese instante.
—Aún no te he felicitado apropiadamente por ser mi esposa —murmuró, rozándole la mejilla con los dedos.
Alessia sintió cómo el aire se volvía más cálido.
—Pensé que ya lo habías hecho.
—Eso fue antes de que llevaras mi apellido.
La tomó de la cintura y la envolvió en un beso que la hizo aferrarse a él sin reservas. La llevó hacia la cama mientras las cortinas se mecían con el viento del mar. La noche cayó sobre ellos con la misma naturalidad con la que él la tomó en sus brazos.
El comienzo de su matrimonio no estaba hecho de cuentos de hadas, sino de deseo, acuerdos, poder y una extraña armonía que ambos apenas estaban descubriendo.
Pero mientras él la acunaba contra su pecho después de hacerle el amor, Alessia entendió algo con absoluta claridad:
Su vida ya no era solo suya. Ahora era la señora Volkov y tenía una imagen que mantener en la sociedad, era lo que se esperaba de ella.
Y parecía que él tampoco estaba dispuesto a soltarse de ella.
